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BLUE SEA REGISTRO LIMASSOL

CAPT XXXI

 

El día amaneció como otro cualquiera del verano en estas tropicales tierras nigerianas, el levantar de las barreras de los controles de entrada del muelle, dio pasó a todo tipo de gentes, camiones y carretas, hombres y mujeres que vivían de los beneficios que proporcionaban los movimientos de las distintas mercancías que se cargaban y descargaban en el puerto. Desde los primeros momentos de luz ya se había recobrado la actividad de estibadores y capataces entre buques y tierra. El trabajo de los guachimanes era en estos momentos iniciales cuando más se tenían que emplear para tamizar la gente que subía o intentaba subir a bordo, en el Blue Sea, dos guachimanes bastante populares entre las gentes que merodeaban los muelles, hasta los militares de vigilancia de la guardia nacional, les saludaban con amistosa deferencia.

Esa mañana, habíamos decidido salir a comprar el marfil que nos había ofrecido en la noche anterior, un nigeriano de la confianza de unos de los guachimanes, ofreciéndonos también la facilidad de llevarnos a su almacén, que estaba en las afueras del puerto y en donde disponía de diferentes piezas de artesanía además de marfiles para su venta.

A media mañana se presentó a bordo acompañado por el guachimán, Walter, el conductor que nos llevaría al almacén del “juu” como le decía Walter, por su manera de referirse a él, daba a entender que viajes como este que estábamos empezando ahora, eran habituales para llevar a los tripulantes de los buques de los muelles hasta el almacén hacia donde nos dirigíamos. Tanto se refería al “juu” que pensamos que ese era el nombre del comerciante, por lo que nosotros también acabamos refiriéndonos a él, llamándole “juu”, más adelante mientras castigábamos nuestro cuerpo con los saltos de tanto bache, dentro del incomodo auto caldeado por el sol, nos aclaró que así se conocían a los judíos, que solían ser casi todos los que comerciaban con piezas de marfil y otras artesanías. Me recordaron a los gremios de judíos de Ámsterdam que dominaban el comercio de diamantes.

Antes de subir al auto, Silvio y yo habíamos dejado el aviso a Tony que íbamos a estar fuera durante la mayor parte del día, posiblemente tampoco vendríamos a comer, que ya nos arreglaríamos, la hora del regreso quedó en suspenso, iba a ser un día diferente, un poco inquietante a pesar de que contábamos con la confianza de Walter, que haría de guía y en quien confiábamos al no tener más remedio.

Salimos de la zona de los muelles sin cruzar el barullo de la ciudad, Walter nos condujo por unos arrabales de chozas de barro y argamasa con techumbres de cañas, otras con las cubiertas hechas con las latas de bidones de aceite mineral, un recurso habitual de estas desfavorecidas gentes. Por el irregular firme de los caminos sin asfaltar, un recorrido de compactada tierra, por donde el auto rodaba sobre regueros de aguas sucias provenientes de los caños que desaguaban las suciedades de las chozas, acabando en las tajeas de los márgenes del camino, formando charcos pestilentes de aguas y otras inmundicias, en donde moscas y mosquitos obtenían sus beneficios, que corrían  a lo largo de gran parte del recorrido, no faltaban los extraños olores que distraían el recorrido, en un coche caliente con las cubiertas de sus asientos de  pelo sintético de rabiosos colores que tanto debían de gustar a estas gentes. Walter había dispuesto un pequeño recipiente metálico, firme sobre el guardabarros, en donde quemaba hojas de alguna planta que humeaba dulzones olores que al menos disimulaban y tapaban a los otros olores.

Dejamos atrás este arrabal entre baches e incomodidades, entrando en una zona boscosa, el primer control de la guardia nacional, no tardó en aparecer al margen del camino, Walter nos aconsejó que en los pasaportes les dejáramos unas Nairas, para evitar problemas, era lo más práctico y razonable en estas circunstancias.

- Esta gente tiene muy poco o ningún sueldo, pero tienen hambre y armas que nadie controla, y al awo funfun (hombre blanco) tratan de intimidarlo, con su militar presencia y actitud de poder, poniéndoles además trabas con sus documentaciones, haciendo preguntas sin sentido que acaban por incomodarte, nos decía Walter.

 Con toda seguridad si no fuéramos de la mano de Walter, tendríamos problemas, sobre todo sin sospechar cuales eran sus intenciones ultimas de sacarte unas Nairas, un chantaje al que no estábamos acostumbrados.

