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LA ENMARADA

CAPITULO X

 

Todo ocurría demasiado deprisa, tampoco podría haber imaginado que en tan poco tiempo me había ganado el aprecio de los frailes del convento, como de su prior y mucho menos que Chincho y su hija Socorro, habiéndome aceptado como a uno de ellos, pensaba que el futuro que me imaginaba, no podía ser malo entre estas gentes, que tampoco mostraban rechazo a mi presencia, quizás curiosidad al principio, tan solo el recelo de algunos de los jóvenes que me veían como un competidor ante los favores y atenciones que me dedicaba Socorro y que no habían pasado inadvertidos, especialmente al prior que con anterioridad ya me lo había vaticinado, solo esperaba que el tiempo le diera la razón y a mí se me aclararán las ideas para darme cuenta del alcance y de las consecuencias de mi trato con Socorro, que podrían torcer la primera voluntad de seguir viaje hacia el prometedor futuro que imaginaba en tierras de Sevilla y Cadiz.

 Mi primera ocupación fue adecentar los arpones y sangraderas que me había prestado Chincho, cepillarlas del oxido que el tiempo en desuso se había anclado en puntas y filos. Con la piedra de amolar del hermano Simón, no fue difícil dejarlas brillantes y en condiciones de poder hacer daño al animal, que era de lo que se trataba. En cuanto pude me acerque a la playa Salseira en donde los vizcaínos se ejercitaban en el lanzamiento del arpón, para equilibrar el peso y adaptarlo a mi forma de lanzarlo, como había aprendido en tierras de Labrador.

El invierno seguía presente en estos días, el persistente viento marino del noroeste, no daba tregua, solo en las primeras horas del día se quedaba, para recuperar su fuerza a medida que el sol iba ganando altura, para volver a amainar al anochecer, aunque a veces cuando la obstinada y pertinaz mar embravecida azotaba estas costas, las   previsiones no seguían estos ciclos que los pescadores de Caión conocían sobradamente y que cuando la mar se lo permitía, aprovechaban para escoger estos momentos del amanecer para salir a faenar.

La casa de ballenas permanecía en plena actividad, la totalidad de los tocinos tardaban alrededor de veinte días en transformarse en el saín, lo que mantenía ocupados a hombres y mujeres, la carne ya había salido hacia los puertos vizcaínos y guipuzcoanos, las barbas ya se habían clasificado y cortado, los huesos se habían llevado a una explanada situada tras la casa de ballenas en donde las gaviotas y pardelas acababan de terminar el trabajo de dejarlos limpios y sin pizca de restos de carne, que en la intemperie, con la lluvia y el calor, acababan quemados por el sol, para con posterioridad poder ser aserrados para su aprovechamiento, para hacer herramientas o incluso para marcar los límites de las menguadas tierras de labor que complementaban con sus legumbres las dietas de pescado y carne.

 Todavía no se habían apagado los ecos de la gaita que habían animado con sus cadenciosas melodías la llegada de la última ballena, cuando el kontramaisua (**) vizcaíno ya estaba impaciente por volver a enmararse con sus txalupas en busca de una nueva ballena, el tiempo de Carnestolendas se estaba acercando y con él, el final de la caza de las ballenas, junto con los muchos beneficios que justificaban sus desplazamientos hasta estas tierras de Caión.

Era Domingo, la actividad en el convento era la propia del día, en donde todo el pueblo se reunía al amparo de los techos de la iglesia conventual para asistir en comunidad a las largas homilías del prior, en donde aprovechaba para además de sus cristianos consejos, comunicar las noticias que sus feligreses debían de saber, así como los sucesos que a su oído habían llegado ya de sus feligreses, como de los pueblos vecinos, era la única conexión que tenían los vecinos de Caión con los pueblos de los alrededores.

Los hombres y mujeres con sus mejores ropas asistían a la ceremonia dominical con la veneración y devoción a sus santas Nuestra Señora de los Milagros y Santa María del Socorro, como protectoras y receptoras de sus ruegos y oraciones, los niños que no formaban parte del coro, ayudaban como monaguillos en la ceremonia,  los adolescentes ya se sentían y comportaban como mayores, que en su bisoñez vivían alejados de la verdadera realidad de las gentes que en su pobreza y conformidad pasaban sus días sin más porvenir que subsistir de lo que la mar les permitía recoger. Los jóvenes que no se los habían llevado las levas para servir al Rey, en su naturaleza  de juventud, estaban más pendientes de otras ocupaciones alejadas de la condena que suponía para ellos la mar, pensando más en escapar de la villa para ganarse la vida mirando hacia tierra adentro y solo regresar para alegrarse con las pocas romerías que les ponían en relación con otras gentes de los alrededores.

El prior en sus homilías, mientras los vizcaínos permanecían en la costera de la ballena, no se olvidaba de manifestar la devoción de los arrantzales por su virgen de Begoña que era quien traía las ballenas a estas costas, además de protegerlos en los lances contra la fuerza descontrolada de la ballena.

