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LAS ULTIMAS HORAS

CAPITULO XV

 

Las últimas horas.  

Habían pasado esos primeros momentos de incertidumbre, en donde se advierten esas extrañas sensaciones propias de los momentos importantes, de lo que se hablara en este primer encuentro con el Capitán, iba a depender mi futuro a bordo. La primera impresión que saqué cuando dejé tras de mí, cerrada la puerta del camarote de Downfelt, por decir algo, creo que fue aceptable, aunque me tendría que esforzar para no defraudar las insaciables ansias del Capitán, por tener todo bien controlado a bordo.

En esos momentos y obviando las insinuaciones de Downfelt, mucho más fuertes eran mis ganas de poder abrazar a Matías, el viejo cocinero, que se había comportado años atrás, como mi protector sin reservas. Los primeros pasos me llevaron a los fogones en busca de Matías, las brasas se conservaban vivas aún en su ausencia, lo que me hizo suponer que se encontraría en la gambuza o en los corrales a popa de la bodega de carga, no podía ser de otra manera.

El disimulo de ignorarme en el momento de mi embarque, ya no fue el mismo cuando esta vez nos encontramos. Aunque su actitud no fue tan efusiva como la mía, esperaba algo más, sentía que sus palabras eran de alegría, pero sus gestos no acompañaban a la emoción de sus palabras, estaba empezando a comprender que los consejos, más que advertencias del Capitán tenían su sentido y Matías lo sabía por su propia experiencia, inconscientemente me lo estaba demostrando, el agua y el aceite no se mezclan, a pesar de todo, me hizo comprender que siempre estaría bajo su protección.

Matías, continúo con sus quehaceres en la bodega, alimentando a los animales que formaban la pequeña granja para completar el matalote para la manutención de la tripulación, media docena de gallinas ponedoras, con su gallo, tres chanchos, cada uno de tamaño diferente, para ir sacrificando según su tamaño escalonadamente, una cabra con dos cabritillos, toda esta cabaña le daba una sobrecarga de trabajo que le aliviaba su joven marmitón.

El bergantín estaba finalizando su estancia en La Coruña, ya se había hecho la aguada, en cincuenta barricas que proporcionaba el “caño del bien” traído por el acueducto de Santa Margarita, hasta los aljibes del Malvecín en donde se envasaba, se completó el embarque de la cabuyería del taller de cordelería de Pedro Marzal, maromas, estachas, cabos y calabrotes, para renovar cargaderas, amantes, amantillos y jarcia menuda de labor, para entretener y ocupar a la marinería durante las largas navegaciones.

Aligerado el variado cargamento consignado para este puerto, consistente en sacas de azúcar habanero, cacao de Oaxaca, de la Nueva España, cuya cascarilla se secaba y tostaba en los tostaderos de Riego de Agua y que daban a la zona un agradable olor característico que tapaba los fétidos y malolientes olores provenientes de los estercoleros de la ciudad cuando soplaba el viento del Suroeste. Se descargó el tabaco de labor de arpilleras, capotes y paquetes de Cienfuegos, para su elaboración en las tabaquerías de San Diego, también se descargaron las balas de algodón consignadas para la fábrica de sombreros de la ciudad. Todas estas mercancías proporcionaban a los diferentes gremios de comerciantes, unos beneficios que contribuían al enriquecimiento de tratantes, comerciantes e intermediarios, además de los aranceles con que se gravaban, al enriquecimiento de la Hacienda Real, de la cual sus alguaciles eran en exceso eficientes en sus funciones.

El atardecer, estaba dejando paso a la oscura noche, todavía no se había puesto el sol, cuando Downfelt decidió dar a la tripulación una noche de descanso hasta el mediodía del día siguiente, al considerar que había por la proa mucho viaje que completar y quería que la tripulación tuviera la oportunidad de poder disfrutar de unas horas de descanso o diversión, ya que no tendrían otra oportunidad de divertirse durante mucho tiempo.

La tripulación se lo agradeció calladamente, con la convicción y la suerte de estar bajo el mando de un Capitán excepcional, al que correspondían aceptando ciegamente y con disciplina, todas sus órdenes sin cuestionar ni la forma ni el resultado de las mismas.

Era la última noche en La Coruña, Downfelt junto con su primer piloto de mar, quiso darse un último capricho, como aficionado a la Opera y al teatro, acudió al Teatro Municipal de Comedias y Operas situado en pleno centro comercial de la Pescadería, entre las calles Florida, Franja y Trompeta, para disfrutar de la representación de la obra “L´amore in ballo” de Giovanni Paisiello que representaba la compañía de Opera del Napolitano Nicola Setaro que se había establecido en la ciudad no hacía mucho tiempo.

La mayoría de los tripulantes decidieron gastar algunos de sus reales de plata y maravedíes de cobre en  pasar una noche memorable en las tabernas del puerto, en donde ahogar en alcohol sus ansias y frustraciones, otros quedaron a bordo, para reponer sus cuerpos del acumulado cansancio y yo aproveche para mitigar un poco el dolor causado por la futura larga ausencia, con un último beso a mis padres y hermanos.

En la despedida un padre calladamente afligido en su adiós, me puso en la mano un pito de contramaestre con su cadena de cuello y con su quilla grabada por un lado  “Jacobo” y en el otro lado de la quilla, los nombres de mis padres y hermanos, Alberto, Mónica, Alejandro y Claudia, grabados a troquel con letras más pequeñas, pero más grandes en su significado.

Mientras tanto el bergantín de las velas negras permanecía fondeado en la rada del puerto de la Coruña, bajo un manto de estrellas y la tranquilidad de las aguas calmas de la bahía, esperando la hora de zarpar.