NOVELA

EL VIAJE DE UN PAÑUELO BLANCO

Os presento el capitulo VIII de mi proyecto de vovela-relato  de un bergantin-goleta en uno de sus viajes que se conocían como "Viajes Triangulares" durante los siglos XVII y XVIII.

Con la idea de acabarlo. 

 

CAPITULO VIII

 

En calma de mar no creas, por sereno que lo veas.

 

Con el Cabo Blanco por el través de Babor, el Melpómene continuaba su periplo, navegando con proa al sur, con una débil ventolina que parecía insuficiente para llenar las velas, la velocidad apenas alcanzaban los dos nudos, por lo que había que aprovechar cada palmo de la vela largada para mantener la poca velocidad avante a la que navegaba, velocidad apenas suficiente para gobernar el buque al rumbo  180º, derrota a navegar hasta tener al través el Cabo Verde.

Para aprovechar el escaso viento, Downfelt  ordena montar en el palo trinquete los tangones en las vergas de velacho y juanete, para aparejar la velas de ala de velacho y de ala de juanete, por las bandas de babor y estribor,  así como aparejar la vela rastrera de la trinqueta, con el fin de aprovechar al máximo la ventolina y ganar un poco de velocidad. Considerando que la perspectiva a la calma total, sería arriar los dos chinchorros y tratar de remolcar el Melpómene a base de la fuerza de los remeros, hasta alcanzar alguna zona con viento.

Los tripulantes estaban inquietos por la falta de viento, pensando en la posibilidad de tener que remolcar el buque a base de remos, sufrimiento de sobras conocido por todos  ellos, al ser un recurso habitual en las aproximaciones a los puertos y aguas calmas tropicales.

Durante este tiempo de navegación con viento flojo, la vida de los tripulantes seguían con su rutina, los marineros haciendo reparaciones en la jarcia, ensebando las velas secas, baldeando la cubierta, los carpinteros reponiendo las cabillas perdidas en el ultimo temporal, en la cocina Matías seguía con la rutina de hacer galletas para la tripulación y que nunca eran suficientes.

Downfelt sabía que la falta de viento iba a afectar a la tripulación, tarde o temprano despertarían en los tripulantes, las supersticiones y fantasmas que duermen en sus mentes, fantasmas que existen  en todas las culturas y desde todos los tiempos, que se despiertan para justificar lo injustificable y hallar un trágico remedio para salir de situaciones que se alejan de la cotidianeidad en la que se vive, fantasmas que reviven cuando la normalidad se rompe siendo necesario descargar en alguien la furia de la frustración por la desgracia que se está viviendo.

El capitán, para evitar lo que se le venía encima, con la idea de dominar una situación de posible amotinamiento, ordena a Matías doblar la ración de ron a cada tripulante, con la intención de calmar las voluntades de los posibles amotinados, contando con las dotes de convicción de sus tripulantes de confianza, pilotos y maestranza, todos los demás eran sospechosos de amotinamiento, como lo confirmaban las incipientes casos de trifulcas y peleas entre ellos, al principio solo amagos pero en los casos más serios ya habían a salido a relucir los filos de sus navajas marineras, que aunque carecían de una afilada punta, rasgaban la carne con demasiada facilidad.

Yo mientras tanto, sufriendo de los calores, olores y humedades del sollado, bodega y sentinas, haciendo mi obligado recorrido diario por los tenebrosos fondos del buque, buscando los pestilentes cadáveres de las semidevoradas ratas que escondía Harvey, nuestro felino domestico, que sin saberlo nos estaría evitando más de una enfermedad.

Las sentinas desde hacía unos días aconsejaban reachicar las pestilentes y podridas aguas que contaminaban el aire interior del buque, aguas que había aumentado su nivel, posiblemente debido a la mar embarcada en el pasado temporal y que Catón consideró además, la posibilidad de existir alguna filtración de la mar entre las tablas de aparadura del pantoque ya por falta de brea en las estopas de cáñamo ó por alguna incrustación orgánica entre las cintas del forro del casco. Downfelt al conocer esta situación en las sentinas, comenzó a sospechar que la broma (1) ya había hecho su aparición en el maderamen del forro, lo que supondría tener que varar el buque en alguna playa para la substitución de las cintas del forro dañado, una nueva preocupación que empezaba a Downfelt a quitarle el sueño.