Se pasó este primer control con la tensión y el miedo a lo que podía suceder, un tiempo que nos pareció largo, a pesar de ser no más de diez minutos, soportando las miradas al interior del vehículo desde las ventanillas abiertas, por dos de los militares, mientras Walter se entendía hablando en yoruba con el que llevaba el mando, supongo que le diría  que éramos embarcados y hacia donde íbamos, lo importante es que al final nos dieron paso después de haber seguido las indicaciones de Walter, dos billetes de diez Nairas, fueron suficientes, cuando les dejamos atrás Walter nos insistió en no mostrar descontento o enfado por tener que soltar unas Nairas ya que estos militares no se andan con tonterías, sintiéndose muy ofendidos en su orgullo, ya que muchos de ellos todavía conservan la dignidad de los guerreros como lo fueron sus antepasados, pudiendo reaccionar de forma  violenta ante cualquier desprecio

Reanudado el viaje, Walter mientras conducía nos advirtió que los controles en estos tiempos eran más habituales ya que hacía unos días se había intentado un golpe de estado militar por parte de la sección militar de los Igbos biafreños, que habían perdido su control del sureste del país, al perder la contienda de Biafra, estableciéndose estos controles mientras durara el  “toque de queda” , que todavía no se había levantado, lo que hacía que estos controles fueran susceptibles de provocar más detenciones en gente sospechosa y más estricto el control con cualquier sospechoso que se moviera por sus caminos. El auto seguía su camino y nosotros un poco más conscientes de donde nos habíamos metido

El camino de tierra se hacía cada vez más angosto y difícil, una calzada que no daba margen para dejar paso a otro auto que viniera en sentido contrario, las rodaduras del camino estaban marcadas todavía con las huellas de los camiones que dejaban cuando la torrencial lluvia tropical anegaba el camino, los baches seguían siendo el tormento para la estabilidad del cuerpo, parecía que navegábamos por una mar cativa. La vegetación de los márgenes poco a poco iba perdiendo su frondosidad, transformándose en vegetación baja, con el color pardo de la flora de secano, que, a la vista de nuestros ojos, nos parecía que no podía quedar mucho para llegar a nuestro destino. Walter nos advirtió que en el próximo cruce de caminos solía estar otra patrulla de control de la guardia nacional, con las mismas intenciones que la que ya habíamos dejado atrás, ya no hizo falta que nos indicara que pusiéramos otras diez Nairas en los pasaportes, además de poner cara de chiste, para que no pensaran que estábamos contrariados.

Al doblar una de las múltiples curvas, allí estaba un camión del ejercito aparcado en el borde y sobre la tajea del camino, cuatro hombres pasando su tiempo apoyados en el costado del habitáculo y uno de ellos sentado sobre el motor, les acompañaba un paisano aparentemente mayor ya que asomaban entre su casi rapado pelo de su cabeza, unas amarillentas canas, apenas visibles desde la distancia, había que estar cerca para notarlas, su dentadura era la de un hombre mayor, blanca e irregular que constantemente estaba frotando con la punta de un palo de unos cinco centímetros de largo y uno de grosor, seguramente de raíz de regaliz, una costumbre que ya desde el primer día que llegamos, había observado en muchas de estas gentes.

Se volvió a repetir la escena del control del auto y sus ocupantes, después de darnos el Alto, los saludos iniciales dirigidos Walter y después a nosotros, levantando la mano, después de esto, no tardaron en solicitarnos los pasaportes que ya estaban engordados con la mordida, mientras Walter fuera del coche conversaba con el militar de los galones y el viejo en silencio, como ausente, permanecía junto a ellos. Silvio y yo, sentados en el coche sin decir palabra, esperando que nos fueran devueltos los pasaportes y deseando salir de allí, no fuera que tuvieran el gatillo ligero como en la noche anterior con el joven del azucar.

Reanudamos el viaje después de varios intentos fallidos por arrancar el motor del coche, un Peugeot que habría sobrevivido a miles de millas, traído desde algún país europeo y merecedor de todas las confianzas de Walter, quien estaba seguro que no iba a dejarnos tirados en el camino.

