.

LAS ISLAS DE BAJAMAR

 

CAPITULO XXVIII

 Las Islas de Bajamar

Volvieron los sonidos olvidados de los malos tiempos, cuando el zoar de las drizas, escotas y estays por la fuerza del viento, te ponen en tensión, cuando el sonido de los palos al forzar sus fogonaduras te advierten de que el viento eVs el dueño del velamen del buque, teniendo que arriar el trapo suficiente como para poder gobernar la nave sin someterla a unos esfuerzos que desconoces, tan solo el sonido, la dirección del viento y la mar embarcada, te dictan la maniobra a seguir, si no quieres poner en peligro las vidas de tus hombres y el negocio de tus protectores, o explotadores, según como se plantee esta situación. Es cuando se ponderan las condiciones de templanza del Capitán, que, en tantas ocasiones, con el contacto tan cercano de la furia de la mar, advierte una apreciación sincera y realista de la fragilidad del hombre ante las fuerzas de la Naturaleza, a la que hay que adaptarse irremisiblemente y si no, naufragar.

Habían pasado ya dos singladuras desde la salida de La Habana. La decisión de Downfelt de zarpar poco antes de la puesta del sol, sin duda esa primera noche le sirvió para esconder su derrota en la oscuridad de la noche, por si alguno de los buques atracados en este puerto estuviera al acecho y caza del Melpómene o cualquier otro velero que saliera de este puerto. Downfelt disfrutó del acierto de su decisión así como haber cambiado el color del velamen, al comprobar, durante la primera noche, el mimetismo de la tela confundiéndose con la oscuridad de la negra noche.

El Melpómene se mantenía desde su salida de La  Habana, gobernando a un rumbo norleste,  aprovechando las corrientes que lo llevarían a cruzar el cinturón de las Islas de Bajamar, y entrar de lleno en el Océano Atlántico, pero esta derrota le parecía a Downfelt demasiado arriesgada, ya que estas islas, un archipiélago de más de setecientas islas e islotes, eran el refugio de piratas y bucaneros, desde donde salían a la busca y espera de los galeones y veleros que se alejaban del Caribe, con destino al Viejo Continente.

Matías, que todavía tenía la facultad de sorprenderme con sus conocimientos, me decía que Downfelt, todavía mantenía y usaba los nombres de sus viejas cartas de navegación, en donde se conservaban la mayoría de los nombres dados por los descubridores y conquistadores españoles de las Islas de Bajamar, que los ingleses denominaban Bahamas, por la dificultad que les suponía el pronunciar la “j” de Bajamar, por lo que en las cartas del Almirantazgo inglés pasaban a denominarse como Islas y Archipiélago de Bahamas.      

Al tercer día de mar, había tomado la decisión de abandonar esta ruta de cruzar el gran cinturón de las Islas de Bajamar, procediendo hacia el norte un busca del canal de La Florida, entre la Florida y la Gran Isla de Bajamar, desplazándose con las corrientes que lo llevaban hacia el norte, en donde las temperaturas casi primaverales, acompañarían al bergantín, al menos un par de días, que estimaba el Capitán, sería cuando al dejar por estribor la Gran Isla tendría que circunnavegar por el norte el mar de los sargazos y poner ya definitivamente la proa hacia Santa Cruz de la Graciosa en las islas puente de las Azores.

La navegación por el Canal de La Florida, tenía preocupado a Downfelt, sabía que había muchas posibilidades de ser acosado o perseguido por cualquier tipo de piratas que patrullaban por esta zona de navegación y que formaban parte de La Cofradía de los Hermanos de la Costa, zona del Canal de La Florida, por donde eran habituales las navegaciones de los buques de las colonias británicas o francesas de los Estados del norte con los puertos del Caribe.

Finalizada la guardia de tarde, habiendo ya sonado las ocho campanadas, que anunciaban el comienzo del primer cuartillo, la visibilidad de un mediodía claro y sin nubes, comenzó a volverse más nuboso, sin duda por la humedad que proporcionaba el aire caliente del sur y además con el choque de las aguas frías del canal de La Florida, que se encontraban con la corriente caliente que procedía del Caribe, paulatinamente un manto de calima fue difuminando la línea del horizonte, como queriendo ocultar al posible intruso que pudiera abordarnos, lo que obligaba a los pilotos de navegación a mantener la cofa del mastelerillo del palo mayor permanentemente ocupada por el atento serviola, con el fin de avisar con premura, de cualquier buque sobre el horizonte, para escapar de un posible abordaje sorpresa por parte de los piratas de La Cofradía de los Hermanos de la Costa.

Las posibilidades de un abordaje sorpresa, a medida que la tarde se iba consumiendo, a Downfelt, cada vez que lo pensaba, más improbable le parecía, pensando que con las pocas horas de luz que quedaban y con la distancia que calculaba que habría desde que asomara la perilla del palo mayor sobre el horizonte hasta el alcance de una de las balas de sus cañones a nuestro costado, calculaba que tendría el tiempo suficiente para que el abordaje se produjera en la noche, lo que le daría la oportunidad al Melpómene de que, antes de producirse el abordaje, la noche lo ocultara de su vista, aprovechando el nuevo velamen adquirido en La Habana.

Los piratas no descansan, ni de día ni de noche, suelen ser insistentes en sus presas y no los abandonan hasta que los abordan, no respetan a los infortunados marinos que caen en sus abordajes, siendo su crueldad implacable y con más saña con aquellos que más complicado hacen su abordaje y toma del buque. Sabía que eran hombres de armas, profesionales del crimen y que no les darían ninguna oportunidad a él y a su tripulación si no evitaba el abordaje. Eran criminales y marinos de las flotas de las armadas de sus países que, al haber sido despedidos, buscaban su supervivencia en los buques piratas que se dedicaban a la rapiña de los buques mercantes que se cruzaban por su proa. Utilizaban buques pequeños y rápidos, su eficacia consistía en mantener sus cascos limpios de algas e incrustaciones, lo que les permitía unas velocidades que dejaban cortos a los pesados galeones o veleros de mayor tonelaje, que irremisiblemente, eran abordados. No solían utilizar los cañones para no dañar el casco del buque abordado, ya que el mismo buque, la mayoría de las veces, era parte del botín, en pocas ocasiones usaban el alza de tiro alta para derribar los palos y dejar el buque sin gobierno, facilitando el abordaje y la lucha cuerpo a cuerpo, que comenzaban con el lanzamiento de grandes chinchetas de tres púas sobre la cubierta para herir los pies habitualmente descalzos de los tripulantes del velero abordado, dificultando la defensa e hiriendo e inutilizando a los marineros abordados. Seguían con el disparo de sus pistolones, trabucos de un tiro y finalmente, la lucha cuerpo a cuerpo, con sable, mazas, hachas, etcétera, que ante la furia de sus ataques, poco podían hacer los tripulantes abordados, todo esto lo quería evitar Downfelt, sabiendo que una vez detectados por estos piratas, solo su astucia podría salvarlos.

Yo, desde la tranquilidad de mi ignorancia en asuntos de piratas, recordaba que, si había una posibilidad de hacer frente a un abordaje y que esperaba que nunca se produjera, no querría tener que hacer uso de aquella navaja de marinero que Downfelt me había regalado, cuando me aceptó como miembro de su tripulación.