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El Mal de Lazaro

CAPITULO XLII

  

El mal de Lazaro

 Los cálculos astronómicos de Downfelt habían conseguido situarnos en su carta de Navegación, en un punto no muy alejado del por él estimado. La proa ya arrumbaba hacia aguas de las islas de Bajamar, buscando el sur de la isla de “Aquí hay Agua” que los ingleses hoy llaman “Gran Inagua”, para evitar los arrecifes que se hacían invisibles a los serviolas, que buscaban cualquier señal, desde la altura de la cofa del palo Mayor, arrecifes que hacían traidora la navegación, por encontrarse siempre sumergidos, que con buen tiempo solo se podían detectar por el cambio de color de la mar, arrecifes que se habían tragado más de un velero, entre ellos, en el año de mil quinientos noventa y nueve, el galeón español Santa Rosa, cargado con gran cantidad de oro y plata, procedente de La Nueva España, con destino a la Metrópoli.

La mejoría del tiempo acompañaba, lo que ayudaba para ir adelantando los trabajos en la jarcia y cubierta, sin que incordiara el agua que con el mal tiempo, barría la cubierta de proa a popa, hasta desaguar por los imbornales de cubierta, al mismo tiempo los gavieros, continuaban achicando el agua de las sentinas, con el esfuerzo que gastaban en el movimiento del vástago de succión, achicando el agua que todavía quedaban en las sentinas, embarcada en el ultimo temporal.

La navegación en la bonanza de la mejoría del tiempo, había conseguido tranquilizar los miedos de la tripulación y animar sus comportamientos a bordo y al mismo tiempo alejar de sus mentes, la insistente sospecha del maleficio producido por la magia africana, que todavía seguiría latente por lo menos hasta que no se desembarcara el último de los bozales y muleques de los entrepuentes de la bodega.

A pesar del cambio de fortuna habido a bordo, la rutina que mantenía el bergantín vivo, se había normalizado, continuando con los trabajos de mantenimiento del velero y al mismo tiempo se intensificaba la vigilancia de los bozales en sus jaulas, con sus grilletes y cadenas. La hora de su entrega en La Habana, se estaba acercando, Mondag se esmeraba en controlarlos y mejorar su aspecto, por lo que les había aumentado su ración de agua, que ya era abundante después de las largas lluvias pasadas días atrás, no siendo necesario el racionamiento, como se venía manteniendo, desde la partida de la Isla de Goré.

La campanilla del timonel había marcado el cambio de guardia de mañana, lo que significaba, que era el momento de hacer el relevo a Cosimo, solo esperaba que esta fuera como siempre, marcando el rumbo a seguir, la velocidad de corredera y el trapo en los palos útiles, después de estas órdenes, me dice que el bozalón de la celda seis al que llaman Thioro, está muy alterado, uno de los mandingas engrilletados en la celda contigua que llaman Haissa está gritando y alentando a los demás bozalones, para agrandar las quejas de Thioro.

Mondag no tardó mucho en bajar al entrepuente, con su látigo fuertemente agarrado par hacer callar a tanta algarabía, cuando pisó el entrepuente, rápidamente si dio cuenta que los gritos, no eran de rebeldía, solo de desesperación y no sabía porque. De las celdas que ocupaban las hembras, lo gritos no eran más que lamentos o plegarias en una lengua, que era agradable al oído, sin estridencias, que se parecían más a una oración que a un grito de rebeldía.

Mondag se acercó a la celda de Thioro, de donde salían los lamentos, se sorprendió al ver un cuerpo llagado de tal manera, que no veía un palmo de piel limpia, sin darle la mas mínima lastima y al mismo tiempo con el mayor de los desprecios. Ver el cuerpo llagado de Thioro, con las heridas sangrantes, desprendiendo humores amarillos que cubrían los alrededores de las pústulas, desprendiendo un olor de podredumbre, que sin duda se habían desarrollado mientras el mal tiempo había azotado el bergantín.

Subieron el cuerpo entre varios gavieros a la cubierta de saltillo, para que Cosimo, que hacía las funciones de cirujano y Downfelt pudieran valorar la situación.

Cosimo, lo primero que dijo, era que tenía el mal de Lázaro, la enfermedad maldita de las Sagradas Escrituras y que el aspecto de tantas pústulas y los humores que desprendían, no veía un remedio para curarlas ni había a bordo ninguna pócima que pudiera aliviarla o sanarla.

Cosimo, le dijo a Downfelt, que lo mejor era que permaneciera sobre la cubierta a la intemperie, para que pudieran secarse tanta pústula, pero que no era conveniente que el resto de los bozales, se expusieran al contacto de la celda de Thioro, ya que el que tocara esta celda, podría contagiarse de tanta herida sobre la piel.

Downfelt enseguida comprendió que a partir de ahora, tendría que tomar una determinación, en referencia a Thioro y al resto de bozales, machos y hembras a tan solo dos días de viaje hasta arribar a La Habana.

En principio, su idea era de evitar tener que entrar en La Habana con un leproso a bordo, ya que le supondría tener que enfrentarse a un montón de problemas, entre ellos tener que pasar una cuarentena que pararía toda actividad del bergantín, la mercancía de carne de ébano, tendría que ser requisada, con la seguridad de que nunca más la recobraría, lo que constituiría un viaje comercialmente fracasado, en donde las perdidas no justificarían la vida de uno o más hombres. Fue inevitable en estos momentos, que Downfelt recordara al mandinga Assane, en su paseo por la plancha, como si la magia africana, estuviera embrujando al bergantín de las velas negras.

Tenía que encontrar una justificación para poder deshacerse de Thioro, una justificación suficiente que aplacara su conciencia, para poder deshacerse de un bozalón, que para la mayoría de los negreros, eran considerados como unos seres vivos intermedios entre los monos y los hombres, nunca creados a imagen de un ser superior.

Sus respuestas, las buscó y encontró en la Sagradas Escrituras, que él, tan bien conocía y que en las situaciones en donde la conciencia le podría recriminar sus actuaciones, a ellas recurría, para buscar una justificación y un consuelo.

Downfelt sabía que en las Sagradas Escrituras, en diferentes pasajes, se refería a los leprosos, como a los seres castigados por Dios, siendo declarados inmundos y desterrados del campamento de Israel e indignos de vivir en presencia del Señor. Con esta lectura, se veía con la facultad de convencer a su conciencia, de poder arrojarlo a la mar, sin que le perturbara o remordiera en su interior.

También conocía el pasaje del rico Epulón, quien había rechazado en su banquete al leproso Lázaro, que cuando murieron Epulón fue condenado al Fuego Eterno, mientras Lázaro, encontró un sitio en el Cielo en presencia del Señor.

También le sirvió de consuelo este pasaje de las Sagradas Escrituras, pensando que Thioro, encontraría un sitio en presencia del Señor. Fue este pasaje el que definitivamente clarifico sus dudas, su decisión ya había sido tomada, el cuerpo tal cual lo habían subido a la cubierta de saltillo, no tardó nada en ser lanzado a la mar. Nuevamente los gritos de Thioro rompieron el silencio en la alta mar, unos llantos que invadieron todos los espacios del velero y que nos recordaron a todos, los gritos de Assane cuando recorrió los dos metros de plancha que separaban la tapa de regala, del tenebroso azul de la mar Caribe.