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BLUE SEA REGISTRO LIMASSOL

CAPT XXIII

 

Como en días anteriores, las marías poco después del amanecer, ya sin que fuera necesario recordárselo, se colocaban pacientemente con cara de desaprobación en la fila que le había marcado el contramaestre al pie del portalón, con sus hatillos en la mano, esperando que fueran nuevamente cacheadas en sus ropas y petates, parecía que ya lo habían aceptado, ya ni protestaban sabiendo que ninguno de sus argumentos serviría ante la intransigencia de Dios que era el único que siempre las cacheaba.

Una situación que al principio nos parecía jocosa y que alimentaba todo tipo de comentarios, ahora todo había cambiado, al menos para mí, pensando que quizás la miseria y necesidad de estas mujeres que seguramente no conocían más que su mundo inmediato, limitado a los alrededores de su cabaña y su rio, que las obligaba a recurrir a todo lo que les permitiera subsistir.

Desde nuestra mentalidad de civilizados, nos sería muy difícil imaginar que tan duras serían sus circunstancias vitales para tener que recurrir a la inseguridad de moverse entre las correntadas del rio en sus inestables cayucos.

Cuando se alejaron los cayucos en procesión hacia las orillas del rio buscando sus playas entre los manglares, la normalidad volvió a bordo, las guardias de vigilancia reforzadas aprovechaban entre vigilancia y vigilancia, para hacer mantenimiento de cubierta, especialmente en las tapas de escotilla de las bodegas, pronto entrarían en funcionamiento y tenían que estar en óptimas condiciones, engrasando charnelas, pernos y roletes de las tapas de escotillas de las bodegas, el contramaestre revisaba personalmente la jarcia de labor de los puntales, que en estos puertos, al carecer de grúas en sus atraques, las descargas se harían con los puntales de abordo, trabajando a la americana para aligerar los pesos de las bodegas. Ostas, amantes y amantillos tenían que estar en óptimas condiciones de trabajo.

Más de una vez, en nuestras conversaciones, cuando se comentaban los embarques de las marías, además de los comentarios sobre las formas de los cuerpos hermosos de las angoleñas y la enormidad de las piernas largas de las jóvenes del Camerún, era inevitable compáralas con las jóvenes y no tan jóvenes mujeres igbo y yorubas de Biafra, quienes fueron las primeras en abordar el buque la primera noche y que por sus formas poco agraciadas, no tenían ningún éxito a bordo o casi ninguno con los tripulantes de popa, lo que sí eran, bastante más combativas y beligerantes que las angoleñas y camerunesas.

  El método del contramaestre, para evitar los pequeños robos, cuando se abordaba en la conversación, en los primeros días se observaba el cacheo como una diversión por la sorpresa de como Dios había resuelto su forma de evitar quedarnos sin la cubertería de las cámaras, unos pensaban que era la única manera de hacerlo, lo justificaban cómo que era la única manera y más rápida de solucionar el problema de los robos, sin entrar a considerar otras valoraciones, estábamos tratando con gentes que hasta posiblemente, no tuvieran el mismo punto de vista de la moral como los europeos, la desnudez del cuerpo para ellas quizás no fuera tan denigrante como la consideramos los que nos consideramos civilizados. Lo cierto es que habían aceptado el cacheo y su desnudez con resignación, quizás pudieran considerarla como una práctica habitual, que con seguridad ya habrían padecido en otros barcos de los muchos que esperan fondeados en la bocana del rio, a los que hubieran acudido en ocasiones anteriores.

En la rutina de la guardia, desde el puente de gobierno, la escucha permanente del VHF también servía de distracción, como también lo era la de comprobar la posición del buque sobre la carta de navegación, al mismo tiempo que se comprobaban las situaciones de los buques fondeados más próximos a nuestra posición.

Los buques griegos, entre ellos, seguían con sus conversaciones por el VHF, cambiando de canal de escucha al canal trece, canal que de vez en cuando sintonizábamos para curiosear en la escucha de sus conversaciones, la mayoría de las veces entre ellos hablaban en griego, por lo que no entendíamos de que hablaban. La verdad que el tiempo en el fondeadero en la espera de la orden de atraque, se estaba haciendo muy largo y cualquier oportunidad de entretenerse la aprovechábamos, aburrimientos que nos llevaban a esas indiscreciones impropias de cualquier oficial responsable juicioso y sensato.

Parece que la conversaciones sobre el método de cacheo que Dios aplicaba a las marías a bordo del Blue Sea, no dejaron indiferente al “viejo”, lo que en su entender tomó la decisión de que no se desnudaran a las mujeres en la cubierta, a la vista de todas las miradas de la tripulación, solo cuando hubiera sospechas de algún robo, se las debería llevar al pañol de respetos que estaba en cubierta, muy cerca del portalón, y fuera allí en donde se las desnudara si fuera necesario, a escondidas de las miradas de los hombres de abordo.

Todavía no nos habíamos acostumbrado a las incomodidades de tanto calor durante el día y a los mosquitos y la humedad durante los atardeceres y noches, ya nos parecía demasiado el tiempo que llevábamos en el fondeadero, parecía que todos los temas de conversación ya se habían gastado, poco quedaba de que hablar, salvo comentar las noticias que al viejo le llegaban por la radio de onda corta de su camarote, por lo demás cuanto más tiempo pasaba, las conversaciones eran más previsibles, por lo que, se sentía más reconfortante la soledad del camarote que las tonterías que se decían cada vez con más profusión, me parecía que tanto tiempo fondeado ya nos empezaba a afectar.

