Un saludo,

LA FURIA DEL ZIFIO

CAPITULO XI

 

Desde que se había engolfado el animal herido, el tiempo parecía dormido, ya tardaba mucho en volver a emerger, había dejado de tirar del cabo que en su ojo de aguja se mostraba sin trabajar en el caperol. Pinto no tenía dudas, intuía que ya estaba subiendo de la profundidad para coger aire. Entre los remeros había  la duda de si se habría zafado el arpón de dos puntas y cinco cuartas que era el que usaba Paiño, el arponero flaco y menudo, de poco hueso, pero fibroso de brazos y piernas, en quien Pinto tenía toda su confianza, por lo certero y efectivo  que se mostraba en cada enmarada.

La segunda aparición del cetáceo con su soplido o bramido un poco más alejado de la proa, nos devolvió la fe en nuestro arponero, la sonrisa de Pinto fue franca y abierta, desde ese momento su preocupación estaba ahora pendiente de la cara de la ballena que le indicaría la dirección que tomaría el cetáceo para volver a engolfarse para escapar de sus violadores.

La noche ya apenas dejaba ver con claridad la piel oscura de la ballena, mimetizada con el fondo oscuro de la noche, así como la línea del horizonte que la oscuridad escondía, una de las referencias que dan más seguridad al marino.

El instinto de Paiño volvió a sorprender por la rapidez en que lanzó su segundo arpón, clavado un poco más abajo que el primero, más profundo, con la esperanza de que traspasara la piel entre las costillas e hiciera más daño al animal, ahora eran dos cabos los que teníamos que vigilar cuando se volviera a engolfar,  ambos trabajando desde el mismo caperol. La noche sería larga, era el presentimiento que teníamos los hombres de la txalupa de Pinto, aún había que matarla y remolcarla hasta el puerto.

Las txalupas se mantenían unidas por el cabo guia, para que la oscuridad de la noche no les dispersara, así permanecían próximas entre ellas para que les permitiera a los patrones ponerse de acuerdo en cómo se volverían a enfrentar al zifio, como le llamaba Paiño al animal, una vez rendido, cansado de arrastrar a sus verdugos cuando emergiese de la oscuridad de las aguas.

Además de la dificultad que suponía la oscuridad, el frio ya empezaba a atenazar los dedos de las manos, lo que dificultaría los lanzamientos de las sangraderas y jabalinas, lo mismo que ir cobrando o lascando el cabo del arpón, para situarse lo más cerca posible para rematar el animal.

Los vizcaínos habían acordado ser ellos quienes remataran al animal, quizás era el lance más peligroso en la caza, había que subirse al lomo de la ballena y clavar una de las sangraderas en lo alto del lomo un palmo por detrás de los opérculos, sería como el descabello, que dejaría al animal abandonado a su debilidad y con pocas posibilidades de recuperar su fuerza y desesperación.

Las distancias entre las txalupas se controlaban con el cabo guia, amparados bajo la pobre luz de la vela de una pequeña lantía o fanal que el espadero tenía de mano, ayudaban los chascarrillos entre los tripulantes, lo que nos daba más seguridad ante la inminente emersión de la ballena.

Esta vez la ballena emergió entre nuestra pequeña flotilla y tierra, por lo que hubimos de remar todos hacia tierra, hasta que dos de las txalupas vizcaínas, se aproximaron al inerte cuerpo del cetáceo, siempre con el cabo guia empatado al resto de las txalupas, por si hubiera que apartar la embarcación de los furiosos últimos estertores del animal que se manifestaban por los ya débiles chorros que salían de sus opérculos, con más sangre que vapor de agua, que llovían sobre las mojadas ropas y rostros de los vizcaínos, que rematarían al animal.

Más que verla, Pinto adivinó por donde había asomado nuevamente el cuerpo de la ballena, dirigiendo su proa hacia ella,  los vizcaínos que se habían acercado al cuerpo, aparentemente inerme, uno de sus remeros salto rápido sobre el lomo, agarrándose a los cabos de los arpones clavados, logró el arrantzal mantenerse en pie ayudado por unos calzos de hierro con clavos en su parte inferior, que le permitían guardar un poco de estabilidad sobre la ballena, que con su sangradera en mano, clavó más de una braza de su longitud en la parte posterior de opérculo. Fue el último quejido que se pudo oír al zifio, la cola ya se veía caída y sin ningún tipo de movimiento, una vez clavada la lanzadera el hombre se quedó sobre el lomo esperando alguna respuesta que le advirtiera que sí sería necesario volver a clavar otra sangradera. Cuando advirtió que la ballena había sido vencida, otro hombre saltó sobre ella para ayudarle a pasar un cabo por delante de las quijadas, para con un cote (*) mantener cerrada su enorme boca, había que evitar que se llenara de agua, lo que supondría más peso que remolcar o perder la caza, aunque estas ballenas francas, por su gran cantidad de grasa flotaban mejor que los rorcuales que también se cazaban en estas aguas.

  Paiño desde su posición en el castillo de su txalupa mantenía la vigilancia sobre las aguas próximas a la embarcación, la presencia de marrajos atraídos por la sangre y muerte de la ballena, era otro lance que se sumaba a la dificultad de la caza y remolque del cuerpo de la ballena, las jabalinas de los remeros harían su trabajo, tratando de disuadir a los marrajos hiriéndolos cuando acosaran al cuerpo inerme que estábamos remolcando.

