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PAÑUELO BLANCO

PAÑUELO BLANCO

Hola a todos.

Aqui os presento mi primer libro, PAÑUELO BLANCO - UN VIAJE TRIANGULAR,  del cual os he adelantado capitulos salteados, en este blog,  para saber cual era vuestra opinión, con la finalidad de saber si debería seguir con el proyecto, el de contar una historia de viajes sobre un bergantin-goleta,  que se dedica al los viajes propios de la epoca y que hay que juzgar con los ojos de un cohetaneo, tiempos muy diferentes a los nuestros, en que los valores humanos, casi nada tienen que ver con los que son apreciados hoy día.

La lectura creo que para un marino, les resultará familiar y comprensible, a los que viven más alla de la frontera que marca la orilla de la mar, hombres y mujeres de tierra adentro, disponen al final del libro, de un glosario, en donde las expresiones que utilizo en esta prosa, les facilite la lectura.

Tengo que agradecer a mi buen, gran, entrañable amigo y colega, no se como describirlo, Miguel Angel Camarero Suances, con quien he navegado en nuestros primeros años de mar, batiendonos el cobre de la ilusión en esta profesión y además el mejor acuarelista que yo conozco, me haya pintado esta acuarela que adorna la portada de este libro, donde el bergantín parece que nos quiere adentrar, en este viaje imaginario.

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Acuarela - Autor Miguel Angel Camarero Suances

LAS CRITICAS DE LOS LECTORES

Breve crónica de una lectura. PAÑUELO BLANCO.

Por Imeldo Barbuzano  Capitán de la Marina Mercante

Navegar entre páginas.

Quiero agradecer a mi mentor y amigo, el Capitán Fernando Saiz, la amabilidad de hacer llegar a mis manos su primer libro regalándome una entrañable dedicatoria.

Ya no pensaba volver hacerme a la mar, desde mi retiro, después de tanto tiempo, pero debo reconocer que desde el comienzo de la lectura decidí embarcar en el “Melpóneme” junto con el mozalbete Jacobo y navegar entre las páginas de esta aventura marítima.

Al igual que al joven protagonista enseguida caí en la cuenta de que a pesar de mi ventaja de haber sido un marino profesional del siglo XX, desconocía casi por completo las artes de la navegación a vela, la arquitectura naval y la vida a bordo de aquellos veleros de madera del siglo XVIII, que tenían su propia alma. Así que tuve que recalar en multitud de ocasiones a mi Enciclopedia del Mar, que un buen día, teniendo yo 15 o 16 años, me regaló mi padre sabedor de mi temprana vocación por la mar y que a la postre sería mi profesión. Picado en mi amor propio por mi supina ignorancia, invertí horas en querer saber y entender los pormenores de la navegación, nomenclatura naval y datos históricos que se relatan en el libro. Ello no fue una tarea fácil ni ligera pero colmaba mi curiosidad y me servía de evasión y entretenimiento, a la vez que me daba cuenta de la ingente labor de investigación y pormenorizado lenguaje técnico-marítimo que, a buen seguro, algún lector le habrá abrumado. Pero reprocharle al autor este exceso me lleva al tema que trataba el gran Joseph Conrad, en su admirable “El espejo del mar” sobre la acostumbrada degradación del lenguaje marino en los medios de comunicación, tomándose unas libertades sobre términos técnico-marítimos, cual crimen contra la claridad, precisión y belleza del habla marítima.

El libro contiene pasajes redondos de un gran realismo. Las tormentas, las calmas, las rutinas de la vida abordo. Otros de gran crudeza como la ignominia de la trata y transporte de esclavos. Hombres, mujeres y niños degradados a condiciones de ganado. Contrasta con relatos desenfadados probablemente sacados de vivencias del escritor como los métodos de desinsectación y desratización, del todo ecológicos y biodegradable, con el pato “dos penique” y un gato orondo.

No disimula el autor su cariño, casi ternura familiar, por el jovenzuelo protagonista. El último de los últimos de abordo, al que correspondía los trabajos más humillantes que asume con humildad pero manteniendo siempre un aire de dignidad. Noble, siempre ávido de conocimientos, aprende rápido, listo como el hambre y sin embargo lejos de convertirse en un pícaro, se va haciendo un hombrecito recto que hace honor a su palabra. Lo cual no pasa desapercibido para el Capitán de la Nave.

No olvida su hogar, su familia, su nostalgia atada a un pañuelo blanco.

El mejor elogio que puedo dedicarle al “escribidor”es los buenos ratos pasados durante las singladuras, lo aprendido y lo disfrutado durante las travesías.

Enhorabuena Fernando, espero impaciente una segunda entrega.