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SANGRE Y DESESPERACIÓN

Sangre y desesperación 

 CAPITULO XVII

Un rosario de burbujas de aire de la respiración del cachalote surgieron de la profundidad a unas cuatro brazas por la proa de la ballenera del arponero Choupon, era la señal de la inminente aparición de la enorme cabeza del cachalote, tan inminente que en su aparición apenas le dio tiempo a reaccionar, unos segundos pasaron desde que lanzó el arpón al costado del cuerpo del animal, en la emersión de tan gran animal, las olas que se formaron hicieron balancear las balleneras de tal manera que por encima de la borda llegó a embarcar una mezcla de agua y sangre que cuanto antes habría que pensar en reachicar. Paiño desde su ballenera con sus pies compensando los balances que zarandeaban su equilibrio, logró lanzar su arpón, clavándolo en lo alto del lomo, muy cerca del espiráculo, solo faltaba yo por lanzar mi arpón, me iba a estrenar con el arpón que me había entregado Chincho, a quien había recordado cuando lo tuve en mis manos

Desequilibrado por tanto balance, como pude lancé mi arpón, no estaba la ballenera a más de tres brazas de la negra pared de carne del cachalote, mientras la sangre que manaba por los dos arponazos anteriores, empezaba a enrojecer las revueltas aguas en donde nos movíamos, el bramido tan cerca del animal y los espautos con la sangre y el moco que nos caía encima, hacían más dramática la situación, el miedo ya no sabíamos lo que era, la excitación por la cercanía del animal y todo el caos en el que nos encontrábamos, no nos dejaban pensar en nada más que en salir lo antes posible del caos de esta situación tan peligrosa, en la que nos habíamos conscientemente metido.

Fue el primer lanzamiento tirado con todas mis fuerzas, un arponazo un poco trasero, todo fue muy rápido, entre la excitación del lance y la dificultad por mantenerme de pie sobre el castillo de la proa, posiblemente se habría adentrado entre las costillas del animal, lo que le haría mucho daño.

Los tres arpones quedaron clavados en el lomo del cetáceo, los bufidos del segundo arponazo revolvieron a tan descomunal animal sobre las aguas, mientras se mantuvo en la superficie, dos de los remeros de las otras balleneras lograron clavar sus sangraderas, quedando enterradas en sus carnes.

A partir de estos momentos, al peligro y a la incertidumbre ya les habíamos invocado.

Pronto se empezó a teñir de sangre la mar alrededor de las tres balleneras, que entre tantos balances ocasionalmente embarcaba por encima de las bordas. Pinto enseguida dio orden de lascar los cabos de los arpones hasta igualarlos en longitud, no quería que cualquiera de los cabos firmes en los arpones hiciera zozobrar a alguna de las balleneras cuando el animal se engolfara. En la excitación de la pelea, mientras los cabos arponeros aún estaban en banda, se pasaron las vueltas  sobre el bitón de retenida, esperando el momento del primer tirón, que sería el más poderoso y potente en la desesperación de su primer dolor. En la espera, aguardábamos preparados y atentos a las ordenes de Pinto para hacer firme o lascar el cabo arponero para cansar y darle tiempo a desangrarse a tan enorme animal, si en su instinto de defenderse no se revolvía hacia sus profanadores, que era lo que más temía nuestro patrón.

En los lanzamientos de los arpones entre tantos balances, el agua que había embarcado en las balleneras, todavía no era alarmante, Pinto mandó esperar para no  reachicar todavía, con el agua a bordo, el peso de las embarcaciones sería un poco mayor, lo que suponía un esfuerzo y un cansancio más rápido para el animal, ya daría cuando fuera necesario la orden de reachicar el agua ensangrentada que corría por la sobrequilla. Había que aprovechar todas las armas posibles para doblegar la voluntad de supervivencia del cachalote, cuanto más tiempo pasara amarrado con nuestros cabos, más seguros estábamos de que la caza acabaría con éxito. Un segundo engolfamiento había comenzado, mientras tanto la oscuridad del crepúsculo ya se adivinaba por levante.

Los cabos de los arpones que habían quedado en banda, se veían como se sumergían poco a poco, le estaban anunciando a Pinto que el engolfamiento del animal todavía no había llegado hasta esa profundidad en que la oscuridad es absoluta, que por la cantidad de cabo que habían largado, le daba una idea de la profundidad a la que había llegado, pronto el cachalote tomaría el camino del retorno a la superficie para tomar aire, la sangre que inicialmente había soltado a los primeros arponazos, habían quedado por la popa, otra señal que le indicaba la distancia que hasta el momento el cachalote nos había arrastrado en su huida hacia el fondo. Eran momentos de angustia en la espera de ver aparecer de nuevo el regreso del tan grande zifio a la superficie.

Mientras tanto, las sangraderas estaban preparadas para ser lanzadas en cuanto volviera a aparecer el negro costado del cachalote, la lucha no había hecho más que empezar.

El cachalote ya estaba firme con los cabos arponeros, todavía estaba muy vivo y excitado lo que suponía un gran peligro para las balleneras, había que permanecer alerta para tomar todas las precauciones.

