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LA CALMA TROPICAL

CAPITULO XXXVIII

 

La calma tropical.

El paso de las singladuras iba consumiendo este largo viaje, que había comenzado en La Coruña, hacía más de cuatro meses.

Era la campanilla del timonel, en la monotonía de sus repiques, la que nos advertía de la continuidad de las encadenadas guardias de mar, que ahora, nos situaba por estas azules aguas tropicales.

Las negras y solitarias guardias, después de esconderse el sol bajo el nítido y alejado horizonte, entre la oscuridad y el silencio tantas veces roto por los lamentos y cantos tribales de los esclavos, que me sacaban de mi abstracción, rompiendo el cada vez más débil lazo que me unía a los míos, en estos momentos todavía echaba de menos, aquel Pañuelo Blanco que antaño tanto me consoló.

Los calores y humedades propios de la zona, se hacían más llevaderos durante las noches, cuando la vida se hacía al sereno, sobre el maderamen de la cubierta, buscando el descanso al socaire de cualquier bulto o cualquier tonel trincado entre los palos y tapas de regala, como único manto, el de las estrellas.

El fantasma de la venganza, por el obligado paseo sobre la plancha, al que se había condenado al mandinga Assane, todavía guiaba los actos de cada tripulante. La muerte de Panchón había sido el primer aviso, la inquietud de los tripulantes hacía que sus obligaciones y trabajos a bordo se resintieran por el miedo a otro nuevo accidente, que sin duda, habría sido ocasionado por la magia africana, como creían los marineros y que ya se había anclado a bordo.

Downfelt calculaba que al menos la mitad del viaje ya se había consumido, eran muchas leguas las navegadas. El alisio seguía manteniendo su constancia en intensidad, pero tanta tranquilidad no le daba al capitán, la seguridad de que todo iba bien. Las zonas de las tormentas estaban esperándonos por la proa, sabíamos que la llegada estaría confirmada, cuando el alisio dejara de soplar, pero antes teníamos que navegar por la zona de las grandes calmas, navegación que pondría a prueba la moral y fuerzas de los marineros, para sacarnos a golpe de remo, de estas encalmadas aguas y poder alcanzar latitudes más altas.

En las jaulas del entrepuente, los sufrimientos de tanto bozal, tendrían que empezar a mitigarse, había que llegar a la Habana con unos bozales de hermosos y cuidados cuerpos, para satisfacer a los futuros amos, que no eran más que la Real Compañía de Comercio de la Habana, a quienes iban consignados todos los bozales.

El Melpómene, mantenía una velocidad de seis nudos de corredera, con la vela hinchada, aprovechando al máximo el viento bonancible, que se recibía por largo, ya se empezaban a notar rachas de viento, en ocasiones fuertes como de frescachón que tesaban la jarcia firme de barlovento, indicando que durante el viaje se habían amollado algunas de las burdas y obenques de los mástiles, además de algún burque de tamborete, que sería necesario cazar, para evitar los sobresfuerzos de otros cabos de la jarcia de trabajo.

Las limpiezas de las celdas y de los cuerpos de tanto bozal, se seguía realizando con la periodicidad establecida por Downfelt. La retirada de los enjaretados de apertura de la bodega traía a cubierta un primer vahído de aire fétido y caliente, parecía suficiente como para contagiar de cualquiera de los males que pudieran tener los bozales.

El miedo en la tripulación a la magia africana, ya les hacia estar más alejados de las filas de los encadenados y engrilletados esclavos mientras les aseaban. Tampoco las mofas y humillaciones durante los baños de arena y agua de mar de los infelices, eran como antes, la desnudez de las esclavas, los marineros las disfrutaban calladamente y con el miedo en el cuerpo, a cualquier hechizo o represalia del espíritu de Assane, comportamientos atenazados por los supersticiosos miedos de la marinería que estaban muy presentes en sus actos.

A medida que nos acercábamos al puerto de la Habana, Mondag ya había empezado a pensar en suavizar el tratamiento que aplicaba a todos sus esclavos, para mantener sus cuerpos vigorosos y recuperados por las carencias de agua y alimentos, sufridos durante el largo viaje, además de otras carencias debidas a los castigos y enfermedades, el baile de los esclavos no tardaría mucho en empezar.

La primera encalmada, no tardó en presentarse, como siempre por sorpresa para los tripulantes, aunque los síntomas Downfelt ya los había detectado, en las singladuras previas, el cambio de la dirección del viento primero, la usencia de nubes sobre el horizonte, la mar calma con el aspecto de un espejo,  los peces voladores que surgían sorpresivamente por encima de la superficie de la mar escapando de su depredador, avistamientos sobre la superficie, de algún cascarón de tortuga marina, todas estas señales y alguna más que el escondía, le habían anunciado la entrada en estas zonas del océano, en donde el viento se duerme, dejando el velero muerto y sin ánimo en sus caídas velas negras, sin poder abrir con su tajamar, el surco sobre la mar.

No podía ser de otra forma, la magia de los africanos estaba haciendo su trabajo, esta calma ya estaba atribuida al poder de su magia africana que llamaban Vudú y que practicaban los esclavos en la oscuridad del entrepuente, alejados del restallido del látigo de sus vigilantes.

Lo inevitable había llegado, con la calma de mar, Downfelt mandó arriar  los chinchorros de servicio del bergantín. Con rapidez fueron zafados de sus calzos y arriados a la mar, cada uno por su costado, un piloto de mar y un marinero, con su látigo, con cuatro fornidos esclavos.

Los puestos a bordo de cada bote, ya estaban establecidos, a proa, el piloto de mar, los cuatro esclavos en sus bancadas, agarrados a sus remos con sus pies engrilletados y el marinero a popa, a la caña del chinchorro y con su látigo preparado, siguiendo las indicaciones del piloto de mar para toar del bergantín en sintonía con el otro chinchorro, para optimizar los esfuerzos de ambos botes al tirar del Melpómene.

Era imposible sacar de sus cabezas los efectos mágicos de los conjuros que las esclavas dedicaban al bergantín y su gente, uno de ellos tenía que ser la calma de viento que estábamos sufriendo.

Yo me encontraba a bordo del chinchorro de estribor y Cosimo el segundo piloto en el de babor, ambos nos habíamos situado por la proa del Melpómene, con un cabo firme por cada escoben. Cuando Cosimo, acompasadamente sonó su chiflo, comenzaron los esclavos a palear con sus remos, a pica boga las primeras paladas, que doblaban los remos calzados en su tolete, como único punto donde la fuerza de los esclavos trataban de avantear el pequeño bote, fueron al menos veinte paladas, cuando por la popa de cada chinchorro, iba dejando la señal del lento movimiento avante del chinchorro, el Melpómene nos seguía por nuestra popa, pronto se pudo cambiar a boga larga, siempre bajo el ritmo que Cosimo marcaba con su silbato. Solo había que saber cuánto tiempo duraría el maleficio de la magia africana.

Se fueron cambiando los bozalones de las bancadas durante las horas de luz hasta ocho veces, en cuanto el sol se acercaba al horizonte, mientras el crepúsculo comenzaba a apagar la decadente luz del día, regresábamos a la cubierta del bergantín a reponer fuerzas y esperar al siguiente amanecer, para volver a amarrar los chinchorros a los cabos de los escobenes, con sus tripulantes y retomar el duro esfuerzo de brazos y piernas, para continuar moviendo el bergantín hacia latitudes más al norte. Mientras tanto en la cofa del palo trinquete, el serviola quemaba sus pestañas, buscando sobre la mar el ansiado rizado que muestra la superficie de la inmensa llanura, cuando la incipiente brisa marina, lame su