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LA PRIMERA SINGLADURA

CAPITULO XVII

 

 La primera singladura.

 Poco tiempo quedaba para que el sol se escondiera bajo la alejada frontera que marca la línea del horizonte, la claridad iba cediendo su esplendor, dando paso a la penumbra, que poco a poco se iba comiendo la cada vez más débil claridad. Por la popa, mirando hacia la costa, ya se empezaban a distinguir las pocas luces y candelas que alumbraban los edificios de la ciudad y las cabañas del arenal. La línea de costa se iba confundiendo poco a poco con el fondo oscuro de un cielo en donde las estrellas y luceros comenzaban a anunciar su presencia. El Melpómene, navegaba alegre a una velocidad de corredera de unos seis nudos, aprovechando el viento que llenaba sus velas con un óptimo rendimiento.

Recordando tiempos anteriores en que Downfelt tenía arraigada la costumbre de navegar sin luces ni fanales durante las noches, sin permitir que ninguna luz sobre cubierta pudiera alertar a otros veleros que navegaban por nuestra zona, dí la orden a los marineros de mi cuarto de guardia, para que apagaran todas las lámparas y candelas sobre la cubierta que pudieran delatar nuestra presencia durante la navegación, el negro velamen además contribuía a camuflar el bergantín en la oscuridad de la noche.

No tardó en aparecer sobre la cubierta de toldilla Downfelt, la noche era oscura y sin un rastro de luz que lo guiara hasta mi posición de guardia junto a la bitácora, en donde un marinero atendía a mis órdenes gobernando con la doble rueda del timón.

Se aproximó a la bitácora, toco con sus dedos el cardan del mortero de la aguja magnética   para asegurarse que el velero seguía el rumbo marcado y seguidamente comprobar en cubierta que la tensión de los obenques era aceptable para poder enderezar el buque cazando velachos y cangreja de popa. No objetó nada en cuanto a los nudos de  velocidad del velero, aseverando que la velocidad no superaría los seis nudos, como marcaba la barquilla de la corredera.

Sus primeras palabras fueron para recordarme que las viejas costumbres, se hacen y son leyes a bordo, lo que evita que no se tenga que estar continuamente recordando a los tripulantes cuáles son sus obligaciones. Quizás este recordatorio obedecía a mi determinación de navegar a oscuras, como Downfelt tenía por costumbre, a pesar de que en la zona por donde estábamos navegando, la presencia de corsarios ingleses u holandeses no era frecuente, una costumbre de navegar sin luces que a él, le había evitado más de un sobresalto.

Me sorprendió el buen humor de Downfelt, en este primer encuentro sobre la toldilla, cuando apenas aun no había acabado mi primera guardia de mar.

Antes de zarpar, por lo general, los Capitanes ante la perspectiva de un largo viaje por la proa, los primeros días son los más incómodos, previendo tener que afrontar con sus inseguridades profesionales o personales los inciertos acontecimientos, sucesos imponderables propios del medio, una mar inestable en un largo viaje, todas estas circunstancias le predisponen a la preocupación. Un inicial conflicto emocional que trastoca y altera su comportamiento, apareciendo durante estos días el mal humor, un comportamiento que a menudo incomoda al conjunto de la tripulación.

Con el estigma de comenzar el viaje con mal humor, este se agrava además, al tener que zarpar con el corazón cargado de ausencias y un futuro incierto, por demás la falta de afectos o simplemente por no poder revivir los recuerdos vividos en el último puerto, con la preocupación de dejar atrás una familia o unas obligaciones, todas estas carencias y circunstancias, despiertan el malhumor que adornan todas tus actuaciones, contagiándose este mal a sus tripulantes más cercanos.

No era el caso de Downfelt, como experimentado y excepcional navegante, infundía seguridad y tranquilidad a sus tripulantes, tampoco nadie sabía si tenía una familia que pudiera justificar el mal humor, hasta en eso era excepcional. Quizás en este viaje, su buen humor se debiera al inolvidable recuerdo de su asistencia a la representación de “L´amore in ballo” de Paisiello, de cuyo disfrute todavía conservaba el regusto de una extraordinaria velada musical, que con seguridad le habría alegrado su estancia en La Coruña.

Dawnfelt, permaneció a mi lado, mientras se iba consumiendo la guardia de prima, me comento que durante los casi tres años de mi ausencia, las navegaciones habían sido tranquilas en cuanto a las actividades de los corsarios a pesar de haber sido acosados en las cercanías de las Islas de Bajamar, pero que la velocidad del Melpómene había sido suficiente para salvar la situación y conservar el buque y cargamento a salvo.

Ya era noche y el bergantín navegaba seguro a unas cuatro millas de la costa, todavía eran visibles las luces de las cabañas de pescadores de los pueblos costeros, luces que servían de referencia para navegar seguros y lo suficientemente alejados de las piedras y rompientes, que nos pudieran embarrancar.

Con todo trapo en el palo trinquete y cazadas las cangrejas del palo Mayor y de Mesana, aprovechando el viento fresco por largo, la corredera marcaba los seis nudos que nos empujaba hacia las tierras portuguesas, en donde Downfelt había contratado ya la carga de madera y vinos de Oporto para los hacendados y vegueros cubanos.

Después de comprobar la tensión de los estays y obenques de los tres palos, aprovechando el silencio de la noche, se dio un paseo por la cubierta de saltillo, de proa a popa en repetidas ocasiones, para desentumecer del frio su abrigado cuerpo del sereno de la noche, que ya era suficiente como para aconsejarle que en su camareta estaría más confortable. Pronto se retiró  a su camarote dejándome junto a mi timonel en la toldilla, vigilando el rumbo que la magnética marcaba, mientras tanto a cada cambio de giro de la ampolleta y el sonido de la campana nos iba indicando que el tiempo de guardia se iba consumiendo.

En la soledad de la guardia nocturna sobre la toldilla, los sentidos se agudizan, buscando con la mirada cualquier alteración que pudiera afectar a la navegación, así el ojo está pendiente de la vela y su barriga que forma el viento al incidir sobre el trapo, está pendiente de la tensión de la jarcia, en especial a la de barlovento, pendiente de los catavientos firmes en los obenques, o de cualquier señal o luz que aparece sobre el horizonte y entre cambio y cambio el oído despierto, atento para distinguir cualquier variación de la intensidad del viento, que te  obligue a cambiar la cantidad de trapo en cada uno de los palos.

También son los momentos en que cada piloto en su soledad se enfrenta a sus demonios, los que viven en su interior o a los afectos que dejaron en tierra, demonios que van y vienen, que cuando la tranquilidad de la mar te lo permite, te vuelven a asaltar.