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BLUE SEA REGISTRO LIMASSOL

CAPT XX

 

 

Definitivamente la travesía por mar había finalizado en el justo momento en que el ancla tocó fondo en el estuario del rio Bonny, siguieron los obligados primeros momentos de comprobación de la situación del buque en el fondeadero y prioritariamente presentar a través del VHF al agente en Port Harcourt el Aviso de Alistamiento, que en los buques de bandera de conveniencia también llaman “Notices to Readiness”. A partir de ahora la actitud y comportamiento en el puente había que adaptarlo a la nueva circunstancia, la quietud y la aparente tranquilidad de un fondeadero, con sus corrientes y movimientos de botes menores y cayucos sin luces, además de estar vigilantes de los movimientos del Blue Sea en los repuntes de las siguientes mareas, para observar si el giro de borneo representaba un peligro añadido por la proximidad de un buque fondeado a unos cuatro cables más hacia afuera, asegurándose de cómo se comportaba en el fondeadero. Se hicieron las anotaciones correspondientes en el cuaderno de bitácora y aún con el VHF en escucha permanente, tratamos de seguir con la rutina de abordo, sin romper las guardias de mar y además con la vigilancia de seguridad reforzada por los marineros, uno a proa y otro a popa.

Una rutina que nos había enseñado la experiencia de  entrar con anterioridad en estos puertos de las costas africanas, era el permanecer durante las noches, con todas las luces de cubierta encendidas, para tener una visibilidad clara de las bordas, no era más que una medida de seguridad junto con el tifón del buque, siempre cebado con el aire del compresor y siempre listo para sonar, otro recurso más de disuasión en estos puertos en donde y debido a la facilidad con que los cayucos en la oscuridad de la noche se mueven acercándose movidos por sus remos silenciosos para sorprender a una tripulación confiada y así poder desvalijar los pañoles de proa y otros departamentos del buque, llevándose  pinturas, minios, herramientas menudas y hasta los cabos de maniobra si tienen esa oportunidad, a pesar de la sana costumbre de los contramaestres de mantener los pañoles debidamente cerrados con sus candados, en que las únicas llaves estaban en poder del primer oficial y del contramaestre, así y a todo, alguna vez, nos encontrábamos con la sorpresa de encontrar al día siguiente los pañoles desvalijados, con la frustración de que la rapiña podía haber sido evitable.

El resto de la primera noche en el fondeadero fue tranquila, el buque se comportó como estaba previsto, el área de borneo del buque con el cambio de marea, no supuso ninguna interferencia con el resto de buques fondeados, no obstante, en la vigilancia de las cubiertas tampoco se detectaron movimientos sospechosos.

Durante la noche, los marineros desde la toldilla a popa, gastaban su tiempo de descanso pescando o tratando de pescar algún calamar que otro, como si en esta zona de “brackish wáter” (*) pudiera haber cefalópodos, de vez en cuando algún que otro pescado de fondo, subía enganchado, para alegría del marinero que lo pescaba y regocijo y cachondeo de los restantes marineros, en fin, lo normal, como siempre ha sido y como siempre será.

El olor al pan recién cocido y el olor de un café bien cargado, junto con un cielo rojo por levante, anunció el amanecer en el rio, unos aromas que nos devolvieron a la verdadera rutina a bordo, quizás era lo que nos recordaba que éramos unos marinos alejados de nuestras querencias, a bordo de en un viejo carguero, en donde cada nuevo día sería diferente y al mismo tiempo igual al que habíamos dejado atrás.

Las guardias de escucha y vigilancia en el puente durante el día eran más cuidadosas, con un oído se escuchaba la débil música del radiocasete y con el otro oído pendiente del VHF, ya que de vez en cuando el Servicio del Control de Puerto llamaba al buque preguntando si había habido alguna novedad con los cayucos que se mueven sin control por el rio.

