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EL FONDEADERO DE AVEIRO

CAPITULO XX

 

El fondeadero de Aveiro.

Se habían cumplido los cálculos de estima de Downfelt, en la quinta singladura, en la guardia de tarde, el Melpómene se encontraba a seis millas de la costa baja y arenosa que camuflaba el recoleto estuario  del rio Vouga, por donde se accedía al pequeño puerto de Aveiro, en donde se completaría la carga a transportar, que entre otros puertos de destino, uno era el de la Habana.

Downfelt manda aferrar el trapo del palo Mayor y sobrejuanete del palo trinquete, quedando el trapo suficiente para reducir y mantener una velocidad de dos nudos, suficientes para maniobrar y posteriormente fondear hasta que la pleamar llenara la entrada del estuario y poder cruzar la barra de arena, con garantías de no varar en el blando fondo.

Navegando con poco trapo, Contrafoque en el Bauprés, trinqueta y gavia en el palo Trinquete y Cangreja en el palo de Mesana, Downfelt recurre a Matías, para que le confirme sus cálculos basándose en sus habilidades en el conocimiento de la costa y todas sus piedras.

Cuando Matías le confirma al Capitán, que la cúpula brillante por los últimos rayos del sol en el ocaso, que destaca sobre los tejados rojos de la villa costera, corresponde a la Capilla de San Gonzalinho, manda preparar la maniobra de fondeo, aferrar la vela trinqueta y contrafoque, quedando el trapo de la gavia y la cangreja de mesana, mientras tanto manda destrincar el cepo de la cadena de su pescante de gata, quedando el ancla de estribor a la pendura, preparada para ser largada a la orden del silbato.

Se estaba poniendo el sol cuando Downfelt consigue parar la lenta arrancada del bergantín, a media milla de costa, el escandallo de Catón marcaba cinco brazas de profundidad y fondo de arena, momento en el que manda dar fondo el ancla de estribor, largando dos grilletes de cadena, manda aferrar la vela gavia del Trinquete, aguantando en la crujía la vela cangreja de mesana, que estaba a mi cargo y siendo mi primera maniobra no le podía fallar, aguantando hasta que el bergantín queda con la proa al viento. Una vez que la cadena llama por largo, manda filar un grillete más de cadena y la hace firme, abozada en uno de los apóstoles de proa. Así queda el velero fondeado a media milla de la playa, esperando que la pleamar, le permita pasar la barra de la entrada con un resguardo de agua suficiente para que la quilla no toque en el arenoso fondo.

La noche se consumió entre guardia y guardia, el viento se mantuvo fresco del noroeste durante toda la noche, al amanecer decayó su fuerza, la proa indicaba fielmente la dirección del viento, el trapo debidamente aferrado en sus perchas.

El olor de las marmitas de Matías, alegraba los sentidos, aunque las comidas eran siempre las mismas para cada día de la semana, a veces un olor diferente nos apartaba de la rutina, algo que ocurría raramente, coincidiendo solamente con el rancho que se servía a la salida de cada uno de los diferentes puertos en donde el Melpómene había hecho escala.

Con luz de día, durante la primera marea, Downfelt había calculado el tiempo que necesitaría para pasar la barra de entrada por la bocana del pequeño estuario, justo en la pleamar, apoyando sus cálculos en los datos tomados en el anexo de mareas de su apreciado y bien guardado almanaque de “Ephemerides Astronomicas”, contando además con su experiencia de viejo marino, calculando los periodos de veinticuatro horas y cincuenta minutos en que se desarrollan los cuatro periodos de marea.

Solo le quedaba por completar la última de sus comprobaciones para asegurarse una maniobra sin sobresaltos al cruzar la barra, para evitar que en su sus sumergidas arenas, podría dejar el bergantín varado en el intento. Mandó a Cosimo, su segundo piloto de mar, arriar el chinchorro con tres de sus hombres, para dirigirse a golpe de remo hacia la barra y realizar las mediciones de sondas con el escandallo de mano.

Tres brazas y media de agua, calculaba Downfelt que  le serían suficientes para atacar la barra de arena con seguridad.

Cosimo, en sus mediciones, iba cantando las sondas con su pito de contramaestre, cuando estuvo sobre la misma barra cantó cuatro brazas de agua, como la sonda mínima. Faltando aún una hora para la pleamar, Downfelt no tardó más en comenzar la maniobra de salida del fondeadero, recogiendo a Cosimo y su chinchorro en el tramo de navegación hasta la bocana.

Con los marineros en el cabrestante, virando los tres grilletes de cadena, Downfelt esperó el aviso que da el ancla al zarpar, haciendo vibrar el palo Trinquete, en ese momento, larga gavia y foque, la cangreja de Mesana comienza a flamear, cogiendo velocidad que poco a poco van apareciendo los bigotes blancos a ambas bandas de la roda. La escota de la cangreja se caza lo suficiente para dejar de flamear y coger un poco más de arrancada. Con decisión Downfelt pone proa a la entrada del estuario, que le llevará al puerto interior de Aveiro.