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EL ENDEAVOUR

CAPITULO XXVI

El Endeavour.

Muchas de las conversaciones que había tenido la oportunidad de escuchar, eran de algunos de los marineros enrolados en el Endeavour, se referían a la incertidumbre que les esperaba, para tan largo viaje, una navegación llena de peligros, a lo conocido y mucho más a lo desconocido, que les esperaban al pasar el Mar de Hoces y más tarde al entrar en el “Gran Lago Español” como se conocía al gran Océano Pacifico.

El estado de ánimo de aquellos hombres, sin duda estaba alterado por los vapores del alcohol que habían ingerido, conversaciones que comenzaban con diferentes puntos de vista, acababan en discusiones, que poco a poco se iban transformando en peleas cuerpo a cuerpo, en donde las navajas de marinero, salían a relucir con demasiada frecuencia, no pasando más allá de amagos e intimidaciones, que en cualquier momento se podían romper.

Tratamos de pasar desapercibidos entre el griterío y disputas de los marineros de ambas embarcaciones, hasta que un marinero de el Victory, posiblemente al observar nuestra inactividad en las discusiones, nos tomo como tripulantes de un buque negrero, que estaba fondeado en el puerto. Al pronunciar la maldita palabra “negrero”, todas las animadversiones, se volvieron hacia nosotros. A partir de esos momentos, nuestra integridad física, estuvo en peligro, por lo que nos vimos en la necesidad de tener que abandonar la cantina, como si huyéramos de un peligro cierto.

Al encontrarnos cerca de la salida, una apresurada escapatoria, nos permitió dejar atrás un peligro cierto que pudo haber acabado con un final nada deseable. Sin darnos apenas cuenta de lo sucedido, ya estábamos a bordo del chinchorro, remando de nuevo hacia el Melpómene.

Permaneció el Melpómene fondeado durante dos días, tiempo necesario para hacer aguada y embarcar la provisión de boca, compuesta por pescado salado, frutas, vegetales, forraje para la cabaña de animales vivos de los establos de la bodega, además de ramaje de higuera, para las celdas de los esclavos, que se embarcarían en los puertos del África negra.

Fue en la guardia de mañana, del segundo día cuando el Melpómene abandonó el fondeadero, quedando todavía fondeados los buques Endeavour y Victory, además de otros veleros, que hacían su comercio entre la Berbería y diferentes puertos de la Península Ibérica. Mientras abandonábamos la rada del puerto, al mismo tiempo salían a faenar los faluchos, pequeños veleros utilizados en la pesca, que surtirían los mercados con las diferentes clases de pescados de la zona.

Con la proa hacía el Cabo Espartel, definitivamente dejamos por popa la seguridad de los puertos del Viejo Continente, a partir de ahora, los peligros que nos depararía este viaje, podían ser de todo tipo, desde los acosos de los hornacheros, hasta las varadas en los bancos de arena de la costa desde la Berbería hasta las costas de la África negra a donde el Melpómene se dirigía.

Las horas nocturnas, eran las horas que aprovechaba para discretamente, conversar con el viejo Matías, para evitar los improperios de Downfelt, al que no le gustaba que siguiéramos manteniendo nuestra amistad, quizás el sabía de mi debilidad para con el viejo Matías, que hacía años bajo su aprobación, me había adoptado como su protegido.

La conversación durante esta primera noche, se refirió a nuestro percance ocurrido en la taberna del puerto de Sagres, “Da Loira Meninha”, cuando al acusarnos de negreros, habíamos tenido que salir huyendo, para evitar cualquier golpe o herida, que nos pudieran dar.

No tardó nada en maldecir en su indignación, a esos británicos, con toda clase de improperios que les adjudicó con una enconada ira, que me sorprendió.

Desde el primer momento en que entramos en Sagres para fondear, ya había reconocido a ambos buques, por sus formas y banderas. El Endeavour era un buque relativamente nuevo, había sido botado hacia cuatro años en Whitby, construido como carbonero, un buque sobradamente fuerte y reforzado, que había sido fletado (Matías decía requisado), por la Marina Real Británica y por la  Royal Society of London, para realizar viajes científicos y al mismo tiempo, aprovechando su condición y mando militar, apropiarse para la Corona Británica, cualquier tierra que pudiera atacar y dominar, para mayor gloria del Imperio Británico.

Esta últimas palabras las decía con un desprecio, que solo él podría explicar. Siempre fueron unos ladrones, decía Matías, que supieron enmascarar sus logros, con la audacia de sus mentiras, repetidas hasta la saciedad, además “no saben navegar”, repetía, “no saben navegar”.

 “Pra marinheiros nos, e mais logo os ingleses, que aprenderon de nos”, lo decía en portugués, como si así tuviera más fuerza su sentencia, que repetía constantemente. Me contaba, como ejemplo, que  “El Paso de Drake”, al que habían robado su nombre en el año 1576, ya que hacía cincuenta años, que el marino español Francisco de Hoces en el 1526, ya lo había bautizado cómo el Mar de Hoces.

Parecía que bufaba, cuando me recordaba que la cartografía española del “Gran Lago Español” cómo se llamaba al Océano Indico, que había sido levantada con mucho sacrificio y coste de vidas humanas, en las expediciones españolas del Siglo XVI, cómo las de Álvaro de Saavedra en 1527, Ortiz de Retes en 1545, Legazpi y Urdaneta en 1564, Álvaro de Mendaña en 1568, Pedro Fernández de Quiros en 1603 y demás cartógrafos sobre las costas, islas y archipiélagos, la habían robado los ingleses, durante el saqueo y violación de Manila en el año 1762, hacía solamente cinco años, les había permitido navegar por un mar ya explorado que les privaba de cualquier merito de los muchos que se han atribuido, todo para mayor gloria del Imperio Británico.

Seguía mascullando indignado, si no hubiera ocurrido este atropello, sin duda no serían nadie en el mundo marítimo. Me decía en el convencimiento, de que no saben navegar, que todavía desconocían como calcular el meridiano de lugar, para determinar la longitud en las navegaciones de altura. “No saben navegar”,” no saben navegar”, “no saben navegar”, repetía incansable.

Esa noche me fui a descansar al sollado, un poco más cansado que de costumbre, en el balanceo de mi coi, antes de quedar rendido, por mi cabeza comenzaron a desfilar cada una de las palabras de Matías, que me habían impactado fuertemente,  con gran desasosiego por mi parte, palabras, que habían abierto los ojos de mi ignorancia, a cerca de una historia que desconocía y que no era la que oficialmente se contaba. Las palabras de Matías estaban empezando a cambiar mi percepción sobre la superioridad naval británica que yo les suponía.