28 Junio 2016

LA CUESTA DE LA FIEBRE

La Cuesta de la Fiebre, al fondo bajo las palmeras.

Arribando a la Bahía de Gravina, por el norte de la Isla de Bioko (Antes Guinea  Española o Guinea Ecuatorial), y gobernando al Rumbo 123º navegando unas 4,5 millas náuticas,  llegamos a la ensenada de Malabo, en la Bahía del Nervión. Hasta aquí  y después de varios días de Navegación, llegamos a este puerto una noche del mes de Mayo, para descargar una partida de productos energéticos, Gas Oíl y Jet Fuel, fletados por el Gobierno Español dentro de un programa de ayuda al Gobierno de la antes Guinea Ecuatorial.

La llegada a Malabo esa noche de Mayo, fue en una noche calma de buen tiempo, oscura, sin luna, tan solo la espectacular mancha en el cielo de la Vía Láctea, generoso regalo de la mitológica cabra Maltea, compartiendo el cielo con gran cantidad de brillantes estrellas que solo se ven en el cielo tropical. Esta llegada para definirla de alguna manera, la podría catalogar como desconcertante, ya que no habíamos logrado contactar por medio de VHF con ningún estamento de puerto como agentes o Prácticos que insistentemente parecían y seguían mudos, además no existía en tierra ningún tipo de iluminación, ni una sola luz, ni una sola linterna, ni un solo fanal ni una sola candela encendida, hasta tal punto que en principio nos hizo dudar si habíamos arribado al puerto de destino, la línea de la costa en la pantalla del radar se veía semejante a la línea de costa de la carta de navegación lo que nos confirmaba el destino como fin del viaje, así fondeamos a 1,5 millas de la costa en espera de luz de día para proceder al atraque.

A medida que la claridad del orto empezaba a mostrarnos la definición de la costa, asombrado quedaba por el panorama que ofrecía  la verde frondosidad de la vegetación, que llegaba hasta pocos metros de la orilla de las estrechas  playas, palmeras de diferentes clases  esparcidas por todo lo largo de la costa, blancas y hermosas casas coloniales vistas desde la lejanía , colgadas en los acantilados de la costa, tan sorprendido estaba, que avisé a mi mujer para que disfrutara del extraordinario espectáculo que sería un pecado el perderlo.

Ya con luz de día y todavía sin contacto por medio de Fonía o VHF CH 16, recibimos la Sanidad a bordo, que se aproximo al buque en un cayuco de dos remeros, para darnos la libre platica y así poder proceder al atraque en el interior de la rada del puerto, con las buenas noticias de que en este puerto no existe servicio de practicaje y que el remolcador de puerto está fuera de servicio, indicándonos sobre la carta portulano que las tomas de conexión de combustibles (Gas Oíl y Jet) están en la punta de un pequeño muelle o espigón que sobresale unos doce metros de la línea de playa y que otros buques normalmente se atracan en este morro por popa.

Con el ancla arriba y clara, procedemos hacia la pequeña ensenada donde se revira para poner el buque con la popa al muelle, todo ello sin servicio de falúa de los amarradores, por lo que hubo que arriar uno de los botes salvavidas del buque para poder dar los cabos a tierra, en donde estaban observando la gente que había ido a recibir al buque con la curiosidad de una situación que rompía la monotonía de su diario quehacer, a medida que nos acercábamos al atraque, la majestuosidad de los blancos edificios coloniales, se iba transformando poniendo en evidencia las carencias provocadas a lo largo del tiempo por la falta de cuidados, las ventanas sin marcos, la pintura ya no parecía tan blanca, los tejados calvos de tejas, poco a poco entre, las dificultades de los primeros momentos y la visión tan alejada de la que se imaginaba a la llegada, fue paulatinamente situándonos en la realidad, hasta la arena de las playas ya no parecía tan blanca.

Después de una maniobra larga de atraque, quedamos amarrados de punta por popa y las dos cadenas a barbas de gato, una maniobra que por las dificultades que suponen la falta de apoyo desde tierra, es una de esas maniobras que al ver el resultado piensas que te enriquecen en tu vida profesional. Colocada la plancha de embarque, me acordé de la Marabunta, al ver tal cantidad de gente que subió a bordo, que con toda seguridad el calado medio aumentó al menos una pulgada de inmersión.

Al  ser un viaje más o menos oficial, debido a las características del Fletamento, entre los gobiernos  Español y Guineano, habría que considerar por nuestra parte un mínimo de atención al protocolo, ya que el Ministro del Petróleo  con responsabilidad gubernamental en la isla había anunciado su visita a bordo. Por ello toda la oficialidad se vistió con sus palas y el uniforme caqui reglamentario, si se puede decir reglamentario, puesto qué, que yo sepa este color no está contemplado en la reglamentación de la M.M. Española, adoptándose como una costumbre muy común en los marinos que navegaban en banderas extranjeras y que por efecto de resonancia al volver a navegar en buques Españoles, se ha ido quedando como costumbre en la M.M. Española, siendo este uniforme una copia del uniforme de batalla de la US. Navy.