A media mañana, el atalayero de la isla Malante de las Sisargas, con sus señales de humo, indicaba el avistamiento sobre la mar del soplido de varias ballenas en su migración hacia las piedras de los Tres Hermanos en Ortegal para adentrarse en el Golfo de Vizcaya, lo que significaba que en poco tiempo pasarían por delante de la Punta Insua, en donde deberíamos estar preparados para el acoso y caza de la ballena o ballenas. Ya no era necesario esperar al tañido  de campana por el avistamiento del atalayero de Punta Atalaya de Caión, las ansias de los cazadores de ballenas de Caión y de los baleehizriak guipuzcoanos no les permitía esperar a estas señales, del tiempo de reacción en estos primeros momentos podía ser determinante en el éxito en la caza del cetáceo, lo primordial ya era enmararse con las txalupas.

Seis txalupas dejaron las arenas de la playa Salseira, en donde habitualmente pernoctaban, tres de ellas las tripulaban los arrantzales guipuzcoanos con seis hombres por cada txalupa y las otras tres por los hombres de Pinto, también con una tripulación de seis hombres por cada ballenera, cuatro remeros, un arponero y un timonel o espadero, que era quien marcaba el ritmo de boga, en su aproximación al cuerpo de la ballena.

En los primeros momentos de la enmarada, había que vencer a las rompientes de las olas en la orilla de la playa, por lo que había que aprovechar al máximo la carrera sobre la arena con la txalupa colgada, aprovechar las primeras olas para embarcarse y ayudar con los remos en boga larga, hasta dejar atrás las rompientes de la orilla, seguidamente y con la mayor premura se tenía que guarnir la vela al tercio, que sería la que nos llevaría hasta la ballena y embarcar los remos, hasta que la vela nos llevara a la cercanía de la ballena, sería cuando los remeros en sus bancadas, nuevamente armarían sus remos, comprobando toletes y estrobos, esperando el momento de la aproximación, momento en que se arriaba la vela para gobernar con la espadaña o pala timonera para acercarse ya en picaboga y sigilosamente hasta el costado de la ballena, siempre por detrás de sus aletas pectorales, para poder sorprender al animal.

Una vez vencida la rompiente mar de la orilla, en esta mi primera enmarada, con el viento y la mar del noroeste, que movía una mar larga, tendida, sobre la que cabalgaba incisiva la esbelta txalupa, con los inevitables cabeceos o arfadas, que le hacían difícil mantener el equilibrio al arponero situado en la proa de la ballenera lo mismo que a los remeros, mientras calzaban el palo en su carlinga y lo aparejaban con estay y obenques para montar en su percha su vela al tercio.

Las seis txalupas formaban una flotilla dividida en dos grupos, los vizcaínos por el lado de afuera y los marineros de Caión por dentro, más cercanos a las rompientes de la costa, a medida que nos íbamos enmarando el arponero sobre el tambucho del castillo, afirmándose sobre el estay buscaba con insistencia el chorro de la ballena, haciendo verdaderos esfuerzos de equilibrio a cada pantocazo de la frágil pero al mismo tiempo robusta txalupa, esta dificultad aumentaba con los salseros y rociones  de agua que embarcaba por las amuradas, que el viento te  estampaba en el rostro y ropas, sensaciones ya olvidadas para mí, que se habían perdido con el paso del tiempo, desde que había dejado los caladeros de Terranova y Labrador, así como los fríos insoportables sufridos en la Red Bay en donde esperábamos el regreso a Pasaia en la nao Santa Engracia, agua y frio con sus sensaciones sobre la cara, que me devolvieron a la realidad, entretanto y sobre la bancada esperábamos que el arponero divisara el chorro delator de la ballena o del grupo de ballenas, al mismo tiempo achicando el agua que embarcaba la mar rizada con achicadores de mano.

Desde las bancadas oteábamos sobre el horizonte en la búsqueda, esperando que el espauto o chorro que viéramos fuera vertical, aunque si fuera a la banda tampoco importaba, era la señal que nos indicaba que era un cachalote lo que habíamos avistado.

Era media tarde, no quedaba mucho tiempo de luz, en invierno el ocaso se adelanta y el crepúsculo es más corto, por lo que en vista de la situación, aumentaban las dificultades para conseguir el premio de tanto esfuerzo, con la previsión que se estaba planteando, teníamos muchas posibilidades de tener que pasar la noche enmarados y con la duda de saber si alguno de los cetáceos avistados por el atalayero de la Sisarga Malante todavía estaba en las cercanías.

Una vez que el chorro surge sobre el horizonte, es cuando el espadero con su instinto y astucia de cazador, calcula el lugar en donde volverá a salir el animal después de la engolfada, hacía allá gobierna la proa de la txalupa haciendo una verdadera cortada, así le siguen las otras txalupas, desde este momento se dejan de oír las voces ininteligibles de los vizcaínos, mientras tanto, en las balleneras de Pinto el silencio se transforma en otra arma decisiva para sorprender a la ballena.

Llegó el momento de estrobar en los toletes los remos en su luchadero y aprovechar el trapo hasta que la astucia del espadero teniendo en cuenta la altura del espauto manda arriar el trapo y abatir el palo sobre cubierta, a partir de este momento la suerte va a decidir el resultado de la empresa.