Pasaban las guardias, y los toques de campanilla del timonel, no hacían más que recordar la falta de viento, el velamen continuaba colgado en sus perchas como muerto, los ruidos permanecían callados, esperando que la voz del serviola desde su cofa, anunciara alguna zona sobre el horizonte donde la mar mostrara el rizado que dibuja el viento sobre la superficie, mientras tanto la inquieta tripulación, aguantaba resignada esperando la orden de arriar los botes para empezar a remolcar el robusto bergantín, hacia ningún lugar en busca de viento.

Había llegado el momento de tomar una determinación, Downfelt no veía ninguna señal sobre el horizonte que le indicara que el viento no tardaría en soplar, no esperó más y ordenó al segundo y tercer piloto tomaran el mando de cada uno de los botes con ocho remeros por cada bote y se colocaran amarrados por proa, con un cabo por cada escoben. En el silencio de la calma solo se oía el silbato del segundo piloto marcando el sincronizado ritmo de paleo de cada bote, para aprovechar al máximo el esfuerzo de cada golpe de remo. En el alcázar, Downfelt parecía empujar con sus pensamientos su pesado bergantín-goleta, que poco a poco, el tajamar iba abriendo un cansado surco sobre la llana mar.

Comenzaba a anochecer, el crepúsculo ya empezaba a mostrar las primeras estrellas, cuando comenzaron a flamear las velas del Trinquete, anunciando que la calma había empezado a morir, era el momento de recuperar a bordo ambos botes y sus agotadas tripulaciones, que con las mermadas fuerzas que aún les quedaban, apenas les daba para gatear por la escala de gato y alcanzar la cubierta.

Downfelt, pensaba si tanto esfuerzo habría valido la pena, para mover en tanto tiempo, tan poca distancia, que calculaba en no más de de dos leguas, sabiendo que los cuerpos cansados de sus marineros tendrían tiempo para recuperarse, con su doble ración de comida y ron, pero al menos había conseguido disminuir la distancia que le acercaba a su destino.

Poco a poco, se fueron inflando las velas, el sonido del flameo inicial de el velamen dio paso al ruido sordo que hace el aire al  llenar el trapo, el sonido del crujido de los palos sobre sus fogonaduras, los sonidos de los estallidos de los obenques y estays de cada palo aguantando la verticalidad de la arboladura, la normalidad deseada en las horas de calma anteriores, llego con el viento, que poco a poco fue alimentando la tranquilidad de los tripulantes, sobre todo al notar como el viento con olor al salitre de la mar ya refrescaba sus rostros.

La costa baja y arenosa de estas latitudes, peligrosamente llamaban al bergantín hacia sus orillas en busca del contacto visual de los serviolas, Downfelt aprovechaba al máximo el viento con las escotas de las cangrejas cazadas y el timón compensando la proa, para mantener un rumbo sur cuarta al sudoeste, el serviola marca por la proa a unas dos leguas  en las proximidades de la derrota del buque, una flotilla de cayucos lanzando sus redes, lo que le advierte al Capitán, que su presencia anuncia el poco fondo en la zona por donde está navegando, manda lanzar el escandallo ensebado por proa, que anuncia cuatro brazas de agua bajo la quilla y fondo de arena, como mostraba el plomo ensebado del escandallo, manda gobernar a estribor para salirse de los bancos de arena, sacrificando la seguridad de la vista de la costa, por la seguridad de un fondo con más resguardo para el buque.

La cocina a bordo estaba funcionando sin descanso, además del rancho para la tripulación, Matías no paraba de hacer galletas de mijo, que acumulaba en unos barreños estancos a la humedad y que mantenía cerca del fogón, para que el calor las resecara, para conseguir endurecerlas  y así, conservarlas por largo tiempo.

Después de tres semanas de navegación, el agua que no se había consumido comenzaba en sus barricas a mostrar signos de descomposición, pudiéndose aprovechar entre un tercio y dos tercios de la totalidad, por lo que comenzaba a planificarse el racionamiento reduciéndose a tres acetres diarios, que Matías llevaba a rajatabla, dando al primer piloto cumplida relación del gasto diario y reserva del agua en barricas. Para cocinar, Matías ya empezaba a usar agua de mar para sopas y calderos, lo que suponía un drástico ahorro del agua dulce para el consumo de la tripulación. Las salazones y carnes secas, comenzaban a menguar por lo que el racionamiento de la comida pronto se comenzaría a aplicar, todavía se estimaban dos semanas de navegación por la proa, si el tiempo lo permitía.  

           

 (1) Broma - Teredo Navalis, molusco invasor, parasito de la madera