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ISLA DE GORÉ, POR POPA

 

CAPITULO XXXV

 

La isla de Goré, por popa.

El primer chiflo que sonó su melodía, fue el de Downfelt, para indicar a cada piloto de mar, el comienzo de la maniobra de salida del fondeadero, el chirrido del cabrestante a cada golpe de riñón, haciendo girar la madre del baritel, e ir subiendo el ancla, con su cadena firme a un virador, que con mucho esfuerzo, los marineros abrazados a sus espeques, giraban el eje del cabrestante, con la única ayuda de las fuerzas de sus brazos y el empuje de sus cuerpos pisando sobre los guardainfantes, como único apoyo firme antideslizante hasta conseguir levarla.

El temblor de los palos indicó el momento en que  el ancla zarpó del fondo, que después de varios días, Downfelt sospechaba que debía estar tragada o enterrada en el lecho de arena, lo que dificultó la recuperación del hierro.

Con el ancla a la vista, asomando sobre el nivel de la mar, el trapo de los palos mayor y mesana se izaron, cazando sus escotas, las escandalosas llenas del poco viento, el velero comenzó tímidamente a ganar velocidad, sintiendo como el quebramar y la roda comenzaban a abrir el surco de un camino sobre la mar, que nos llevaría hacia poniente, en donde esperaban las tierras de destino. Cuando el arganeo, beso el pescante de gata, se abozó la cadena, respirando los marineros del cabrestante, al haber finalizado su esforzado trabajo, simultáneamente, en la proa, cuatro marineros atendiendo a la cadena en el escoben con un cabo de retorno, las uñas de los brazos, se calzaron en sus camas, dejándolas “a buen viaje”, es decir, fuertemente trincadas para no tener sorpresas en la navegación, durante los malos tiempos, fáciles de encontrar, en tan larga travesía.

El viaje se había reanudado, con la proa al mar Caribe y sus sorpresas. Por popa quedaba la infame Isla de Goré, con los perseverantes mascatos, siguiendo la estela del Melpómene, esperando cualquier resto de comida, que algún tripulante dejara por popa.

Quedaban dos toques de campana para anunciar mi entrada de guardia de prima, el bergantín ya navegaba debidamente arranchado, las velas llenas a una velocidad estimada de cinco nudos, mientras tanto y aprovechando el poco tiempo que me quedaba, descansando en el sollado, apareció “el trece” moviendo su cola timonera, acompañando el paso con sus graznidos, como si anduviera buscando algo que llevarse a la boca, al mismo tiempo dejando sobre las tablas del sollado, su firma en forma de caca, que tendría que limpiar el marmitón. Mis pensamientos me llevaron a recordar a “dos peniques” que tantas veces me había obligado a doblar las rodillas para recoger sus mierdas. Había pasado mucho tiempo, pero todo seguía igual, las costumbres no se habían roto, la disciplina que imponía Downfelt a sus hombres, no se había relajado, quizás era ese su gran secreto en el éxito de sus navegaciones y que sin duda sus hombres  necesitaban.

El tañido de la campanilla del timonel, súbitamente me despertó de mis ensoñaciones, por lo que rápidamente, salté del coi, dirigiéndome a la bitácora, en donde Cosimo me estaba esperando para hacer el cambio de guardia.

Viento fresco del Sureste, rumbo de aguja Doscientos setenta y ocho, esperaba que el viento refrescara y velocidad estimada seis nudos, trinqueta y velocaho largadas, juanete y sobrejuanete aferrados, foque y contrafoque cazados, sin novedad, y añadiendo su comentario al margen de los habituales del cambio de guardia, refiriéndose a los ruidos de cadenas y grilletes, quejidos y llantos que se oían a través del enjaretado de la escotilla de la bodega, me sugería que mandara a dos o tres marineros de mi guardia a echar un vistazo a los herrajes y bultos de la bodega.

Fue al oír los quejidos de las bodega, lo que me recordó la tranquilidad y el silencio de otras navegaciones, los sonidos del viento al llenar las velas, los graznidos de los mascatos por popa, al navegar a vista de costa o el sonido del cimbreo de estays y obenques cuando arrecia el temporal, ahora todos estos sonidos eran tapados por los lamentos y gritos que provenían de la bodega.

Enseguida se puso el sol, Downfelt se acercó a la bitácora, buscando mi compañía, para cerciorarse de que se navegaba a oscuras, sin un fanal que nos delatase en la noche, como tampoco se fiaba de los veleros que habían coincidido en Goré con nosotros, temiendo ser atacados y abordados, para robarnos nuestra carga de esclavos. Le preocupaba los ruidos que salían de la bodega, por lo que me mandó colocar encerados en las tapas de la bodega, sobre los enjaretados y trincados con sus cuñas en los galápagos de las tapas de regala.

Sabía que la oscuridad de la bodega incomodaría a los bozales, el aire húmedo, fétido y caliente, que ya era irrespirable, empeoraría a partir de ese momento, lo que suponía otro sufrimiento más, que se prolongaría durante toda la noche. Quienes más lo sufrirían serían los bembos y sus madres. Estaba seguro que en unos días, con estos cierres de la bodega, los bozales sabrían que deberían mantenerse en silencio, si querían que los encerados no se colocasen.

Durante el tiempo que me restaba de guardia, los lamentos y gritos, no dejaban de oírse, aunque cada vez con menor intensidad,  como Downfelt había pronosticado. Mondag parecía que no descansaba, ya que entraba en la bodega con demasiada frecuencia, no cabía duda que se estaba tomando muy en serio su trabajo.

En la segunda singladura ya empezaba a notarse el Alisio del este nordeste que llenaba el trapo del palo trinquete y orzaba el bergantín, lo que nos hacía alcanzar una velocidad de corredera de cinco a seis nudos, lo que satisfacía a  Downfelt que durante el día estaba más pendiente del horizonte, como si estuviera esperando la visita de alguno de los veleros que habíamos dejado en Goré.

Las costumbres de Downfelt no habían cambiado, en cuanto a la disciplina a aplicar a los esclavos, para evitar el contagio a la tripulación y mantener en lo posible la salud de sus hombres, sabiendo que muchos de ellos venían con enfermedades del espíritu como decían los galenos, fiebres y diarreas que no tenían explicación.

Downfelt haciendo caso de su experiencia, había ordenado que cada cinco días, se procediese al aseo de sus cuerpos, al mismo tiempo los bozales más jóvenes, se dedicaban a la limpieza de las jaulas y cambiado del follaje de hojas de higuera que arrastraban la mayoría de las porquerías y excrementos de tantos esclavos, las sentinas se achicaban de orines y aguas que procedían de la cubierta, con los achicadores de mano, que Catón había entregado a los muleques más menudos, remedios que no eran suficientes para evitar los malos olores, que ya impregnaban forros, baos y cuadernas de la bodega y entrepuente.