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BLUE SEA REGISTRO LIMASSOL

CAPITULO XII

 

 

El atraque estaba prácticamente ocupado en toda su  longitud por otros buques, la mayoría como nosotros, haciendo bunker y aguada, quizás alguno tuviera el mismo destino que nosotros, el tráfico hacia la África ecuatorial era común en esta época, lo que hacía del muelle largo y estrecho, un hervidero de gente de todo tipo, que vivían del movimiento de buques y sus cargamentos, tampoco faltaban pesqueros factoría coreanos  en donde se avituallaban y algunos hasta hacían pequeñas reparaciones evitando entrar en los astilleros de ASTICAN en donde los carros de varada siempre estaban ocupados, al menos eso son los recuerdos que tenía de mis entradas anteriores.

Las operaciones de bunker que requerían la atención del Jefe de Máquinas, controlando los contadores del servicio de bunker y comprobando a bordo si las cantidades eran las que se habían contratado con las que marcaba el contador, luego había que sondar los tanques almacén, para hacer una liquidación definitiva a pesar de que las cantidades embarcadas siempre eran las del contador del equipo del suministrador, por lo que los cálculos de abordo no tenían más valor que el de la referencia del bunker embarcado, si las diferencias eran apreciables, había que presentar al suministrador del bunker la correspondiente carta de protesta para poder defender las diferencias encontradas, una situación bastante frecuente en este tipo de operaciones.

Una vez atracados, las cubiertas de maniobra claras de cabos y alambres de remolque colgando sus gazas el metro reglamentario por encima del agua. Con las prisas que da el poco tiempo de previsión en el atraque, había que espabilarse para asearse, al menos decentemente como para disimular que éramos unos embarcados, como dicen los terrícolas, mientras y ya con la plancha sobre el muelle, dio paso al barullo de la gente que tenía sus intereses a bordo, aguadores, operarios del servicio de bunker, provisionistas y algún que otro cambullonero buscando desde bidones vacíos hasta restos de estachas y cabos rozados que aprovechaban para sus trapicheos.

Llego el momento de saltar a tierra, la lista de compras ya estaba en el bolsillo, había que aprovechar el tiempo para darle al primer oficial su tiempo para sus compras, y así toda la tripulación, primero salía la tripulación libre de guardia y luego el resto, en las seis u ocho horas previstas en el atraque había que repartirse el tiempo para que saliéramos todos a viaje debidamente pertrechados para los dos meses previstos en que estaba programado el regreso, contando con el tiempo de carga en el viaje de regreso que normalmente se hacía con trozas de madera que se cargaban en diferentes puertos de la costa ecuatorial africana.

En estas iniciales singladuras después del embarque en Pernis, algo de mi tiempo lo había invertido en el trato con la tripulación al menos superficialmente, lo que me permitía tener una somera idea de sus carácteres, para saber cómo debería interactuar con ellos y siempre guardando las distancias propias que requiere la vida a bordo, no todos pensaban como yo, lo que justificaba como que posiblemente no hubieran tenido unos maestros como los que antes había tenido y que me enseñaron el valor del respeto y el valor del mando con todos sus inconvenientes en el trato con la tripulación,  lo que me obligaba a mantener un cordial alejamiento, al mismo tiempo que profesarles el mismo respeto con cada uno de ellos, tanto en el trato, como en el mando; un equilibrio difícil de mantener y mucho más de conservar.

A pesar de lo grandes que son los puertos y sus arrabales, no faltan ocasiones en que inevitablemente se producen encuentros entre los tripulantes en lugares insospechados, quizás las necesidades o predisposiciones del marino son muy parecidas u obedecen a instintos contagiosos que todos los marinos tenemos, lo cierto es que era frecuente coincidir en cualquier bar, cafetería o comercio con cualquier otro tripulante del buque, un espacio en donde las obligaciones y devociones son diferentes de las que se viven a bordo, lo que implica adaptar los comportamientos a esta circunstancia, que sin duda tienen que ser diferentes. Estos eventuales encuentros más allá de la cubierta del buque propiciaban situaciones en que irremisiblemente te juzgan desde otra perspectiva, teniendo presente que con mi comportamiento no se les podía defraudar, sabiendo que la memoria es el cofre que guarda las emociones, reticencias, recelos y suspicacias para dejarlas escapar en los momentos más críticos o estresantes, con consecuencias a veces imprevisibles.