El viejo negro se sumó al viaje, con toda la normalidad que da una costumbre, que no me resultaba extraña, ya que en muchos puertos, los coches suelen recoger a nuevos viajeros, si les coincide el destino con el que tenía previsto, y que el nuestro de momento era desconocido, que entre paradas y la poca velocidad que se podía coger, ya llevábamos más de dos horas entre baches, ahora con el nuevo pasajero, delgado como “chicho poca chicha” con su jubón de vieja y sobada badana, en donde guardaba unas raíces que en el viaje mascaba y más tarde escupía por el hueco de la ventana, luego volvía a masticar y así durante todo el trayecto que quedaba hasta llegar al destino, -“ o dun oloro” decía en yoruba, ofreciéndonos unas hebras para que probáramos, Walter nos aclaraba lo que nos estaba diciendo, -“come, está sabroso”. Es “Gbongbo”, la mastican para vigorizar el ánimo y matar el hambre, seguramente era lo que realmente necesitaban para engañar al cuerpo y al estómago.

Walter si le acepto un pequeño puñado que se metió en la boca, al mismo tiempo ponía todos sus sentidos en la conducción, ponderando las formas de los baches para minimizar los saltos que descolocaban las vértebras de la columna, muy pocos tramos tenían el firme liso, insuficiente como para reponerse de tanto incontrolado movimiento.

La visión de unas chozas a ambas márgenes de la carretera, le obligaron a Walter a decirnos que habíamos llegado, solo faltaba encontrar la choza del juu, en donde guardaba su mercancía, una choza abierta sin más puerta que unos palos verticales entrelazados con cuerdas de cáñamo y alambres, que parecían suficientes para guardar la para nosotros su valiosa mercancía.

Nos apeamos del coche tratando de recomponer nuestra osamenta, duramente traqueteada durante las más de dos horas de baches e incomodidades, saliendo a recibirnos el mismo juu que había estado a bordo la noche anterior, vestido con su Galabiya de color claro, y su Taqiyah blanco cubriendo poca más que la coronilla de su cabeza, algo parecido a un bonete hilado de ganchillo, y con una amplia sonrisa de bienvenida. Walter le saludo y se entretuvo a charlar con él, mientras nosotros pasábamos al interior de la choza, que estaba construida sobre una base de hormigón, en donde se habían hecho firmes unas columnas también de hormigón que soportaban la argamasa que cerraba la cabaña, un candil de carburo que movía con la mano enseñándonos todo lo que allí tenía.  Nos llamó la atención dos colmillos que colocados verticalmente pasaban de los dos metros, demasiado grandes para llevar, además de otros de diferentes tamaños, entre todo lo que vimos nos decidimos por un par de colmillos que entre los dos pesaban diecisiete kilos de marfil, tallados, representando a una pareja, un guerrero y a una mujer, además de otras piezas también de marfil de elefante más pequeños, cogimos además varias pulseras de marfil viejo, mal talladas, pero eso nos daba igual, las vendía al peso, y la intención que teníamos era de gastarnos las Nairas que llevábamos en el bolsillo. EL juu nos garantizó que era marfil autentico, haciendo delante nuestra la prueba de su autenticidad, para que viéramos que no nos engañaba, una sorpresa para nosotros ya que a la vista todo parecía marfil autentico, y nuestro desconocimiento era manifiesto, lo que nos llevó a sorprendernos de la facilidad con que se podía distinguir el verdadero del falso.

El juu, nos hizo escoger una de las piezas que habíamos comprado y nos pidió un pelo de nuestra cabellera, que la mía era abundante y unos fósforos o un mechero, le acerque una caja de los fósforos que usaba para prender mi tabaco de pipa y con el pelo completamente adosado contra la superficie del marfil, acercó la llama del fosforo hasta tocar al cabello, para sorpresa nuestra este pelo se mantenía entero, sin arder, después el mismo pelo lo acerco a una pieza de madera y de la misma forma, con el pelo pegado a la superficie de la madera, al acercarle la llama del fosforo, se inflamo en un instante, quedamos con la boca abierta y creyéndonos ya casi unos expertos en la detección de marfiles falsos, el Juu además nos decía que es pesado y frio, un frio que fácilmente se detectaba por el contraste del calor del ambiente a estas horas del mediodía con el que se notaba al tacto con la palma de la mano sobre el marfil.

