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CARNESTOLENDAS

CARNESTOLENDAS

 

CAPITULO XV 

El invierno ya empezaba a dulcificar sus maldades e inconvenientes, así y a todo, las humedades del amanecer todavía necesitaban del calor de las brasas de cocinas y lareiras para atemperar las cabañas y los cuerpos destemplados en estas primeras horas. Las nieblas que empujaba la mar del noroeste, que en los amaneceres subían por las empinadas laderas de estas costas, escondiendo entre brumas al todavía dormido puerto de Caión en su nivel de la mar, mantenían la humedad en las plantas de balcones y parterres de las cabañas hasta que el calor del sol del mediodía las disipaba, una acertada y natural combinación que mantenía el soberbio verdor de los casi verticales perfiles de la costa. 

Acompañando a las nieblas el olor de la atlántica maresía que apenas camuflaban los hedores que los desperdicios de las ballenas y algas descompuestas que arrastraban las resacas sobre los arenales, confirmaban el carácter ballenero y marinero de Caión, la villa marinera y ballenera más importante desde Finisterre hasta Prior.

Estos tiempos pre primaverales hacían que las gentes de la villa en sus desgracias y penurias se tomaran sus obligaciones con más animo pensando que al día siguiente el sol les regalaría con más tiempo de luz y más calor, lo que les haría llevar mejor sus duros trabajos, aunque la mejora del tiempo anunciara el fin de la temporada de la caza de ballenas, cabrotes y cachalotes, que abandonaban estas aguas en sus migraciones hacia las aguas más frías de los mares de Noruega e Islandia.

En la cabaña de Socorro, el tiempo del luto todavía estaba presente, los cuadros vueltos, los lazos negros en velas y lantías, así lo hacían notar, la perspectiva era que al menos en los próximos dos años se mantendría este luto riguroso que más tarde daría paso al luto de alivio, como era lo establecido por las viejas costumbres, con la que la gente mayor era intransigente, no obstante Socorro y Milagros ya habían cambiado los visillos negros de las ventanas por otros blancos y transparentes que en el día permitían pasar la luz de fuera a dentro y en la noche las lantías encendidas en el interior, iluminaban tenuemente la oscuridad del exterior de la cabaña, un respetado luto que limitaba mis encuentros con Socorro a quien Milagros todavía no dejaba sola en su aflicción.

 A pesar del luto que apenaba a Socorro, en los atardeceres cuando regresaban los bateles de los pescadores a la rampa de Caión con su pesca fresca, no faltaban a esta obligada cita en donde se repartían los lotes que  las mujeres al amanecer del día siguiente se disponían a llevar a los pueblos cercanos para su trueque y venta. Socorro y Milagros junto con otras mujeres con sus cestas y patelas repletas de carne de ballena y pescado se echaban a los caminos, como si quisieran aparentar que nada había cambiado.

Todavía la campana del atalayero nos sorprendía con sus cadentes tañidos anunciando los avistamientos de los espautos de los cetáceos que en sus migraciones se aproximaban a la costa. Como siempre y sin perder tiempo las txalupas se enmaraban desde el arenal de la Salseira con sus arpones, sangraderas y jabalinas bien afiladas y unos hombres dispuestos a matar y a morir.

La casa de hornos mantenía su actividad sin interrupción, hasta el punto que las ballenas tenían que esperar en la rampa su turno para su desguace, lo que avivaba los enjambres de moscas y tábanos que incordiaban sin misericordia a humanos y bestias. Los toneles del saín se iban estibando en el interior, cerca de las puertas de la casa de hornos en donde esperaban su traslado en carretas hacia su embarque en el patache San Francisco, en El Temple, además de las barbas y pieles desbastadas por las vacaturas y leznas dejándolas limpias de cualquier resto de grasa o carnadura. Los calderos en donde se cocían los tocinos cada vez que se vaciaban, los restos sólidos que llamaban escoria, se recogían para aprovechar al máximo su uso, que utilizaban para impermeabilizar las ropas y capotes para protegerse de las lluvias, que en invierno prácticamente comenzaban en San Ramón y finalizaban en el San Ramón del año siguiente, como me decía el prior del convento, los huesos una vez secos y descarados tenían tantos usos como necesidades tenían los marineros, desde levantar cabañas hasta marcar los límites de propiedades, adornar muebles o cualquier otra necesidad, los marineros de Caión eran expertos talladores de los dientes de cachalote que trabajaban con verdadera maestría reproduciendo tallas de vírgenes o santos que se vendían en ferias y otros pueblos, además de hacer con ellas mangos para navajas y cuchillos, que eran las aspiraciones de cualquier marinero, tener una navaja con sus mangos con el marfil del diente de un cachalote debidamente tallado con sus devociones.

Cada día que pasaba, parecía como que las ballenas frecuentaban con menor intensidad su paso por estas aguas, lo que incomodaba a los vizcaínos y guipuzcoanos, por el contrario sucedía con los hombres de Caión que no les preocupaba tanto, ya que siempre estarían listos para enmararse, y mejor era que no estuvieran los arrantzales vascos, así la competencia no existiría y por tanto todo el beneficio sería para ellos y sus familias. Tendrían que respetar las ballenadas para los monasterios ya que las ballenas que se avistaban desde las atalayas, seguían siendo propiedad del Rey.

En este año de 1569 las carnestolendas caían a mediados del mes de febrero, la fecha limite en donde se daba por finalizada la marea de la ballena que por contrato les obligaba a guipuzcoanos y vizcaínos a dejar la caza, tendrían tres días para arranchar todas sus pertenecías y dejar la casa de hornos o de ballenas despejada de todos sus equipos, para embarcarlos de nuevo en el patache San Francisco que los devolvería de nuevo a sus hogares.

Pinto desde su perspectiva, estaba deseando que llegara este día para verse libre de la competencia de los cazadores vizcaínos, era cuando rearmaba sus tres balleneras para moverse a su manera, que con su pericia que era envidiada por los arrantzales, trataría  de aumentar con ello los beneficios, solo a partir de esta fecha, que ya  había sido confirmada por el prior Agustino, contando los cuarenta días antes al domingo de Pascua.

El primer Domingo siguiente al  primer plenilunio después del comienzo de la primavera, marcaba la Pascua, eran cuarenta días desde las carnestolendas, como decía el prior, cuarenta días, como cuarenta habían sido los años que estuvieron vagando los judíos por el desierto a su salida de Egipto, antes de llegar a la Tierra Prometida, como cuarenta días fueron los días del Diluvio, como cuarenta habían sido los días del retiro de Jesús al desierto, como también fueron cuarenta días los que señalo Jonás para la destrucción de Babilonia, por eso tenían que ser cuarenta los días de Cuaresma antes de la Pascua, un tiempo de privaciones y ayuno corporal, que en esta villa era lo habitual sin necesidad de que la Cuaresma lo impusiera.