El viento del noroeste todavía  se aguantaba flojo, el agua que embarcaban las balleneras en cada corrida, arrastradas por el cachalote ya cubría los enjaretados, había que pensar en achicarla si queríamos conservar la flotabilidad. Era mientras duraba la engolfada cuando los remeros se dedicaban al achique de las aguas y sangre embarcada, que interrumpían cuando Pinto advertía de la nueva presencia del cachalote, había que usar todas las manos para clavar sus jabalinas, viendo que en cada nueva  aparición el animal mostraba más claramente su agotamiento.

Entre las esperas de cada emersión, la noche nos fue engullendo mientras la pelea continuaba entre la oscuridad y la excitación, el frio y la humedad de las ropas mojadas, no había ni sueño ni hambre ni sed que nos incordiara. Mientras esperábamos la claridad del amanecer el cachalote nos empujaba hacia aguas norteñas, el perfil de la costa se había perdido en el horizonte, hacía tiempo que se habían perdido de vista las luces de las hogueras que situaban la costa en el horizonte. Una preocupación más que a Pinto no le suponía ninguna contrariedad, sabía como orientarse para alcanzar de nuevo la costa.

Con el amanecer, los ánimos de los remeros y arponeros se vinieron arriba al advertir que en las emersiones el cachalote ya empezaba a mostrar señales de agotamiento cada vez que volvía a subir para tomar aire,  al menos eso parecía al ver tan de cerca al animal.

Pinto mandó a Paiño que se calzara las botas de clavos para subirse a los lomos del cachalote para clavarle una de las jabalinas en lo alto de su cabeza para asegurarse de la muerte del zifio.

El cachalote en su agotamiento ya había desistido de volver a engolfarse, necesitaba respirar, sus bufidos todavía resonaban en el silencio de la mar abierta, la sangre escurría por el lomo y de sus opérculos ya sin fuerza, el espauto era prácticamente de sangre y moco que le resbalaba por ambos lados de su cabeza, en sus ojos todavía se podía sentir una mirada de sorpresa, como si no entendiera lo que le estaba sucediendo.

Pinto sabía que había vencido, cuando observo la mirada del zifio tan cerca que pudo acariciar la áspera piel cachalote, una caricia de compasión con esta enorme criatura que el destino le había puesto en su camino.

Amarrado con una guia firme a la cintura y el chicote en uno de los cáncamos de la ballenera, Paiño calzado con sus clavos saltó a los lomos del cachalote, ayudado por el cabo de su arpón que permanecía fuertemente clavado, con mucho esfuerzo y más pericia que valor consiguió colocarse en pie sobre el lomo del animal, los pies con sus clavos le permitían conservar el equilibrio suficiente como para hundir su jabalina en lo alto de su cabeza, un poco atrás del opérculo, no era más que el descabello de tan gran animal, se oyó su ultimo bramido, que ya no era tan atronador como cuando sono al primer arponazo.

Ya era media tarde del Domingo de Pascua, habíamos vencido al animal, ahora había que embridarle las mandíbulas para evitar que el agua lo inundara y se fuera al fondo. Mientras los remeros desclavaban del lomo las sangraderas que se le habían lanzado en la pelea, dos remeros ayudando a Paiño que todavía estaba sobre el lomo, le ayudaron con los cabos para pasar la coca del cabo por la cabeza del zifio para después de azocarlo, mantener cerrada la enorme boca y conseguir que no se inundara.

No tardaron en cerrarle las mandíbulas, ahora quedaba preparar los cabos para remolcar hasta puerto tan enorme animal. La cola fue el punto de amarre, cada ballenera con su cabo y los tres igualados serían los que remolcarían el cachalote hasta alcanzar la rampa del puerto de Caión.

Ya empezaba a anochecer cuando el remolque empezó a tirar del animal, las paladas iniciales en su esfuerzo doblaban las cañas de los remos como si la palanca no pudiera con tanto peso, una vez que se empezó a mover el cuerpo del cetáceo con el acompasado ritmo de la boga, las cañas de los remos recobraban todo su poder. Con el sol por la popa, envuelto entre nubes rojas, ya había empezado a esconderse, los espaderos controlaban la dirección de sus proas, lo que les garantizaba que estaban navegando hacia el Este, allí en esa dirección era donde se encontraba la tierra, lo que Pinto no sabía todavía, era a qué distancia estaba y en que parte de la costa se encontraría.

Fueron las primeras horas del remolque las más duras por el esfuerzo y la intranquilidad que nos producía la incipiente oscuridad de la noche, el horizonte invisible no servía de referencia para hacerse mover con acierto. En la mente de Pinto solo había una prioridad, aunque la costa no estaba visible, gobernó las proas de las balleneras hasta el amanecer, imaginando un horizonte por donde la oscuridad empezaba a comerse la menguante claridad en el crepúsculo. Mientras conservaba la esperanza de que alguna de las luces de tierra en la oscuridad de la noche le confirmara que no se había equivocado, solo había que seguir bogando sin descanso, ahora después de haber reachicado toda el agua ensangrentada que había embarcado en la pelea no le importaba que los hombres a cada palada lanzaran sus maldiciones para ayudarse y animarse en tan duro bogar.

Aunque Pinto carecía de formación náutica, la experiencia de tantos años en la mar le habían enseñado que en el cielo había un lucero que siempre marcaba el Norte, solo era una dirección, lo suficiente para saber que manteniendo el costado de babor de las txalupas encarados con este lucero, encontraría el camino que le conduciría a él y a sus hombres para llevar al cachalote a puerto.