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LA PALLICE, SEGUNDA ESCALA

 

CAPITULO XXXIX

 

La Pallice, segunda escala.

La marea había marcado el tiempo de salida del Melpómene del puerto de Vlissingen, había dejado de nevar, pero el frío era considerable y la tripulación requería de Matías con demasiada frecuencia, el calor de un tazón de sopas de mijo, para atemperar los cuerpos fríos, a lo que estaban poco acostumbrados, aunque el ron de caña, ayudaba también a superar estas inclementes temperaturas.

El día anterior a dejar el atraque, la revisión de las sentinas era como siempre una medida que el Capitán nunca dejaba pasar por alto y que ya no me necesitaba recordar, máxime en este puerto, donde las contracciones del maderamen del forro, a causa de las aguas tan frías, que podrían afectar las juntas de estopa entre las tablas de aparadura y al betún de calafate, que se solidificaba, pudiendo dejar poros que rompieran la estanquidad del forro del velero.

Al día siguiente, la tripulación, siguiendo las órdenes de los carpinteros de cada palo, se empleó en corregir y estopar las pérdidas de betún detectadas el día anterior, con un betún que Matías se encargaba de calentar en los fogones de su cocina.

Con el velero debidamente avituallado, con carne seca, salazones, verduras y agua suficiente para zarpar, el Melpómene sale de puerto entre los fanales de la bocana, poniendo un rumbo a poniente, ayudado por el empuje de una marea que todavía es vaciante.

Downfelt marca su derrota hacia poniente, sabiendo que en dos guardias de navegación, se va a encontrar con los bajos de West Hinder, en la medianía del canal, en donde el escandallo le marcará su presencia, con una sonda aproximada de diez brazas, resguardo suficiente para navegar con relativa tranquilidad, salvo que el mal tiempo lo sorprenda, lo que lo obligaría a cambiar su derrota para evitar la mar rompiente que se produce sobre estos bajos, cuando el mal tiempo se levanta.

Aunque el frío no ha cesado, la nevada en el puerto, se convierte en lluvia y chubascos de viento que mantienen el velamen del bergantín inflado y una velocidad que satisface al Capitán y a la tripulación al ver como el velero se dirige hacia latitudes más cálidas que acabarán con estos fríos, que atormentan sus cuerpos mal vestidos y mal calzados. Al mismo tiempo, los chubascos de lluvia y viento mojan las velas sacándoles el salitre remanente de tantos días de mar y malos tiempos pasados.

Al dejar por popa los bajos de West Hinder, Downfelt ordena el cambio de rumbo, gobernando su proa al rumbo magnético de 220º para dejar por su costado de estribor Dover y sus columnas blancas, la enmendada de la vela se realiza a golpe de silbato en un tiempo realmente rápido, que los contramaestres de los palos ven recompensados por una ración extra de ron.

Por el costado de babor nos acompaña el bergantín “Bucéfalo”, con sus dos palos guarnidos con todo el trapo, desde la trinqueta al sobrejuanete en el palo de proa y desde la mayor, sus dos gavias al sobrejuanete del palo de popa y su cangreja de gobernalle, navegando a una distancia aproximada de una milla náutica, compitiendo en velocidad, como si ambos capitanes quisieran competir en destreza, para sacar la mayor velocidad a su buque, una cuestión de orgullo profesional, que Downfelt no podía disimular y que su tripulación acabo adoptando como suya, como si de una carrera a las Indias se tratara.

La corriente que nos había empujado hacia el sur, ahora era en sentido contrario, por lo que la velocidad de ambos veleros se veía reducida ostensiblemente, a pesar de que todo el velamen estaba en los palos. Tampoco Downfelt tenía prisa, sabía que este tiempo se recuperaría al cambio de la marea.

Poco a poco el Bucéfalo se iba quedando por popa, para alegría y regocijo de nuestra tripulación, que sabía que la competición la ganaría nuestro Capitán, al que consideraban como un marino experto y difícil de superar.

Al llegar el ocaso, cuando la noche empieza a encender las estrellas que a duras penas se pueden todavía observar entre los agujeros que dejan las nubes propias del invierno, Downfelt, fiel a su costumbre de navegar a oscuras, manda apagar todos los candiles y fanales de cubierta, haciendo desaparecer su buque en la oscuridad de la noche ayudado por sus velas negras, posiblemente haciéndole creer al Bucéfalo que el Melpómene es un buque fantasma.