Llegó la hora de hablar de los precios, que pedía por todo lo que queríamos comprar, Silvio que era más precavido y acostumbrado a estas operaciones, lo primero que me dijo antes de llegar a un acuerdo, que le dejara regatear, que es como estos judíos y musulmanes hacen los negocios, mientras el juu nos ofrecía un te caliente para tomarlo mientras negociábamos los precios, - es la mejor manera de cerrar los acuerdos, decía el juu. Yo me quedé expectante durante toda la batalla dialéctica del regateo, como convidado de piedra dejándole a Silvio que tratara la compra, después de terminar la jarra plateada y caliente del té con menta, llegaron a un acuerdo en el precio y con la condición que fuera él personalmente al Blue Sea a entregarnos todas las piezas que habíamos comprado, cuando pudiera, advirtiéndole que todavía teníamos al menos tres días más en el atraque. Allí le pagaríamos a la vista de lo que habíamos comprado. El juu no puso ningún impedimento, comprometiéndose a entregarnos en el barco todo lo que habíamos escogido, sin variar el coste de la mercancía.

Ya se estaba haciendo tarde, demasiado para poder llegar a la hora de cenar a bordo, por lo que le pedimos a Walter que nos llevara a un restaurante chino que habíamos visto cuando habíamos dejado el atraque esta mañana, - The Golden Dragoon, en Abuloma, dijo Walter. Con movimientos afirmativos de cabeza, decía -bueno muy bueno, pero un poco caro.

Silvio y yo nos miramos como si fuera un impedimento insalvable, nuestros comentarios se referían a nuestra preferencia por la comida china, al desconocer las bondades de la comida nigeriana, que la verdad en nuestra ignorancia desconocíamos cómo era, al menos la china nos ofrecía más garantías de no llevarnos una mala sorpresa y quedarnos sin comer.

El viaje de vuelta se nos hizo más corto a pesar de haber perdido algo de tiempo en otros dos controles de la guardia nacional, que salvamos con la correspondiente mordida y la experiencia adquirida en el viaje de ida, era el peaje que había que pagar por moverse por estas tierras poco menos que desoladas e inseguras del interior de Nigeria.

Al llegar al restaurante, nos sorprendió su fachada, una representación de la típica filigrana oriental, más parecía una pagoda que un restaurante, el color rojo predominante en la fachada y el amarillo, con toques dorados hacían honor al nombre del restaurante, “El dragón dorado”, antes de cruzar la puerta, hicimos que Walter entrara con nosotros invitándolo a sentarse en nuestra mesa. La entrada se escondía tras un biombo de madera negra, tallada con filigranas orientales, en el interior apenas había comensales en las mesas, un salón más que amplio, con biombos pintados con motivos orientales, que permitían en unos apartados la discreción de los clientes, unos techos altos pintados con motivos orientales y mucho rojo y dorado, todo en su conjunto logró aislarnos y olvidarnos de los ruidos, el polvo y la miseria a la que en tan poco tiempo nos habíamos habituado a ver en este puerto, incomodidades que  vivían fuera de este salón, todo un recinto  de cargado lujo oriental.

El servicio de camareros era nativo, jóvenes negros y bien plantados que cumplían perfectamente su cometido, suponíamos que, al ser un restaurante chino, el servicio también lo sería, cuando uno de ellos nos atendió, lo primero que pensamos era que la comida tampoco sería china como, su nombre indicaba. La carta decía todo lo contrario. Unos rollitos primavera con salsa de soja y un blanco y delicado pan de arroz como entrante junto con unos pìckles amargos y avinagrados, mientras escogíamos sobre la carta lo que íbamos a comer.

Pedimos para nosotros una sopa de aletas de tiburón, que nunca había antes comido y Walter pidió una sopa wonton, Silvio y yo coincidimos con un Chop Suey de arroz blanco con soya de acompañamiento, Walter se volvió a diferenciar con un plato de Ban Mian, unos tallarines con setas y otras hierbas, que por la cara que ponía debía de estar muy sabroso y picante, unas cervezas surafricanas y así hasta llegar al postre, unos Dou Hua de tofú acompañados con licor baijiu, del que estábamos dando cuenta con distendida conversación. Como colofón y para terminar pedimos un café turco, que sirvieron bien caliente.

Nada más servirnos el café, se presentó ante nuestra mesa un europeo, que se presentó como el dueño del restaurante en donde estábamos comiendo, educadamente, pero con decisión pidió permiso para sentarse en nuestra mesa, acercando una de las sillas que estaban disponibles de la mesa contigua a la nuestra. Se imagino que éramos tripulantes de alguno de los buques que estaban atracados en Abuloma, lo que le confirmamos, nos contó que era libanés y que llevaba en Potaco unos años regentando su negocio que había comprado a unos chinos que tuvieron que regresar a su país, conservando a dos cocineros chinos para mantener la carta que hacían del restaurante un lugar concurrido, reforzando su negocio con el casino, en donde el dinero fácil del estraperlo de los más avispados, se perdía en sus mesas.

