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LAS COLUMNAS BLANCAS DE DOVER

 

CAPITULO XXXVI

 

Las columnas blancas de Dover.

No se había equivocado mucho  Downfelt en la hora estimada del avistamiento de la Isla de las Mujeres. El serviola desde su cofa, a media guardia de alba, entre la neblina del amanecer, en la distancia avista las luces de teas y hachones de las cabañas bajas de la playa, en donde los habitantes de estas islas, comenzaban a recibir a sus pescadores en sus boejers y bargas con su carga de arenques para su secado y salazón o enviar  a los mercados de las villas de la Bretaña continental, como a Le Four o Saint Mathieu, para enviarla a los pueblos del interior.

A partir de este momento, los silbatos de los contramaestres de cada palo, comienzan a dar las órdenes de guarnir el velamen para modificar el rumbo con la mayor premura de que eran capaces, para evitar llegar a una situación tan peligrosa como el tener los bajos y farallones de Bretaña demasiado cerca por sotavento.

La prioridad de Downfelt en estos primeros momentos es gobernar su bergantín a un rumbo de alejamiento de las rompientes de la costa, navegando por la medianía del canal, teniendo a la vista las costas de la Bretaña por Estribor y las costas inglesas por Babor, asegurándose una navegación segura, en previsión de las fuertes derivas producidas por los cambios de marea y las corrientes que te aproximan a los bajos cercanos a la costa.

Poco a poco y ayudados por la corriente, el Melpómene se acercaba a la medianía del canal, por donde navegaban la mayoría de los galeones, fragatas con su artillería asomando por sus troneras, bergantines, goletas, sin duda para asegurarse la tranquilidad de una navegación, que en estas aguas con mal tiempo, suele deparar desagradables sorpresas si no se está con ojo avizor.

Las Sept Isles iban quedando por la aleta de estribor, la mar había calmado y ya tenía ese color parduzco y marrón propia del fondo de fango y arena cuando la mar está revuelta, el escandallo del piloto de guardia iba cantando las sondas, al menos dos veces por cada ampolla de guardia, salvo que el vigía del palo trinquete, divisara por la proa, la espuma de romper la mar que anunciaba la presencia de un bajo de arena o cualquier piedra que la vista no detectara.

El viento fresco inflaba el trapo, dándole al bergantín una velocidad que mantenía constante, controles que la corredera confirmaba en cada largada, y que el piloto de mar de guardia anotaba en el cuaderno de bitácora para que Downfelt pudiera comprobar los cambios de marea, sabiendo que cada seis horas y diez minutos, se produciría el cambio y repunte de cada marea, lo que le permitía calcular una llegada estimada la puerto de destino Vlissingen.

Había dejado por popa la isla de Guernesey, con sus agujas de piedra, en donde rompía la mar con gran estruendo y formando cortinas de espuma que advertían de su peligrosidad, todavía se veían en sus rompientes, restos de algún naufragio anterior, que posiblemente debido a la dificultad de llegar hasta sus proximidades, la tripulación habría sufrido la implacable fuerza y persistencia de una mar que no da muchas oportunidades para salvar las vidas y mucho menos las cargas, que con suerte, la misma mar devolverá los cuerpos y restos del velero, las trazas de la carga que transportaba, apareciendo al cabo de unos días y que la gente de la costa, tratara de honrar y sacar provecho de tanta desgracia.

La navegación por el Canal de la Mancha, no deja de tener su dificultad, al tener que luchar con la deriva que producen las corrientes, que alejan al bergantín de su derrota, engañando al piloto de mar, lo que le obliga a mantener una vigilancia constante de los puntos de costa y asegurándose con su escandallo el agua que hay bajo la quilla, al mismo tiempo su tripulación en alerta constante para modificar el trapo en el menor tiempo posible.

Poco a poco y ganando norte Downfelt al dejar por el costado de estribor las piedras de Alderney, y el Cabo de la Hague, rectifica el rumbo poniendo la proa hacia el angosto paso de Calais, que los ingleses llaman Dover, yo estaba recordando las palabras de Matías, cuando me decía que en la costa Inglesa, se veían las Columnas Blancas, que servían de marca para los Marinos de llegar al punto más cercano entre las tierras del Viejo Continente, con las isla Británicas, era otra de las curiosidades que me quedaban por satisfacer.

La rutina de la navegación de los trópicos ya empezaba a ser algo olvidado, cada poco tiempo comenzaba la sinfonía de los pitos ya del oficial de mar como de los contramaestres de cada palo, los descansos nocturnos, estaban sujetos con demasiada frecuencia a las interrupciones propias de una navegación más intensa, en donde los peligros no duermen, acechando a la seguridad del velero, en forma de mal tiempo, corrientes y mareas.

Por fin, después de tan larga navegación, Matías me advertía de la presencia en la lejanía sobre el horizonte por babor, de las manchas blancas de Dover, que con el resplandor del sol, aumentaba mi sorpresa ante tan mágico espectáculo.

Poco a poco, la magnificencia de estos muros blancos, de roca caliza de Creta, que parecían los gigantes garantes y custodios, de la entrada a las islas inglesas, con su altura sobre el nivel de la mar, un autentico baluarte para la defensa de sus tierras y hombres, visible desde las costas francesas, cuando la bruma propia de estos mares, lo permite.

El mismo día el bergantín alcanzo el angosto paso del Canal de la Mancha, dejando por el través de babor, las blancas paredes de Dover, un nuevo cambio de derrota ordena Downfelt, estando ya muy cerca de su destino, teniendo que sortear los bancos de arena de Ruytingen que se interponen entre el bergantín y la desembocadura del rio Escalda, en donde se encuentra el ansiado puerto de Vlissingen, primer puerto de destino para dejar parte del cargamento de la bodega de Melpómene.