Un corto tramo de paseo por los muelles, que todavía conservaba el firme adoquinado, que en su día sirvieron de lastre en los últimos y casi olvidados pailebotes y otros buques de vela que algún día se vieron atracados en estos muelles, un corto paseo que nos acercaba hasta el Parque de Santa Catalina, una emblemática plaza en el centro de las Palmas ciudad, abierta en su fachada hacia el Puerto de la Luz. Entre frondosos magnolios, sicomoros, palmeras y plátanos de indias, unos bancos aliviaban el cansancio de los paseantes y transeúntes que al mismo tiempo disfrutaban del variopinto paisaje humano que se movía por el parque, en donde las partidas de ajedrez entre ociosos parados y jubilados entretenían a transeúntes, viejos y no tan viejos formando corrillos a su alrededor, unos espectadores, de esos a los que se les exige el silencio y el mutismo en sus expresiones, esos que callan y dan tabaco, algo difícil de conseguir. No era extraño que en el barullo de tanta gente que pasaba la fresca entre vasos de agua con whisky y cerveza, especialmente en las horas finales del día.

Ocasionalmente pudiera ser que te sorprendiera alguna de las sonoras e inquietantes redadas y cargas de los recordados y activos “grises” de las fuerzas de seguridad del Estado, que con el argumento de sus porras alejaban a los perseguidos y estigmatizados sarasas que reivindicaban el parque como el lugar de sus encuentros, con el beneplácito de la ciudadanía que ya lo habían aceptado como un recurso turístico más para beneficio de la ciudad, o te asombrabas con la presencia de Lolita Pluma y sus gatos ronroneando a su alrededor, con sus exagerados maquillajes que rebosaban las líneas y perfiles que dan armonía al rostro, un personaje entrañable para los canariones y que vagamente recordaba de mis tiempos de agregado, cuando nuestro destino eran las compras en los “indios”, un rostro que guardaba los insondables misterios de amores y desengaños entre los surcos más que arrugas del rostro y bajo los pronunciados escotes de sus floreados y vistosos vestidos de fina tela. Mientras tanto los palmeros que disfrutaban del frescor de las sombras de los frondosos magnolios y plátanos de indias en los días de calor que eran casi todos, dejaban correr el tiempo.

La actividad de los comercios de los “Indios” que abundaban desparramados  por toda la Isleta, no tenían descanso, con sus clientes de paso, cargando con sus bolsas y paquetes de papel de estraza o sus bolsas de plástico con tabaco y otros artículos, daban al puerto de Las Palmas la categoría de lugar idóneo para las compras de los artículos tan deseados por los peninsulares, radiotransistores y relojes japoneses, sedas de la India y Paquistán al corte o al kilo, así como pañuelos de Cachemir tan solicitados por las jóvenes peninsulares y las no tan jóvenes a unos precios sospechosamente baratos que no garantizaban la calidad de los artículos, tampoco faltaban los cordones de perlas y perlas de rio que contentaban a las mujeres que las recibían.

 Dejando atrás el parque de Santa Catalina se nos abría a la vista la concurrida playa de Las Canteras franqueada por su peatonal paseo, con sus cafeterías y terrazas en donde se hacían notar los turistas en mayor medida alemanes y británicos, buscando el sol y el calor que sus latitudes no les proporcionaban, tampoco faltaban los tripulantes de los buques amarrados en el puerto comercial, entre otros los rusos de las flotas pesqueras y buques factoría que faenaban por estas costas del banco Canario Sahariano.

Enseguida terminé de hacer mis compras, con ellas ya me sentía más seguro y convencido de que la provisión de hebras de aromático tabaco de pipa sería suficiente para el viaje, también me compré un radiocasete National Panasonic, pequeño para acompañar las largas noches de guardia en el puente de navegación, como teníamos todos o casi todos los marinos en aquellos tiempos, acompañado con unas cintas de casette vírgenes, para grabar música de la radio, tampoco faltaba el bálsamo del tigre, dos botes pensando que serían suficientes, así habiendo cumplido con un voluntario requisito para sentirme un poco más seguro, puse rumbo de nuevo al muelle intentando distinguir sobre los tejados de los tinglados, entre los muchos palos visibles, los penoles de los pórticos de los puntales de bodega del Blue Sea.

