14 Mayo 2017

5 KILOS DE AZUCAR

5 KILOS DE AZUCAR

 

 

Es cierto que los marinos tenemos bastantes oportunidades para sorprendernos con situaciones y acontecimientos singulares, que se presentan a lo largo de nuestra vida, que nos marcan para siempre, o que al menos, no nos dejan indiferentes.

Lo del título de este artículo, tiene su razón de ser, ya que 5 kilos de azúcar puede ser el valor de una vida.

No era la primera vez que el BLUE SEA, matricula de Limassol, bandera de Chipre, descargaba en el puerto Nigeriano de Port Harcourt (Potaco, para los nativos, una mezcolanza de diferentes etnias que conformaban en su mayoría la población Nigeriana, que después de la guerra civil político – étnica de Biafra  entre 1967 y 1970, estableció la hegemonía de los Igbos, sobre los Yorubas y los Hausas).

El acceso a este puerto Nigeriano, se hacía remontando el rio Bonny, donde normalmente se fondeaba en la bocana del rio, hasta recibir la orden de proceder a Port Harcourt, puerto fluvial, rio arriba y en donde habitualmente se fondeaba hasta que el atraque quedara libre. Debido al tipo de carga que transportábamos, nuestra espera era más o menos corta, no como los buques de cemento o cargas de gráneles, que permanecían por periodos largos en el fondeo, sin duda para evitar los robos de carga, siendo para el cargador o dueño del cargamento, más rentable pagar el fondeo y gastos de puerto del buque, si lo permitía la Póliza de Fletamento, que perder la carga  almacenada en los tinglados del puerto.

Nuestras cargas era lo que antes se denominaba como “Carga General”, conformada por diferentes tipos de mercancías, como ropa, cerveza en cajas, azúcar en cajas o saco, carne enlatada, electrodomésticos, conservas etc. todas ellas muy apetecibles a los amigos de lo ajeno, hoy en día los containers acabaron con este sistema de transporte.

Por la naturaleza del cargamento y por la experiencia de viajes anteriores, las guardias de fondeo en el rio, antes de proceder al atraque y especialmente durante la noche, se hacían con guardias reforzadas, ya que no era la primera vez, que los nativos subían a bordo por la cadena del ancla y te dejaban el pañol de pinturas a pesar de los candados, medio vacío, cuando no se llevaban alguna de las estachas de cubierta para atracar el buque.

Ahora pasado el tiempo, me cuesta mucho encontrar una explicación para entender la inconsciencia de repetir estos viajes, sobre todo teniendo la posibilidad de embarcar en otros buques con menos riesgos para la integridad personal, aunque las condiciones salariales y los extras de este tipo de viajes, que eran bastante favorables, no compensaran los riesgos en este tipo de puertos.

Una vez atracado en este puerto fluvial y acordadas las condiciones de descarga, esta se hacía enteramente por los estibadores del puerto, naturalmente se hacían con los medios de abordo, puntales, plumas trabajando a la “Americana” todos ellos expertos manipuladores, solamente cuando se paraban las maquinillas o cualquier problema con aparejos y jarcia, intervenían los tripulantes de abordo, así se realizaba la descarga bajo la vigilancia de cuatro militares armados con sus respectivos kalasnikov AK-47, situados en la cubierta de carga, dos a proa y otros dos a popa de dicha cubierta,  vigilando los movimientos de los estibadores que manejaban los puntales, que con demasiada frecuencia dejaban caer las lingadas de cajas de cerveza, sobre el muelle, para regocijo y pillería de la gente que observa y que estoy seguro esperaban estos hechos para aprovechar la situación y llevarse alguna de las cervezas sanas que se podrían salvar, después venían los castigos, que ejecutaban los guardias nacionales sobre los raterillos, que eran muchos y de todas las edades, castigo que consistía en hacer una alfombra con los cristales de las botellas rotas, y con unas varas largas de unos dos metros, les fustigaban para hacerles correr descalzos sobre los cristales rotos, situación de rapiña, motivada como una manera de subsistir y más en esta época posterior a la guerra civil reciente.

Durante la noche, se cerraba el puerto, sin duda para evitar robos y desperfectos, a pesar de todo, a bordo se mantenían las guardias reforzadas por la tripulación y además se disponían de uno o dos “Guachimanes (watchmen)” como servicio obligatorio del puerto y que tenían la habilidad de confraternizar muy pronto con la tripulación,  proporcionándonos valiosa información del puerto y sus antros a donde no había que ir, en donde y como comprar marfiles y otros souvenirs…, y en los muelles, los vigilantes eran militares de  la Guardia Nacional Nigeriana.

Durante este periodo nocturno, no era extraño, que alguno de estos militares, subiera a bordo para tomar algo caliente, un bocadillo, o lo que se terciara, en fin de estas conversaciones, recuerdo que me instruyeron sobre las maneras de distinguir entre la gente de los muelles, las distintas etnias, por las marcas tribales en sus caras, así como algunas palabras en Yoruba, como:   Mo wa lenu isé – Estoy de guardia.  /    Ore mi  -  Amigo mio  / Wa nibi – Ven aquí.  /  Lyawo mi  - Mi esposa /  Lya mi  -  Mi madre  / Baba mi -  Mi padre / Oga mi – Mi capitán /  Bo sé danu niyen – Me estás fastidiando.   /  Kini orukoré  -  Como te llamas? .Todavía conservo  mi libreta de notas con algunas frases más utilizadas para salir del paso…… en fin, al final no son más que una anécdota, que no me sacaron de ningún problema. 

Una de esas noches, estando paseando por la cubierta, dieron la alarma a la Guardia Nacional, al detectar en los muelles gente robando mercancía descargada de nuestras bodegas, por lo que baje al muelle por la plancha, viendo hacia la popa del buque, y sobre el muelle, pegados al cantil, un Guardia  Nacional, con su AK-47, apuntando a dos negritos, jovencitos, con una caja de azúcar de 5 kgrs, cada uno, mi situación no era más alejada de unos 4/5 mtrs. de donde estaban los negritos gritando que no les dispararan, todo en vano, el guardia disparó a uno de ellos, mientras tanto el otro, se tiró al rio, desapareciendo en la oscuridad entre el buque y el muelle, quiero creer que la oscuridad y la fortuna le salvó, a pesar de los disparos que el guardia hizo hacia el rio. Al cabo de un rato se acercó un Jeep del ejercito con cuatro militares más, supongo para reforzar la situación tan esperpéntica para mí, uno de ellos le decía al vigilante que disparó, que se quedará con el cuerpo del joven y vigilando las cajas de azúcar, como justificante de este hecho, a mí,  me obligaron a que subiera a bordo, de una manera nada cordial totalmente confuso y más ninguneado que una cucaracha, con la frustración de no haber podido hacer nada para evitar este desenlace. 

Nunca me imaginé que iba a ser testigo de semejante situación, al día siguiente comentando lo sucedido con el consignatario del buque, este nos comentaba que todavía no había aparecido el otro joven que se había arrojado al rio, y que no era la primera vez que sucedían casos como este.

De todos modos en estos países, por lo menos por aquellos tiempos (año 1974), la vida debería valer mucho más que una caja de 5 kilos de azúcar.

Fernando Saiz C.M.M.

La Coruña 14.05.2017