La Coruña 25.11.2017

MAL TIEMPO

 

Es curioso como a los marinos, le resulta sumamente fácil olvidar los malos ratos, miedos e incomodidades, ocasionados por los malos tiempos y temporales, que han tenido que tragarse con asiduidad, en esas travesías entre puertos, que constituyen su modus vivendi y que por la asiduidad o por las circunstancias de navegar, según las épocas del año o zonas más proclives a los malos tiempos, llegan a ser consideradas estas situaciones, como normales, teniendo el marino que adaptarse a una singular manera de vivir, que no tiene nada de natural, si consideramos que bajo sus pies, el equilibrio estático no existe, teniendo que adaptarnos en nuestros movimientos a un equilibrio dinámico, que cuando se domina, la sensación de mareo desaparece junto con las  incomodidades que este “mal de mar” nos produce en el cuerpo y que altera nuestro ánimo, sin duda como un mecanismo de supervivencia, para enfrentarse nuevamente a futuras situaciones de mal tiempo. Cuantas veces, yo diría que siempre, después de una mala travesía, al pisar el firme del atraque, se produce el borrado en la memoria, de los efectos del temporal recientemente pasado.

He tenido compañeros proclives a defender la idea de que navegar con buen tiempo no es navegar, que los malos tiempos son consustanciales a la normalidad de la vida en la mar,  y que  para disfrutar de la mar en toda su plenitud, es necesario padecer los inconvenientes de los temporales, desde mi punto de vista, creo que navegar con “sol y moscas”, disfrutando de los mares en calma, de los incomparables cielos nocturnos en alta mar, sin polución, que te permiten reconocer las olvidadas constelaciones, distinguiendo hasta las estrellas de cuarta magnitud, los crepúsculos, ortos y ocasos, navegar a la vista de costa con buena visibilidad, con  los delfines por la roda marcándote el rumbo a seguir, lo veo más gratificante  que hacerlo con mal tiempo.

Naturalmente que hay que aceptar esta posibilidad de navegar con malos tiempos, familiarizarse con estas situaciones de latente peligro y distinguir  y diferenciar entre las diferentes categorías de los malos tiempos, como los cataloga Beaufort en su escala, y tomar las medidas adecuadas para no llevarse desagradables sorpresas durante o después de la travesía por los efectos causados por el mal tiempo.

Los marinos que han pasado un temporal duro, reconocerán que todos sus sentidos están en alerta, al ciento cincuenta por ciento de su capacidad, con la maquina en “Stand By”, no se les escapa cual es el origen de cada ruido o rumor que se oye durante el temporal, reconocen la velocidad del viento por la intensidad de su zumbido, diferencian el cambio de revoluciones del motor en cada embestida de la mar sobre el buque, esperan cada pantocazo en su justa medida, a pesar que a veces nos sorprende la fuerza de la mar, cuando el pantoque golpea el valle de la ola, que nos desorienta en la calibración de las vibraciones producidas por el propulsor y con posterioridad nos deja el cuerpo con la desazón propia al habernos equivocado en nuestros cálculos sobre el comportamiento del buque, sin duda, porque desconocemos en realidad cual es la autentica fuerza y poder de la mar. Solo la temporalidad de las guardias en la navegación, marcan un poco el paso del tiempo, para reponerte de la tensión y cansancio que produce el estado permanente de alerta, que estás viviendo por causa del temporal, que se suelen medir por días, a pesar de que es realmente cada golpe de mar y sus salseros rompiendo en el frontis de la superestructura lo que marca los tiempos y que a medida que van pasando, te alertan que con seguridad es un golpe de mar menos que te queda, hasta llegar a puerto.

Como colofón solo hay que recordar la regla de oro del marino “evitar la tormenta” y mantener con seguridad el buque y tripulación.   

Fernando Saiz C.M.M. / La Coruña 25.11.2017