Durante la segunda noche, todo había cambiado. Al húmedo atardecer de colores cobrizos en el cielo y las sombras ganando su espacio entre las boscosas orillas del rio, entretenidos entre cerveza y cerveza tomando el fresco que proporciona la caída del sol, nos encontrábamos en el alerón de estribor con nuestras bromas de barco, con Cesar, tratando de explicar y convencernos de que Tony tenía facultades paranormales. En la distracción de la conversación entre los aromáticos olores de las hebras de tabaco de pipa de Tony y de Fabian, Pardiñas el marinero de guardia nos alertó de que se acercaban dos cayucos, al poco, unas voces de alerta que sonaban como femeninas, se oyeron por el costado, ambos cayucos con sus remos en forma de lanza, de una sola pieza, que manejaban con gran facilidad unas aparentemente jóvenes negritas, gobernando el cayuco con la maestría que da el haberlo manejado durante toda la vida, que se manejaban entre los rebufos y remolinos de la corriente y el forro del costado, con sus frutas y pescados desordenadamente ordenados en la caja del cayuco, flotando sobre un pequeño charco del agua embarcada por su borda, mojando sus pies descalzos,  en principio, reclamando con sus voces características y extrañas por el acento, el hacer “bisnes” (business).

- Ya llegaron las “marías” decía Tony, como si supiera lo que los cayucos significaban al costado del Blue Sea.

– ¿Segundo, como andamos de penicilina? Me preguntó. Tampoco le contesté, él sabía tan bien como yo como estaba el inventario del botiquín.

– Espérate a mañana, me decía Silvio, el primer día vienen a explorar, quieren saber que mercancías llevamos en las bodegas por si pueden llevarse algo, si me aceptas el consejo mantente alejado de las marías de momento, en los próximos días vendrán las angoleñas y las del Camerún, que no tienen nada que ver con las nigerianas, ten presente que, si eliges a una, ya no te dejará hasta que salgamos de nuevo a la mar.

– No sé de qué me estaba hablando, pero lo intuía. Silvio continuaba haciendo alarde de sus experiencias de viajes anteriores tratando de aconsejarme y riéndose al mismo tiempo.

- En todos los viajes pasaba lo mismo, mientras que Silvio que era veterano en estas lides, lo mismo que Tony y el resto de oficiales, todos esperaban que la estancia en el fondeadero fuera corta y poder poner proa de nuevo hacia el mundo civilizado.

Segundo Dios, que había  atendido desde la regala a las primeras llamadas que provenían de los cayucos, después de una ininteligible pero previsible conversación con las marías, desde la cubierta de carga encamino sus pasos hacia el puente para pedir la autorización del Capitán, para permitir embarcar a las mujeres, que mientras esperaban en los cayucos, pedían unos cabos para dejar amarrados los cayucos ya que daban por supuesto que no tardarían en subir a bordo con sus cestos de frutas y pescado, alguna langosta y algún cangrejo de patas azules que nunca había visto antes, pero que eran ya conocidos y apreciados por los marineros.

El Viejo, habiendo intuido el motivo de su presencia, se adelantó a la solicitud del contramaestre diciéndole a Tony cuando vio entrar a Segundo Dios que le autorizara el embarque de las cuatro “marías” que esperaban en los cayucos ya firmes con un cabo a una cornamusa de cubierta.

Tony no tuvo más que confirmar con un gesto de su mano, con el pulgar hacia arriba que podían subir a bordo, advirtiéndole que siempre estuvieran vigiladas en sus movimientos mientras estuvieran a bordo, ya que estas mujeres como en viajes anteriores, tenían una querencia inusual hacia las cosas menudas, como herramientas o cualquier menudencia que les llamara su atención, Segundo Dios se despidió dando las buenas noches a todos los presentes y bajó hacia cubierta para confirmar la autorización a los marineros que estaban en el portalón preparados para montar la escala de gato.

No tardaron más de cinco minutos en montar la escala, mucho menos tardaron ellas en gabear por la escala, y presentarse a bordo con sus maltrechas cestas con sus mercancías, que poco interés tenían para los marineros en adquirirlas y que mucho más interés tenían ellas en venderlas, tan solo el cocinero se acercó hasta la cubierta para echar un vistazo, y arreglar el precio de compra, seguramente satisfactorio para ambas partes.

