Un saludo,

RIO ARRIBA

CAPITULO II

Rio arriba.

 

La duración de tiempo de una ampolleta fue lo que tardó el Melpómene en doblar el Cape James, Downfelt mandó al piloto que gobernara a un rumbo de aguja 313º buscando la popa de la corbeta Erie, que sería la referencia y guia para navegar seguro, sin varar en algunas de las muchas lenguas de arena que se escondían bajo las aguas del Delaware.

Con el contrafoque, velacho del trinquete y la cangreja de mesana, el Melpómene tenía trapo suficiente para ganar norte sin orzar, para evitar el abatimiento que nos sacara del centro del canal, en proa uno de los juaneteros se dedicaba a lanzar el escandallo e ir cantando las sondas a golpe de silbato, que Perkins interpretaba y que tranquilizaba a Downfelt al asegurarse la navegación franca por el estuario.

La rutina de la vida a bordo, se había estabilizado, las guardias de mar no se rompían, los fogones continuaban con su habitual cotidianidad, los marineros y carpinteros con sus trabajos de mantenimiento de cubiertas y trapo, las sentinas continuaban vigiladas, parecía que nada nuevo había ocurrido. Era todo una ilusión, el Melpómene estaba vigilado, desde dentro por Perkins y desde fuera por miles de ojos que desde las atalayas de las costas del Delaware, observaban nuestros movimientos, no solo por los rebeldes coloniales, sino también por los ojos de los británicos, que sin duda buscarían el momento más favorable para acosar el bergantín y a su tripulación.

Unas cuatro millas rio arriba de la bocana, el juanetero al escandallo, cantó dos brazas de agua bajo la quilla, sonó rápidamente y con fuerza el chiflo de Cosimo que estaba en proa, Perkins inmediatamente mandó amollar el contrafoque, cazar la cangreja y largar la escandalosa del palo de mesana, el timón a la banda de estribor para dejar claro el banco de arena que Perkins llama Egg Flat,  un bajo que está situado en el centro del canal; enseguida la proa comienza a caer a estribor, manteniendo el rumbo Norte cuarta al Norleste, y atento al canto de las sondas del juanetero, que ya empieza a cantar una sonda de agua de cuatro brazas, poco a poco Perkins mandó ir aderezando el rumbo para navegar claro del bajo de arena, hasta dejarlo por popa, Downfelt mientras tanto, permanecía atento, ubicando las marcas de tierra para hacerse una idea de la situación del Egg Flat, ya que posiblemente en la próxima vez que pasara el bergantín por estas aguas, ya no tendría a bordo a un Perkins que lo  asesorara.

Esta rápida maniobra en la que habían intervenido el conjunto de la tripulación, había servido para que Perkins se diera cuenta del grado de preparación, disciplina y habilidad, tanto de los contramaestres de los palos, como de los marineros que manejaban la jarcia de labor, una efectividad que le había impresionado, como posteriormente le había comentado a Downfelt, felicitándole y envidiándole por el grado de preparación de su tripulación,  con la envidia y las ganas de poder disponer de una tripulación igual de adiestrada para su corbeta.

Aunque el día era claro, apenas unas nubes de buen tiempo, blancas y brillantes, ocupaban dos octavas del cielo sobre el Delaware, el poco viento del norte, procedente de los Apalaches, enfriaba el ambiente, las temperaturas habían bajado considerablemente. En la memoria sensorial de cada uno de los tripulantes, todavía quedaban sobre la piel los recuerdos de las cálidas y húmedas temperaturas que habíamos pasado en aguas del Caribe, en pocas horas el frio había alterado la monotonía de la actividad a bordo, el tiempo que se había tardado en salir de la influencia de las aguas del Océano y entrar en las aguas bajantes del rio Delaware, no habían sido más de cuatro horas, que habían sido suficientes como para bajar grandemente la temperatura, que ya requería del abrigo de los capotes de mar y demás ropas de lana merina que habitualmente se utilizaba en los inviernos.

El bergantín de las velas negras continuaba navegando rio arriba en busca de su atraque en los muelles de Philadelphia. La navegación fluvial se había dejado notar, el trapo había sido reducido al mínimo suficiente, los balances habían desaparecido y hasta los olores que traían las aguas del Delaware, ya no eran los salobres y yodados de la mar, así poco a poco nos íbamos adaptando a estas aguas que poco a poco iban perdiendo su salinidad.

Subiendo y remontando la débil corriente del Delaware, la primera fortificación de los coloniales que nos encontramos por babor, fue el Fort Pern, con sus armados baluartes apuntando a la medianía del canal, en donde el semáforo de banderas del fortín nos confirmó la autorización para seguir remontando el rio. Para devolver la señal, Perkins mandó izar en la driza de babor del palo trinquete una bandera blanca, izándola y arriándola tres veces, hasta que desde el semáforo del fortín, la confirmación llego izando y arriando una bandera azul y blanca. Perkins le confirmó a Downfelt que teníamos el paso franco para seguir rio arriba.

Los cañaverales flanqueaban las orillas, que de vez en cuando daban rienda suelta al vuelo espantado de algunas de las aves que anidaban  en ellos, como grullas y espátulas que al remontar el vuelo, a pesar de la algarabía de sus graznidos, no llamaban la atención de los tripulantes ni significaban nada especial, por el contrario a Perkins le preocupaban y le ponían en alerta, creyendo que la causa del alboroto, pudieran obedecer a cualquier movimiento de los casacas rojas que pudieran estar ocultos entre la hojarasca, patrullando por las orillas, para tener controlados los movimientos de los insurgentes.  

El bergantín había dejado atrás los embarcaderos de la población de Salem, que albergaban algunas de las barcazas que movían mercancías entre ambas orillas, curiosamente la de estribor pertenecían a las tierras de New Jersey y las de babor a Pensilvania, aunque a mí me parecieran que todas eran las mismas tierras, con los mismos cañaverales y los mismos arbolados como los fresnos y abedules de poca entidad, que crecían en ambas orillas, los mismos pájaros, todo parecía lo mismo.

La oscuridad del atardecer comenzaba a asomar por la banda de estribor, los primeros luceros chispeaban a poca altura sobre el horizonte por encima de la hojarasca de la rivera, al mismo tiempo la luz de alcance del Erie era cada vez más brillante, facilitando al Melpómene poder seguir su estela; había que alcanzar la protección que proporcionaba la artillería del fortín rebelde de Newcastle, en la orilla izquierda del Delaware, antes de quedar en la noche a merced de la visibilidad y del alcance del fuego de las fuerzas del imperio, que combatían a cualquier propiedad de las Trece Colonias.