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ISLA DE PALMA / GORÉ

CAPITULO XXXI

 

Isla de Palma/Goré

 

Downfelt tuvo que romper su vieja promesa de no volver a arribar a Rufisque, la aldea de pescadores a partir de la cual con dirección sur, se formaba la lengua de tierra que terminaba en el cabo Verde, en donde al doblar las piedras y bajos de arena de la punta de tierra, se formaba una gran rada de aguas calmas y protegida de los vientos atlánticos.

En esta rada, estaba clavada la infame isla de Goreia, poblada por los pocos pescadores Lebou, que faenaban con sus cayucos por las proximidades del cabo y dentro de la bahía.

Una amplia rada, con una pequeña isla, que albergaba el más cruel de los infiernos en la tierra. Una pequeña isla, en donde las más rastreras miserias del hombre blanco, atacaban y humillaban a unos desgraciados, a quienes sus cuerpos y sus almas se les había robado y profanado, sometiéndolas al dolor que produce la codicia del civilizado hombre blanco de piel, pero negro y vacio de sentimientos.

Un tercio del viaje triangular estaba llegando a su final, a partir de este puerto, la vida a bordo sería completamente distinta, marcada por los lamentos y miserias de los bozales, bozalones, muleques y mulecones, que no se conformaban con su destino. Los tripulantes del Melpómene, ya no serán los mismos, estarían sus comportamientos alterados, al variar ostensiblemente sus obligaciones, las que a partir de ahora, estarán más atentos al cargamento de carne de ébano, cuya obsesión, sería alcanzar la libertad a cualquier precio, haciéndose para ello, con la nave y con los mínimos tripulantes para poder gobernarla, al resto les esperaría una muerte segura. Estos planteamientos hacían que todos los tripulantes permanecieran más alerta, a cualquier señal que pudiera delatar cualquier amago de rebelión.

La llegada al cabo Verde, se había alcanzado en la guardia de día, el alisio todavía no se había empezado a notar, el viento era terral y cálido, por lo que Downfelt tuvo que realizar varias bordadas para alcanzar su posta en el fondeadero, no sin antes haber comprobado la efectividad de los nuevos aparejos que habían sido sustituidos después del encuentro con los hornacheros.

La maniobra de fondeo no supuso ninguna dificultad para dejar el bergantín a siete cables de la isla de Goré. La visión desde la toldilla, de la línea de costa, reconfortaba de todos los malos tiempos pasados. Se podía observar tras las playas de arena limpia y blanca, la frondosidad de la costa continental, escondiendo entre la foresta, la exuberante vegetación de baobabs y palmeras de las orillas, alguna choza de formas redondas y techos de tallos de junco, que contrastaba con la aridez y escasa vegetación de la llana isla de Goré y en las playas, los cayucos moviéndose ligeros con la pesca recién dejada en la playa, con el bullicio y algarabía de los jóvenes y mujeres lebou.

Isla de Goré que Matías llamaba, “isla de Palma”, como le había dado su nombre Dinis Dias, otro marino y compatriota portugués, en el año mil cuatrocientos cuarenta y cuatro, que posteriormente con el dominio holandés se la llamó Goed Reed (Buen puerto o buena rada), más adelante la corona francesa la rebautizo como Isla de Goré o Goreia.

No estábamos solos en el fondeadero, dos bergantines estaban a la espera del embarque de bozales, muleques y malecones. Entre los veleros destacaba la fragata Venganza, conocida de sobra por Downfelt,  perteneciente a la Compañía Gaditana de Negros, con sede en la Casa de Contratación de Cádiz, en la que había servido Downfelt hacía unos años, llevando los esclavos desde Goré a Puerto Rico, en donde el Asiento de la fragata Venganza, le obligaba a cumplir la entrega de la infame mercancía.

También se encontraba fondeado, esperando llenar sus bodegas, el Bucéfalo, un viejo conocido bergantín, al que habíamos burlado hacia tiempo, cuando el Melpómene después de haber zarpado del puerto de Vlissingen, el Bucéfalo, que navegaba por nuestra derrota, no había podido mantener nuestra velocidad, dejándolo por popa, para alegría de nuestra tripulación y satisfacción de nuestro Capitán.