El hombre se le veía decidido por el poder que le otorgaban el éxito en sus negocios, conversación directa y clara, hablaba español con acento porteño de Buenos Aires, en donde había tenido negocios de ganado y carne. En el trato era franco, sobre todo en los negocios, en fin, como él decía era libanés, descendiente de fenicios con lo que esta marca de sangre le diferenciaba de otros comerciantes.

Con palabras directas nos preguntó si el barco en donde navegábamos hacia viajes fijos a este puerto de Potaco, lo que no le pudimos confirmar con absoluta seguridad ya que estábamos fletados al Tramp, aunque ya había hecho otros dos viajes con anterioridad, por lo que era fácil que se volviera. Una respuesta que le hizo dudar, pero como era decidido, nos propuso que para el próximo viaje si era posible traerle un proyector de cine de super ocho y unas películas de cine porno, así de claro, no se anduvo con vueltas y remilgos para hacer su propuesta.

Silvio sin dudarlo le dijo que sí, que por nosotros no habría ningún problema, al hombre que en su tarjeta decía Kamir Mansul, se le alegró la cara, diciéndonos  que nos adelantaba doscientos dólares americanos, para asegurarse de la compra, Silvio le comentó que no, que lo pagara cuando regresáramos de nuevo a Potaco, dando un tiempo aproximado comparando con los viajes anteriores de dos meses, más o menos,  Kamir por la cara que puso, suponíamos que pudo pensar que la negativa a coger los dólares podía ser una manera de evitar este compromiso, a lo que Silvio le puso una condición, que era que fuera el quien sacara del barco y pasara el control de entrada del muelle, el aparato de cine y las películas, a lo que Kamir le dijo que eso no sería ningún problema, el mismo sacaría del muelle los paquetes, dando a entender que sus contactos eran suficientes como para desenvolverse con facilidad.

Acabamos los cafés y cuando íbamos a pagar, el mismo Kamir no nos dejó pagar la cuenta, lo que no esperábamos y a mayores, nos hizo pasar al casino por un paso que comunicaba ambos edificios, que era de uso privado, solo para el servicio del restaurante y empleados del casino.

La decoración totalmente diferente, pasábamos de un mundo oriental, a otro totalmente europeo y hasta decadente, mesas de tapetes verdes y azules, dos ruletas, cuatro mesas de Black Jack en cada esquina del gran salón y unas cuantas máquinas tragaperras salpicadas por todo el salón.

Decorado con un vetusto y recargado estilo vintage, con luces indirectas de ambiente en contraposición con un alumbrando directo hacia los tapetes de las mesas de juego, entre medias una semioscuridad estudiada para camuflar entre sombras la identidad de los clientes.

Entramos tras él y nos preguntó que preferíamos jugar, dando por sentado que esa era nuestra intención, nada más lejos para mí que nunca había estado en un casino de verdad, porque este a pesar de estar perdido en un puerto nigeriano en el África profunda, era un Casino autentico.

Silvio decidido le dijo - Black Jack, Kamir nos llevó a una de las esquinas en donde un poderoso croupier negro de dos metros de alto por lo menos, servía las cartas en una mesa para cinco jugadores, en donde había un cliente nativo jugando mano a mano contra el croupier, o sea contra la banca.

Silvio me decía, - Es como jugar a las siete y media, solo que en vez de siete y media se cuenta hasta veintiuno, las figuras todas, valen diez puntos, los treses también, que puedes elegir por el tres y con los ases puedes elegir el valor entre uno y once, no te puedes pasar, sino gana la banca, me dijo. -  Déjame jugar a mí la primera mano y después si quieres jugamos los dos, mientras Kamir le hizo una señal al croupier, que más tarde entendimos, el mismo Kamir nos puso sobre la mesa tres fichas a cada uno, - regalo de la casa, y nos dejó en la mesa enfrentados al gigante que repartía las cartas, sentados sobre unos taburetes altos, allí estábamos con las piernas colgando, Walter, Silvio y yo, junto al nativo igbo, los cuatro frente a dos metros de croupier.