Pinto sin duda era un buen patrón, cuando su instinto le advirtió de la inminente emersión, mandó arriar la vela y largar las escotas de los puños del trapo, ordenó amollar estay y obenques y tumbar el palo sobre la regala de sotavento, era indispensable dejar lo más clara de obstáculos las bancadas y el bitón de rozadura del cabo del primer arpón, con su balde de agua listo para refrescar el cabo adujado con varias vueltas sobre el bitón, que permitía controlar el rozamiento del cabo o hacerlo firme cuando comenzara la batalla desigual con el sorprendido y asustado leviatán, tirando del cabo como queriendo zafarse de su perseguidor.

Paiño su mejor arponero, situado a proa sobre el castillo de la ballenera, haciendo equilibrios imposibles ya tenía su arpón preparado en posición de lanzamiento, el resto de txalupas muy próximas a la de Pinto, habían quedado cerca, atentos a todo lo que se movía sobre la superficie, había muchas posibilidades de que la ballena que se perseguía no fuera solitaria.

La ballena franca que se caza en estas aguas se mueve en grupo y con crías, que también se arponearían si hubiera una sola oportunidad, cuando esto ocurría, se arponeaba primeramente a la cría lo que aseguraría poder arponear posteriormente a su madre, que permanecerá a su lado en actitud protectora y que los cazadores de ballenas saben de estos comportamientos y que aprovechan inmisericordes en su beneficio.

La fuerza de los remeros sobre el guión del remo, en cada palada mantenían la proa estable en dirección al lugar que Pinto había marcado, a pesar que entre el viento frio invernal, las olas rompiendo contra el casco de tingladillo de la txalupa y la excitación de verse ante la fuerza de un gran animal, no éramos más que unos desgraciados a merced de su furia.

No tardo en aparecer a una distancia de unas cinco brazas por proa de la ballenera el caliente chorro saliendo de los grandes opérculos con un ruido sobrecogedor, fue la señal que obligó a Paiño el arponero a lanzar instintivamente su arpón sobre el lomo todavía a la vista y sin sumergirse, la excitación de los hombres de la txalupa era difícil de definir, entre una mezcla de miedo por la reacción de la ballena ante este primer arponazo, la mar revuelta y el viento que te incordia, ese primer soplido y hasta el profundo quejido que estremece al más atrevido y valeroso arponero, era el momento de largar el cabo del arpón esperando el primer tirón del leviatán herido y que era imposible predecir.

Entre los sonidos de la ballena herida, no sé si bramidos o mugidos y las olas que se formaban por la cercanía con el animal, movían la frágil ballenera con movimientos impredecibles, balances anárquicos, cabeceos producidos por la tensión del cabo del arpón, todo ello hacían difícil controlar la situación, era cuando más expuestos estábamos a la furia de la ballena, furia que descargaba en una huida hacia delante y pronto engolfarse en la profundidad de la mar, hasta que volviera a asomar el lomo herido por el arpón. La sangre ya empezaba a teñir de rojo las cercanías de la txalupa, y la noche metiéndose poco a poco sobre el cielo de levante.

Los vizcaínos al ver que el primer arponazo había sido el de Paiño, no les debió de gustar ya que el que primero lanza es el que adquiere la propiedad de la ballena, salvo que haya habido un trato entre patrones antes de la enmarada, lo que desconocía, pero los gritos y voces extrañas que daban, parecían de descontento, en una maniobra rápida después del arponazo de Paiño, se colocaron en fila por la popa de la ballenera de Pinto para dar los cabos y colocarse en fila para aumentar la resistencia del tiro, cuando la ballena tratara de zafarse del arpón.

Pinto como patrón, empezó a dar órdenes para arranchar las regalas de cubierta, dejar los cabos claros en sus barriles, pasando el cabo del arpón por el caperol de la proa para cuando tesara el cabo, este no barriera la cubierta, al mismo tiempo los cuatro remeros con sus sangraderas, tomaban sus posiciones para lanzarlas sobre el cuerpo del cetáceo, después de las sangraderas serían las jabalinas, lo mismo se hacía en las otras balleneras, en donde a medida que iba pasando el tiempo, la euforia inicial se iba tornando en tranquilidad, los miedos iniciales se iban transformando en  reacciones más racionales, quedando en la espera a que volviera a emerger el cuerpo herido de la ballena.

Pinto y los otros patrones estaban haciendo sus cálculos considerando el tamaño de la ballena, para adivinar el tiempo que tardaría en volver a emerger el cuerpo herido y sangrante, habría que volver a situarse cerca y volver a sangrarla para acelerar su muerte.

La espera era incierta, además la claridad del crepúsculo se escapaba lentamente, la visibilidad iba a complicar la última batalla contra el animal, Pinto desde la popa vigilaba las pobres luces de las cabañas de la costa que le servirían de referencia para regresar al puerto, entre todas ellas ya había identificado la hoguera de la punta Atalaya, que el atalayero tenía que mantener ardiendo mientras que no regresaran a puerto las txalupas que se habían enmarado, era esa luz el cabo guia que nos conduciría hasta el puerto de Caión.

 

(**) Kontramaisua - capataz