El grupo de mujeres y marineros se perdieron en dirección al castillo de popa, en donde estaba la habilitación de marineros y maestranza, junto con los oficiales de máquinas. Desde el alerón, allí estábamos los oficiales y Capitán sin perder de vista los aspavientos que hacían en sus conversaciones entre las marías y los marineros que las habían recibido, al mismo tiempo y a la vista de lo que estaba sucediendo, entre otras apreciaciones, se comentaban los físicos de las mujeres que mostraban sus formas debajo de unas miserables y descuidadas camisetas que poco jabón habían conocido así como de unos pantaloncitos cortos y faldas menudas de la misma calidad y condición, que invitaban a unos comentarios de los que era imposible abstraerse, ya en relación al deplorable estado de sus ropas como de las femeninas formas de sus cuerpos.

Tony que era ya veterano en estos viajes, lo primero que dijo fue que eran “hausas” por lo menudos y pequeños que eran sus cuerpos, y las marcas tribales de incisiones de sus caras, que distinguía cuando miraban hacia el puente, para con vivos gestos de sus manos les daban las gracias al Capitán por permitirles subir a bordo.

Cuando desaparecieron en la habilitación del castillo de popa, las conversaciones del alerón continuaron sin dejar de hacer comentarios sobre lo que pasaría en popa, tal como había sucedido en viajes anteriores. El viejo con resignación solo esperaba que no hubiera problemas de convivencia mientras que las mujeres permanecieran a bordo.

Durante todo el viaje y desde la salida de Las Palmas, el calderetero, se había cuidado muy mucho de guardar y estibar en cubierta los bidones de aceite que se habían consumido durante el viaje o que se habían trasegado a los tanques de almacén, con su intención de venderlos o cambiarlos en este puerto o en cualquier otro de los puertos de estas aguas en donde sin duda en el regreso entraríamos para completar las bodegas para no hacer el viaje en lastre.

El hecho es que allí estaban en la cubierta de carga amarrados a los cáncamos de las brazolas de las tapas de escotilla, ordenados y bien estibados con sus trincas reforzadas para que la mar no se los llevara durante la navegación, si el tiempo fuera cativo, En la primera noche, aún con la guardia reforzada, mientras la tripulación permanecía entretenida con las marías y sus trueques, un cayuco con un solo hombre, se acercó al costado por estribor y con la facilidad de un verdadero atleta, el hombre de edad madura, musculado y delgado como un mimbre saltó a bordo y en un instante cortó las trincas de los bidones de aceite y los comenzó a arrojar al rio, sin dar tiempo a reaccionar a los marineros del refuerzo de guardia, el tifón del Blue Sea sonó solo para alertar a los tripulantes que ni tiempo tuvieron de parar y ahuyentar al atlético negrito, que ya estaba a bordo de su cayuco y gritando al buque y a sus tripulantes que con toda la voz que daban sus pulmones, decía o más bien gritaba, - “el rio es mío, el rio es mío”, como si tuviera todo el derecho del mundo a subir a bordo y robarle al calderetero sus bidones, como pago por usar su rio para comerciar. De rodillas en la caja de su cayuco, poco a poco fue recogiendo cada uno de los bidones que flotaban desperdigados y arrastrados por la corriente, alejándose del buque y perdiéndose en la oscuridad de la noche.

A bordo la indignación del calderetero al enterarse del robo de sus bidones, sus maldiciones se convertían en reproches hacia los marineros de guardia por no estar atentos a sus obligaciones y que le había fastidiado un posible negocio que repartiría con el primer oficial de máquinas con quien estaba compinchado en estos “bisnes” fuera de toda legalidad.

Poco a poco, la tertulia en el alerón fue perdiendo su interés, además los mosquitos que atraídos por la luz de las lámparas exteriores del alerón ya empezaban a incordiar, lo que animó a los oficiales a ir bajando hacia sus camarotes para al menos descansar y poder garantizar la seguridad y vigilancia de las guardias siguientes, que todavía no sabíamos cuántas serían, ya que el Agente no había confirmado el día del atraque en el muelle comercial de Port Harcourt.

 

(*) Brackish wáter – agua salobre, densidad media entre agua dulce y agua salada.