Cesar que, a pesar de su carácter más tranquilo y flemático, se descubrió como un excelente guitarrista, que con sorpresa por mi parte y ante lo reservado en sus actividades personales, desconocía sus aptitudes con la guitarra, que antes nunca le había oído tocar, y que él apenas usaba en su distracción, guitarreando solamente en la privacidad de su camarote.  

En sus ratos de ocio, durante esta larga fondeada, en su afición musical le había dado por tocar y perfeccionar los ritmos de samba y bossa nova, a las que le había cogido afición en un embarque anterior por puertos del Brasil, además de invitarnos a Caipirinha de cachaza, con la que nos trataba de impresionar dándose un aire de experto, preparándola como le había enseñado algún aventajado mesero en algún antro de Paraguaná, como la auténtica Caipirinha, aunque no sé por qué, él le llamaba Caipirissima.

 Además de los aires brasileros,  por supuesto tocaba de todo, desde los boleros más sentidos hasta lo último de Rod Stewart, por lo bien que lo hacía, pensaba que tenía que haber estudiado o haberse iniciado en el Conservatorio, porque yo, que siempre toque de oído, me sorprendía lo bien que lo hacía, él en su modestia decía que quien tocaba bien este agradecido instrumento era su hermano, al que le hacían las guitarras un luthier de Rivadavia, recuerdo que me decía que su hermano ya estaba a un nivel de investigador en el arte de tocar la guitarra, el solo mal interpretaba. Mientras yo pensaba en lo que me gustaría al menos tocar como él.

Fuera de guardia y entre tanta tranquilidad, Silvio me había planteado la posibilidad de acercarnos a tierra desde el fondeadero en uno de los cayucos que traían a las marías, la idea era buena ya que al menos pasaríamos un día diferente, pero los inconvenientes eran muchos, además de la autorización del Capitán, que dudo que nos la diera, ya que los guardias de  Inmigración todavía no había subido a bordo ni tampoco los Oficiales de Sanidad, lo que hacía suponer que nuestro salto a tierra sin la documentación visada, podrían suponer delito y con ello muchas complicaciones al Capitán y también a nosotros si nos detenían en tierra, que sería lo más probable, ya que dos blanquitos llamarían mucho la atención entre tanto negro. Silvio trataba de al menos intentarlo ya que tenía la idea fija de comprar marfil, contando con las facilidades que le habían propuesto las marías, cómo el acercamiento a tierra, que lo haría uno de los remeros que nos llevaría a tratar con un hombre que comerciaba con marfil y otros artículos en piel y maderas preciosas.

Con mi negativa, quedó algo frustrado, no esperaba que con tanta determinación y con tanta lógica, ni siquiera se lo iba a plantear al Capitán, nuestros puntos de vista eran diferentes en cuanto a las regulaciones que había que respetar y mucho más en estos puertos, en donde de todo puede pasar y si es malo, seguro que pasará, según Murphy. Mi intención en estos momentos era de tratar de contentarlo, asegurándole que una vez estuviéramos atracados podríamos tantear y buscar más posibilidades de comprar el marfil con más tranquilidad y con el pasaporte o el pasavante en la mano, nos evitaríamos problemas con Inmigración.

Tampoco me quería imaginar cómo sería tener que subir a un cayuco, con toda la inestabilidad que había que compensar, que aún sin subir a bordo sabíamos que sería muy difícil mantener ese difícil equilibrio que a los nativos no les suponía ninguna dificultad, al fin y al cabo, estas gentes desde siempre estaban acostumbrados a manejarlos.

El tiempo en el fondeadero pasaba lento y tranquilo, desde que nos habían robado los bidones de cubierta, ya no hubo más visitas de los dueños del rio, como decía el negro flaco que los lanzó al rio en la primera noche, no obstante la tripulación mantenía la vigilancia en las noches, a pesar de las fiestas que se organizaban en la cámara de los subalternos como dicen en los barcos españoles, en donde además de correr la cerveza, las marías aprovechaban para comer lo que hubiera disponible en la pantry de la cocina, con la generosidad del marinero o engrasador que la acompañaba, de hecho el cocinero Fabian que ya era veterano en estos viajes, en el pedido de provisión de boca del buque, metía un saco a mayores de arroz para sustentar estas necesidades, y que ya no llamaba la atención del primer oficial Tony, que lo consideraba como un mal necesario pero imprescindible para mantener contentos a los tripulantes y al mismo tiempo a las marías, que en ocasiones les acercaban a los hombres que las traían y llevaban a tierra, una lata o bolsa de plástico con arroz cocido o lo que hubiera a mano.

Las latas de conserva de sardinas escabechadas con salsa de tomate, eran “oro” para ellas, las apreciaban más que a otra cosa, ni a jabones, ni a ropa, ni a los perfumes les daban tanto valor. Los marineros que sabían de esta debilidad, en el puerto de Las Palmas, se habían surtido de ellas como moneda de cambio para sus negocios y apaños. El tiempo pasaba con la consciencia de estar viviendo situaciones inimaginables sobre la cubierta de en un viejo barco, con la solera de las miles de millas navegadas e impresas sobre las planchas de su castigado forro , estaba descubriendo un barco de los de antes, rememorando las insólitas y singulares historias que de niño me contaba un viejo marino de la familia, no era extraño que ahora evocara otras grandes historias escritas, leídas en tiempos pasados, recordando al candray de Conrad, el Patna el carguero en donde las vicisitudes vividas por Lord Jim podrían ser las mismas que estábamos viviendo a bordo del Blue Sea, aunque ni el Capitán Gustav era José Manuel ni tampoco yo era el Jim de Conrad.