Fue tanta la cantidad de gente y tan variopinta, que el buque parecía un mercado persa, produciendo un inusual agobio a los tripulantes, que ya no tenían sitio por donde moverse. Estos visitantes vestían como Dios les permitía, usando informales ropas de todo tipo, algunas de estas ropas en su larga vida no habían conocido el calor de una plancha, mucha camiseta futbolera, raída y sucia como si el agua no existiese en estos pagos, mucho pantalón corto que mejor ni describir y mucha chancla de goma en el mejor de los casos, desgraciadamente la mayoría descalzo, con esos pies llenos de dedos y no precisamente cuidados, una situación que nos daba una visión bastante significativa de cómo podría encontrarse la situación social de la isla.

Esta situación, trastocó completamente la vida a bordo, reduciéndose el trabajo habitual a labores de vigilancia de zonas del buque y enseres, para evitar esas distracciones de materiales que se suelen producir cuando la necesidad es perentoria, la experiencia de situaciones anteriores nos dice que las herramientas de los talleres y cuberterías de las Cámaras desaparecen por arte de magia, así que en estos días el trabajo se reducía principalmente a abrir y cerrar candados de pañoles y zonas golosas del buque, sin tener en cuenta el departamento de fonda que además de la vigilancia reforzada por otros marineros, había que dar de comer a todos estos autoinvitados que se presentaban a bordo con la disculpa de hacer un servicio al buque, la verdad es que sería una ignominia, no atender a esta gente, al ver sus caras con la necesidad escrita en sus miradas, una necesidad más que evidente. Así se consumieron los sacos de arroz previstos para los viajes próximos, además de otras viandas.

Con el tiempo y recordando estas situaciones, me impresionó la dignidad que esta gente tenía en su desgracia, (digo desgracia desde nuestro punto de vista en que no echamos nada o casi nada  de menos y ellos lo echan todo o casi todo), no pedían limosna y tampoco la aceptaban como limosna, unos dirían por orgullo mal entendido, yo pienso que por  pura dignidad, aceptando la situación que les había tocado vivir y todo su agradecimiento se convertía en sinceras sonrisas que te dejaban peor de lo que estabas.

Eso sí, todos eran ingenieros, ingeniero de mangueras, ingeniero de grúa, ingeniero de tuercas y tornillos, ingeniero de válvulas, y hasta creo que se lo creían, porque en más de una ocasión, nos producía gracia tal titulación y al afectado al ver nuestra reacción creo que lo interpretaban como algo degradante contra el pudor del ingeniero de turno.

Así al cabo de unas horas comenzaron las operaciones de descarga a los tanques de tierra, unos tanques de almacenamiento cuyo mantenimiento los llevaba una contrata de una compañía europea, que era la que suministraba el Jet de aviación al pequeño aeropuerto que hacia el servicio con el continente. La descarga se hizo lenta y sin levantar una presión de descarga que comprometiera la estanqueidad de las tuberías que discurrían bajo tierra en algunos tramos y que alimentaban estos tanques de almacenamiento.

Al cabo de unas horas de comenzar la descarga, ya a media tarde, según algunos de los tripulantes que habían subido la famosa Cuesta de la Fiebre para llegar a la ciudad, por decir algo…se vieron vitoreados y agasajados con muestras y vítores de  vivas a España y al barco, por muchos de los paisanos de Malabo cuando comenzaron a funcionar los generadores de electricidad, ya que llevaban varios días sin corriente eléctrica ni ningún servicio dependiente de los energéticos que les habíamos llevado, así nos explicamos la falta de iluminación a nuestra llegada al fondeadero de Malabo,  también la falta de comunicación por medio de el VHF.

Yo también he tenido la experiencia de haber subido y bajado la famosa  “Cuesta de la Fiebre” por donde abandonaban la isla los europeos que en la época colonial movidos por el comercio de la madera, minerales y ocupaciones castrenses, se vieron afectados por la Malaria y otras fiebres tropicales, bajando la cuesta para acceder a un pequeño vapor atracado en el puerto y que les conduciría como destino al puerto canario de Las Palmas en donde encontraban remedio a su enfermedad. Por cierto, esta cuesta la he conocido con el mismo empedrado inicial, bastante deteriorado y con zonas en donde falta el firme, por lo que los socavones son considerables, ahora hay que imaginarse el camino de la cuesta, sin una luz que lo ilumine.

 

La Coruña  -  28.06.2016

Fernando Saiz. Capitán de la M.M.