Una vez embozada y asegurada la estanqueidad del bicho, los vizcaínos amarraron el chicote del cabo a la cola de la ballena para remolcarla hasta puerto, todavía era noche, la única referencia para acercarse a tierra, eran las lánguidas y trémulas luces que todavía se mantenían encendidas en las aisladas cabañas de la costa.

Ayudaba al remolque el maretón residual que todavía se mantenía del noroeste, era una de las referencias que tenía Pinto para asegurarse que estaba navegando con la proa hacia tierra.

En la noche un convoy de cinco txalupas con sus remeros bogando con ritmo acompasado en boga larga, poco a poco se iban acercando hacia la costa, la txalupa de Pinto permanecía navegando sola en las proximidades del cuerpo de la ballena vigilante de los acosos de los marrajos que reclamaban su parte del botín, al mismo tiempo Pinto dirigía la navegación del convoy hasta el puerto de Caión.

Cuando la luz del amanecer le permitió distinguir los perfiles de la costa y los picos sombríos de la Sierra de la Cova da Serpe que el contraluz del amanecer le dejaban ver, trató de fijar la situación del convoy en el trozo de mar donde se encontraba, contaba que entre la mar, el viento y la derrota de la ballena en su huida y engolfadas, las txalupas se habían alejado del puerto de Caión más de lo que queríamos todos.

Con la ballena ya firme a la última de las txalupas, su tamaño y peso ponía gran resistencia al remolque, no sabía cuántas millas tendrían que remolcar con este tiempo fresco que no ayudaba pero incordiaba. Las fuerzas habría que ahorrarlas para estar preparado para cualquier otro imprevisto o acontecimiento, que como experimentado hombre de mar sabia que de la mar no te puedes fiar.

Con las primeras luces, en el primer vistazo, lo que Pinto identifico como la tierra más próxima fue la punta Langosteira, calculando la distancia hasta el puerto de Caión de unas seis millas, mucha distancia para remar, lo que le obligo a ordenar a cada espaldero de cada una de las txalupas a tener que volver a guarnir las velas para poder alcanzar el puerto en el día.

La mar seguía picada y con viento fresco del noroeste  que abatía al grupo de las seis txalupas y su recién cazada ballena hacia tierra, por lo que Pinto aconsejaba de momento, remolcar la ballena paralelamente a la costa y salvar las rompientes del bajo Pego en donde rompía la mar con el mal tiempo, una vez salvado este obstáculo que se situaba a unas dos millas y media del puerto, sería cuando pusieran proa hacia la punta Insua en la entrada del puerto de Caión.

Cuando la ballena había librado por popa las rompientes, Pinto mandó poner proa hacia la Punta Insua, la mar la corríamos por popa llenando un viento frescachón el trapo de cada una de las txalupas enganchadas al remolque,  aprovechando así la empopada y bajando el ritmo de las paladas, que en ocasiones hacían perder la sincronía al verse cabalgando sobre las crestas de las olas de la mar tendida.

El esfuerzo de los remeros apenas les permitía quejarse, en la euforia del éxito de la captura de la ballena ni hambre ni sed nos atormentaba, un poco de carne seca de cecina de ballena apenas nos reponía y tampoco nos recompensaba de todo el sufrimiento e incomodidades que  supuso la muerte del cetáceo, como ahora su remolque hacia el puerto, en donde con toda seguridad estarían a pie de la rampa, esperándonos para celebrar la nueva captura, los jóvenes y viejos, hombres y mujeres, sin faltar la alegría del gaitero sonando su gaita de fol adornada con farrapos y borlas en el roncón.

Hasta la media tarde, el tiempo que se mantenía del noroeste, comenzó a rolar a tierra, como si quisiera ayudarnos en la llegada a la pequeña rada de Caión, la mar se fue calmando y el viento sin la fuerza del noroeste, hacía que nos empleáramos con más fuerza en la boga, el viento sobre el trapo poco ayudaba, quedaba menos de media legua para entrar en la rada, las rompientes de las piedras del San Martiño ya habían quedado por la popa de la ballena, Pinto y sus tripulantes, con la vista puesta en la ermita situada en lo alto de la Punta Atalaya, en su silencio agradecieron la suerte en el lance a Nuestra Señora de la Estrella que les protegía desde su trono.

Todavía había que salvar los bajos de la entrada en la rada, la Piedra Chan por el norte y Lazes por el sur, teniendo que pasar entre ambas rompientes todo el convoy de las cinco txalupas más el cuerpo de la ballena. Pinto desde su txalupa guiaba al grupo con sus ademanes que todos entendían.

Una vez libre de las rompientes y todo el convoy al abrigo del puerto, la suerte de llegar con la marea entrante, suponía una ventaja para comenzar el desguace dentro de las veinticuatro horas de la muerte del cetáceo, la carne estaría todavía fresca y con la morbidez de la frescura, que permitía un corte más fácil para las mujeres y con este aspecto que da el corte limpio, los precios en su venta serían más provechosos.

La historia se repetía, el gaitero atento a nuestra llegada hacía sonar su gaita situado en el cantil de las piedras de la entrada en la rada, como para darnos la bienvenida o como aviso a las gentes del pueblo que iba a comenzar una nueva orgia de sangre, acompañada de esos olores fuertes, mezcla de maresía y podredumbre que las vísceras de la ballena regalaban al gentío que esperaba en la rampa, también las gaviotas y pardelas celebrarían a su manera con sus estridentes graznidos la disponibilidad de abundante comida para todas ellas.

 

 

 

(*) Cote, o malla, nudo simple cuyo chicote se  salir en la misma dirección que el firme