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EL ARCO BLANCO

CAPÍTULO XXXII

 

 

El “Arco Blanco”

Recuperada la derrota del viaje, abriendo la mar con rumbos nortes, por popa quedaron las preocupaciones que el corsario Atrevido nos había ocasionado al interceptarnos, los miedos e incertidumbres iniciales enseguida se olvidaron, pero dejando en el recalmón de la tranquilidad que queda después de haber salvado una difícil situación, consciente de la desprotección en la que nos encontrábamos, habría que evitarla, no podría volver a ocurrir, sin duda nos habían sorprendido, sin darnos tiempo a reaccionar y menos a prepararnos para poder rechazar la agresión. Me vinieron los recuerdos que hacían a Downfelt tan buen marino, con toda seguridad a él no le habrían cogido desprevenido. Había que aprender la lección de esta última situación, nuca más debería dejarme sorprender, había que tener a la tripulación preparada para reforzar la seguridad del buque y sus tripulantes.

El poco armamento que descansaba casi olvidado en la santabárbara, junto con la pólvora y perdigones, que con toda seguridad el tiempo las habría inutilizado, la pólvora inservible, los perdigones con el oxido que los cubría los hacía poco menos que imposible cargarlos en el ánima por la corrosión adquirida en las humedades del pañol, los sables y estoques habría que volver a pulirlos, unos trabajos que a mi pesar, habría que retomar para al menos dar moral a los tripulantes y un poco de seguridad ante situaciones de zafarrancho.

Tampoco sería la solución que nos sacara de los belicosos trances que se pudieran producir en un abordaje por parte de los corsarios o piratas que lo intentaran, los tripulantes no estaban habituados al uso de las armas, como lo estarían la gentuza corsaria que nos atacara, la familiaridad con las armas, se habían olvidado desde los tiempos en que el Melpómene había guerreado en el conflicto de las Trece Colonias, ya hacía bastante tiempo.

La proa al norte marcaba nuestra derrota, contando con la deriva que nos causaba la mar tendida del noroeste, que seguía en su monotonía dándonos de través, balanceando el bergantín al ritmo que marcaba el paso de cada ola bajo la quilla. Aunque el día era gris y sin sol, la visibilidad sobre el horizonte, era cada vez más reducida, el viento se había quedado, no lo suficiente para poder conservar la arrancada avante y navegar a no más de tres nudos. En la tranquilidad de la navegación, por el noroeste avanzaba sobre la mar un poco más calma un banco de nubes bajas, que enseguida escondieron la presencia del bergantín sobre la mar, niebla que apenas cubría toda la arboladura, dejando ver las perillas de los palos altos.

Desde la cofa del trinquete el serviola tenía una visión clara de lo que sobrepasaba la altura de la espesura de las nubes, pudiendo detectar los palos de cualquier navío que se aproximara, cuando esto ocurría, el piloto de mar gabeaba hasta la cofa para por la posición de los palos del velero que se aproximaba, poder determinar su rumbo y a cuanta distancia pasaría por nuestro costado, lo que daría tiempo para tomar las decisiones de alejamiento o evasión ante un posible corsario.

En la cubierta la visión era tan reducida que a duras penas se podían distinguir más allá de dos palmos, estábamos en el medio de una cerrada niebla, que hacía de la navegación una temeridad difícil de gestionar al no ver la seguridad que proporciona la presencia de la línea del horizonte, solo había que dar gracias a San Telmo de no encontrarnos navegando por la cercanía de la costa en donde habitan los bajos de roca que rompen los cascos de los navíos.

Con una velocidad de tres a cuatro nudos, solo se oía entre el sonido del poco viento sobre el velamen, el rumor del agua que abre el tajamar, todo lo demás era silencio, un silencio obligado para poder escuchar cualquier sonido extraño que pudiera venir de cualquier lugar más allá de nuestra borda, había que estar con el ojo abierto  y el oído alerta, todo era cuestión de supervivencia y al mismo tiempo de tratar de engañar los temores a lo desconocido.

Tan cerrada era la niebla en donde nos había metido el océano que con el sol por popa, se podían ver reflejadas sobre el fondo brumoso de la niebla las figuras de las sombras de los tripulantes moviéndose sobre cubierta, un extraño fenómeno que antes nunca había experimentado, como tampoco la visión del Arco Blanco, que se puede distinguir cuando se mira fijamente hacia un punto fijo en el fondo de la espesa niebla, unos círculos concéntricos alrededor del punto hacia dónde has fijado la vista, de color blanco con incipientes y débiles colores que no alcanzan la claridad de un arco iris, como el que se forma cuando acaba de llover. Un Arco Blanco que Matías me descubrió mientras nos movíamos entre la cerrazón del banco  de niebla, comentando las sensaciones y desasosiegos que produce la falta de visión, mientras tanto el bergantín continuaba abriendo con su tajamar las amargas y grises aguas dejando sus largos bigotes blancos como efímeros testigos de su paso, la oscuridad de la noche en pocas horas se encargaría de escondernos.