Ininterrumpidamente se van consumiendo las singladuras y mi Pañuelo Blanco, cada vez con más insistencia, va ocupando mis pensamientos en mis momentos de ocio, que son pocos. Cada día que me acerca a los míos, la ansiedad es mayor, ansiedad que me ayuda a olvidar las penurias de los trabajos a los que ya me he habituado. En su sobada funda de badana, el pañuelo está más amarillo que nunca, pero su escritura todavía conserva la frescura que Matías había conseguido con su tinta de calamar.

Al amanecer, el Bucéfalo ya había desaparecido de nuestro horizonte y Downfelt ponía la proa en busca de la Isla de las Mujeres, derrota que nos llevaría hasta el próximo puerto de La Pallice, para dejar parte del cargamento consignado para nuestros fletadores franceses.

En su derrota hacia este puerto el Melpómene había dejado por popa las islas de Sein y Le Pale Bangour, hasta encontrar por la proa la isla de Re, conocida como la isla prisión en donde los presos de todas las condiciones purgaban sus penas, antes de ser deportados a las colonias, cuando no eran condenados a muerte.

Dejando por popa la isla de Re, cayendo a babor, nos encontramos a pocas millas el puerto de La Pallice, antepuerto del puerto de La Rochelle, el puerto negrero más importante de Francia, después de Nantes, en donde el comercio de esclavos, movía grandes negocios, además de su particular mercado de pieles procedentes de los puertos canadienses, del bacalao procedente de Terranova, además de mover mercancías tan importantes como vino y sal, que permitían a sus habitantes disfrutar de un nivel de vida acomodado, además de ser una ciudad libre con privilegios políticos y fiscales, que la diferenciaban de otros puertos franceses.

La derrota hasta el fondeadero de La Pallice, es clara, a medida que el bergantín se va aproximando, el trapo de la arboladura, se va aferrando y facheando las velas altas, para ir disminuyendo su velocidad, hasta conseguir parar su arrancada a cinco cables del atraque. Al dar fondo a tres grilletes de su cadena de estribor, se aferra todo el trapo, quedando la arboladura a palo seco. Al mismo tiempo, la cadena que ayuda a parar la arrancada del Melpómene, quedamos finalmente aproados al poco viento que sopla en la rada con los tres grilletes de cadena llamando ligeramente por largo.

Poco tarda en abarloarse la falúa del puerto con sus alguaciles, para valorar las tasas que devengan las mercancías que se van a descargar, como primer trámite antes de recibir el permiso de atraque en el muelle de este puerto.

No hubo que esperar mucho para que la Gendarmería nos concediera el atraque en el muelle de Saint Marc, en donde se descargaron las mercaderías consignadas para este puerto, treinta sacas de azúcar, cincuenta balas de algodón, veinticinco barricas de ron, seis sacas de vainilla, dos sacas de café y dos sacas de cacao, una descarga que se completó en dos días de trabajo. Al mismo tiempo se embarcaron varias cajas de madera bastante pesadas, estibadas en el plan de la bodega entre los toneles de ron que todavía quedaban a bordo con destino a La Coruña, presumiendo que su contenido celosamente mantenido en secreto por Downfelt, serían herramientas de labranza para los puertos africanos, en donde eran requeridas y apreciadas como bienes necesarios. Este poco tiempo en el puerto, me permitió, con el permiso de Downfelt, poder saltar a tierra y perderme por sus estrechas callejuelas, entre los ocres y blancos edificios medievales con sus entramados de madera, como soportes de su verticalidad y división de sus dos plantas, callejuelas cubiertas con arcos por donde deambulaban toda clase de gentes, desde los refinados gentilhombres con sus empolvadas pelucas a bordo de sus carruajes de tiro de caballos, evitando el barro de las rodaduras, hasta pescadores y gentes de otros oficios que buscaban su sustento en los muelles en donde las exóticas mercancías que entraban por sus atraques, atraían a comerciantes de todas clases para multiplicar sus beneficios.