En el camino de regreso a bordo, ya enfilando el muelle de León y Castillo, cargado con mi bolsa de quincalla y tabaco, iba pensando que siempre quedaba algo por comprar. Me cruce con algunos de los tripulantes que tomaban la dirección de los indios, para reponer y abastecerse para suplir sus necesidades para el viaje antes de salir a la mar.

Cuando llegue a bordo la aguada ya había finalizado, el peak de popa había rebosado junto con otros dos tanques laterales situados en popa a ambas bandas del servomotor en total eran unos 400 metros cúbicos de agua dulce, para el servicio de cocina y tripulación, aproximadamente cincuenta días de autonomía, que se podían ampliar dependiendo de las perspectivas de atraque y viaje. En la previsión de una nueva aguada, el viejo no quería hacerla en ninguno de los puertos del continente africano, lo que implicaba tener que racionarla cuando la lógica lo aconsejara, contando con la previsión de volver a Las Palmas en el viaje de regreso, para completar consumos de IFO, Gas Oíl y aceites además de otras provisiones.

La provisión de boca todavía la estaban embarcando por la plancha en donde todos los tripulantes de guardia echaban una mano en su embarque, camarero y marmitón con la provisión de boca, material de máquinas por el caldereta y engrasadores y pinturas y pertrechos de cubierta por los marineros y mozo de cubierta.

Entre otras ocupaciones en el despacho del Capitán todavía se encontraban a bordo dos inspectores del Germanischer Lloyd con los nuevos certificados del buque, ya que con el cambio de bandera, había sido necesario rehacer  los certificados  con el registro del cambio al nuevo pabellón, documentos que no se recibieron a tiempo al zarpar en Pernis, teniendo al mismo tiempo que renovar los que estaban próximos a su caducidad, para no tener problemas de certificación en los puertos africanos a donde se había despachado el Blue Sea, ya que cualquier anomalía con estos importantes documentos, que en su conjunto acreditan la idoneidad del buque para navegar y mover cargamentos, supondría sin duda un gran inconveniente para el buque y su Capitán, además de la intranquilidad en el éxito del viaje se añadirían otros problemas de despacho, con multas o incluso retenciones, teniendo en cuenta que en estos países cualquier alegalidad implica una serie de complicaciones realmente serias en donde las multas y otros gravámenes se aplican con más contundencia, que las hacen realmente ejemplarizantes.

Las pocas horas en el atraque del puerto de Las Palmas sirvieron para que los tripulantes establecieran sus últimos contactos con sus familias. La centralita de teléfonos de la calle Luis Morote, era en donde los marinos desgranaban sus últimas palabras con sus familias con toda clase de deseos y esperanzas, era también el último ritual que apaciguaba el ánimo antes de embarcarse hacia el incierto e inquietante viaje por unos mares muy diferentes, con sus calores y lluvias tropicales y unas gentes con sus costumbres y formas de vida programadas de una manera muy diferente a como nos veíamos los europeos.

Una hora antes de dar por concluidas las operaciones, ya con el espejo de popa luciendo con grandes letras blancas su matrícula de Limassol, la documentación a bordo, la provisión de boca y pertrechos, arranchados en sus pañoles y el buque haciendo las ultimas comprobaciones, el Viejo me manda confirmar a los Prácticos de puerto que en una hora, estaríamos preparados para zarpar, una llamada desde el puente de gobierno con el equipo VHF, CH16 fue rápidamente confirmada por los Prácticos, anunciando que embarcaría por la mar, en una hora estaría al costado.

El tiempo de estancia en Las Palmas estaba ya prácticamente concluido, eran los momentos de silencio y retrospección en que en la espera de largar el último cabo, pasan por la cabeza toda clase de elucubraciones, sobre todo si este es el primer viaje hacía esos inquietantes puertos en donde todo es completamente nuevo y desconocido, a pesar de las advertencias de los veteranos que ya han realizado este tipo de viajes y que ya no tienen las inseguridades propias de una primera vez, en donde ya saben más o menos a lo que se enfrentan, y que tú no tienes más remedio que descubrir por ti mismo, ninguna recomendación es válida si no la has vivido antes, con esas inseguridades y al mismo tiempo con unas expectativas bastante atractivas, al menos para mí, pensando que sí o sí tendría que afrontar esta nueva etapa sobre un candray que me seguía pareciendo muy atractivo y marinero.