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BLUE SEA

CAPITULO VI

 

 

 CAPÍTULO VI

 

El viaje había comenzado con la desazón propia de toda incipiente navegación hacia unos puertos con costumbres y normas muy diferentes a las europeas, imaginando todas las perspectivas que se podrían presentar, siempre con la esperanza de que todo saliera bien o al menos no creyendo que hubiera acontecimientos que en principio nos pudieran desfavorecer, las adversidades consustanciales a la aventura marítima vendrían con toda seguridad y por causas ajenas a nuestras voluntades, en cuanto a la navegación el viaje era largo y las posibilidades de infortunio eran muchas, navegábamos con nuestra propia inseguridad de marinos y con la voluntad de vencer cualquier contratiempo, viéndonos simplemente como débiles caminantes de la tempestad y vagabundos de las estrellas que diría Jack London.

En esta primera singladura los ánimos de los tripulantes eran optimistas y atrevidos, con la intención de realizar una travesía provechosa, las adversidades se irían corrigiendo con oficio y con nuestra voluntad que mejor nos diera a entender y siempre con la mejor de las disposiciones.

El  Primer Oficial, que había estado atendiendo durante el atraque a la carga en bodega hasta finalizar el trincaje de bultos y cajas, necesitaba reponerse de tanto desgaste y cansancio. Ahora navegando en esta primera singladura, tenía que haber tomado su guardia de navegación a las seis de la mañana, ya que navegábamos a turnos de seis horas de guardia, no era lo habitual, pero se podría difícilmente justificar. Johnny Whesch & C.O., tampoco era una empresa naviera relevante y si el Armador se podía ahorrar un sueldo y sus tasas, hacia lo posible para mejorar la cuenta anual de resultados del buque.

Cuando Tony subió al puente en su primera guardia de navegación eran ya las ocho de la mañana, me agradeció que le hiciera ese par de horas para alargar su descanso, también era la hora en que el contramaestre subía al puente para recibir las ordenes de trabajo para la jornada y repartirlo con el resto de los marineros de cubierta, que habitualmente en la primera singladura lo primero que se acostumbraba a hacer, era baldear el buque desde la quilla hasta la perilla, había que lavar y adecentar las superestructuras del puente y popa de toda la porquería que habían acogido las cubiertas durante toda su estancia en puerto, operación que ocupaba prácticamente toda la jornada de trabajo, había que lavar la cara al buque, un trabajo que por su simbólico significado pareciera que habíamos dejado atrás todo lo que en puerto había sucedido, con la gratificante sensación de limpieza que se contagiaba a los tripulantes, hasta nos parecía que una vez baldeado el Blue Sea navegaba más ligero, un baldeo que era el primer paso para normalizar la rutina en la navegación que estaba comenzando.

La niebla persistía, de vez en cuando se abría algún claro que nos permitía ver los penoles de los pórticos de los puntales de proa, había pasado mucho tiempo desde que habíamos entrado en la niebla y la bocina avisando de nuestra presencia a los buques que navegaban en dirección a Dover. 

Segundo Dios, que así se llamaba el Contramaestre, saludó al entrar en el puente, se fue directamente hacia Tony, que estaba con la nariz dentro del cubichete del radar, que al darse cuenta de su presencia, levantó la cabeza, le saludó y con cara de contrariedad como si la niebla le cambiara sus planes de trabajo le comentó. – Dios, con esta niebla vamos a arranchar las cubiertas, dar un repaso a las escotillas y mientras la niebla dure, los marineros que aprovechen para hacer limpieza y aseo de sus camarotes, el domingo a primera hora habrá inspección de interiores, cámaras y gambuza, lo mismo que de los pañoles de proa, cuando terminen que descansen hasta mañana a ver si la niebla nos deja navegar con normalidad.

La boya EC1 había quedado por popa, en media hora había que volver a pasar el report de posición a Jobourg Traffic Control,  para confirmar la posición del buque, su Call Sign,  velocidad, tipo de carga, puerto de salida y destino, un report de navegación obligatorio. Todavía los pesqueros continuaban faenando por esta zona de navegación, amagando maniobras peligrosas, por lo que de vez en cuando el Tony bajaba de su celestial morada a todos los santos y se acordaba de los patrones de los pesqueros dejándolos a la altura de la mierda…sus maldiciones se oían desde los alerones, era su fuerte carácter al que los tripulantes estaban acostumbrados, maldiciones de las que no se recataba ni delante de la presencia de Dios, el contramaestre, que ya había abandonado el puente en busca de sus muchachos, como les decía a sus marineros.

En tres horas estaríamos a la altura de la chata Channel que nos situaba en la zona de Casquetts, la última chata que veríamos en esta navegación por el canal, si no la veíamos, al menos la deberíamos de oír, si todavía perduraba la niebla, estábamos ya cerca de dejar por el través el puerto de Falmouth, en donde la previsión era que por esta zona de navegación debería levantarse la persistente niebla o al menos mejorar la pobre visibilidad en la que estábamos metidos; si esta fuera de al menos una milla, aliviaría la preocupación de los pilotos y Capitán, al mismo tiempo que las de toda la tripulación.

Con la chata Channel al través de babor, arrumbamos al 231º en busca de Ouessant, la última marca referencial que delimita la salida del Canal de la Mancha, para enfrentarnos ya a un Golfo de Vizcaya imprevisible y traicionero, con su habitual mar tendida del noroeste que suele acompañarnos hasta el cabo Ortegal con sus farallones de los Tres Hermanos y sus rompientes que en los tiempos de temporal, muestran desde la lejanía su blanca mancha de espumas, alertando de su peligrosidad a los marinos que proceden de aguas norteñas como también a los patrones de los buques de cabotaje y pescadores de bajura que faenan por estas aguas.

Cuando abandoné el puente, allí quedaban el Marconista Cesar, el Primer Oficial Tony y Sendón el timonel, vigilantes de la seguridad del buque y su tripulación, atentos a cualquier señal que proviniera de más allá de las bordas.

Llevaba ya muchas horas sin dormir, el cuerpo ya estaba reclamando su descanso, la hora de la comida estaba próxima. Con el tiempo justo para asearme y acudir a la cámara como requerían las circunstancias, una costumbre que todavía perdura en los buques mercantes, un aseo discreto, pero manifiesto en donde se desterraban las ropas de trabajo y las barbas sin afeitar, una señal de respeto para con el resto de los oficiales.

Como segundo oficial de abordo, mi horario de comidas era diferente al del resto de la tripulación, ya que  tenía que hacer el relevo al Primer Oficial a las doce del mediodía, lo que me obligaba ya a las once y media a estar en la cámara, lo mismo que el segundo oficial de máquinas, que también tendría que relevar al primer oficial de su departamento. Nos sentábamos a ambos lados de la gran mesa, uno enfrente al otro, como a cara de perro, eran los asientos que nos correspondían, unas posiciones institucionalizadas desde que el buque se había  entregado en el astillero. Allí estábamos, esperando al camarero para satisfacción de nuestros estómagos, era la hora de criticar al cocinero y sus platos, cuando no había otras conversaciones más gratificantes.

Era el tiempo de la comida uno de los ratos más gratos y gratificantes del día y más en navegación, era un tiempo entre las once treinta y las doce horas solo para nosotros los segundos oficiales, momentos de charla y relajo en donde se hablaba con la libertad de no sentirse fiscalizado por la presencia de los oficiales de más rango, lo que nos permitía opinar de todo sin reticencias, en donde se podían decir las mayores barbaridades sin que los galones de los otros oficiales hicieran  prevalecer sus opiniones valiéndose de su cargo a bordo. Unas conversaciones que con el tiempo sirvieron para afianzar entre nosotros una franca amistad que al día de hoy todavía perdura.

La hora de la comida para el resto de la tripulación la marcaba el sonido de la campana del alerón, de la que se encargaba de picar el Oficial de guardia, justo cuando el cronometro magistral marcaba las doce horas, cero minutos, cero segundos, un sonido familiar y que alegraba a toda la tripulación en general, salvo al personal de fonda, cocinero, marmitón y camarero que eran los esclavos de estas horas para atender al resto de la tripulación que se sentaba a ambas bandas de la gran mesa para reponer fuerzas, y al mismo tiempo evadirse de esos problemas y preocupaciones consustanciales a sus obligaciones, las que hacen que el buque navegue con normalidad.

Mientras tanto el Blue Sea continuaba lanzando sus señales fónicas sobre la calma blanca de la mar, una pitada larga cada dos minutos, navegando entre la densa niebla y con su proa buscando la recalada de Ouessant.

El tiempo de comida se hacía corto, entretenidos en los placeres que nos proporcionaba a veces el afortunado menú del cocinero Julián y unas conversaciones que casi nunca terminábamos, teniendo que interrumpirlas o continuarlas en la próxima comidas, había que estar en el Puente al menos un par de minutos antes de que diera la hora, había que hacer el relevo de guardia con el tiempo suficiente para que el primer oficial a las doce en punto pudiera presentarse en la cámara en donde ya estarían  José Antonio el Capitán, Cesar el Radiotelegrafista y el resto de Oficiales de Máquinas, Fabián y Joseba.