CAPITULO XV

OFLIN, LA PRIMERA VICTIMA

Oflin, la primera víctima.

 

Downfelt estaba esperando alcanzar los 10º de latitud sur para poner proa a poniente, una ruta a menudo usada por los veleros negreros que partían de la Costa de los Esclavos con destino al Nuevo Mundo, aprovechando el Alisio del Suroeste y ganar el máximo de tiempo posible, el bergantín mientras tanto navegaba por largo y a todo trapo.

No tardaron en hacerse notar los primeros síntomas de enfermedad a bordo, posiblemente debido a las condiciones infrahumanas en que eran transportados los esclavos, ya que continuaban desnudos desde el momento de su embarque, las condiciones de salubridad eran pocas, los calores durante el día hacían insoportables la estancia en los entrepuentes, el aire infectado por los olores dejados por sudor, orines y defecación, hacían irrespirable el poco renovado aire de la bodega, durante la noche con el frío de un lugar oscuro y húmedo, con estas condiciones no tardaron en pasar factura a los maltrechos y castigados cuerpos de la mayoría de los esclavos.

El primero de los esclavos en caer fue un negro de la tribu kombe, que llamaban Oflin, de complexión débil, cuerpo poco musculado y que ya había embarcado en malas condiciones, con sudores y tiriteras que lo tenían postrado en su celda y que no tenía interés por relacionarse con otros esclavos, Mondag había decidido tirarlo a la mar, puesto que a bordo suponía menos gasto en las comidas y cuanto antes se deshiciera de él, mejor sería para el resto de los esclavos.

Posiblemente todos estos desgraciados que vivían en la tranquilidad de sus poblados, alejados del mar al que nunca antes habían visto, atemorizados por el ruido que hacen las olas al romper en la playa, pensando que ese rugido escondía a alguna de las fieras más temibles que sus cabezas podían imaginar, con seguridad habrían oído hablar de la existencia de estos negreros que impunemente y abusando de su fuerza, invadían sus casas y se hacían dueños de sus vidas y almas, suponiendo que tuvieran almas, pero de lo que nunca oyeron hablar era de lo que el destino les tenía reservado, ni de sus sufrimientos, tanto en el viaje como en el destino, así que cualquier situación a bordo, les era extraña e inimaginable, no obstante por el trato recibido y la humillación a que eran sometidos, les hacía pensar que a partir del momento en que pisaron la cubierta del Melpómene, jamás volverían a ser lo que siempre fueron, libres.

Cuando llegó el momento de sacrificar a Oflin, pareció que los esclavos ya lo habían intuido, parecía como si se comunicaran entre ellos, en sus extrañas lenguas que ni el Capitán conocía, sin entender nada de lo que decían. Las mujeres con sus gritos y gemidos y los hombres con sus gritos de rabia e impotencia, batían sus grilletes como si los quisieran arrancar de sus cepos, Mondag sin pensárselo sacó su látigo y en el poco espacio entre las celdas, comenzó a lanzar latigazos, hasta que consiguió un relativo silencio, solo roto por el llanto de los niños que solo atendían al calor del abrazo de sus madres.

Establecido ese dramático silencio, Mondag con dos de sus marineros, se hicieron con el cuerpo todavía con vida de Oflin, lo acercaron a la borda, con una expresión en su cara, de sorpresa y posteriormente de miedo, entre suplicas y sollozos, suplicaba que no le arrojaran a la mar, Mondag antes de lanzarlo por la borda, desengrilleto a dos de los esclavos más fuertes del grupo de hombres, para que vieran con sus propios ojos quien sin duda era el dueño de sus vidas, para que les contaran  a todos los demás, a lo que se podrían ver sometidos por la crueldad del hombre blanco que los había esclavizado.

Avalo y yo desde nuestro lugar de observación a proa de la bitácora, pudimos observar como Mondag lanzó dos latigazos a cada uno de los esclavos y posteriormente les obligó a lanzar el débil cuerpo de Oflin al agua entre gritos y sollozos, gritos y sollozos que quedaron profundamente grabados en mi memoria. A nuestro lado se encontraba Downfelt observando lo que sucedía en la cubierta, sin interferir en la actuación de Mondag, sabiendo que su responsabilidad se ceñía solamente al buque y sus tripulantes.

Cuando se volvió a la normalidad, la rutina de los trabajos de mantenimiento en el buque, entretenían a la tripulación, Avalo y yo continuábamos con los trabajos de cabuyería, que nos mantenía de sobra ocupados, los marineros encerando las velas, reparando cabos de los obenques de los palos, y vigilancia en entrepuentes de los esclavos encadenados.

Durante unos días de navegación, la normalidad se había establecido a bordo, normalidad que había asimilado los quejidos que salían de la bodega y al que ya nos habíamos acostumbrado, una preocupación más para Mondag ya que cuando se hacia el silencio en la bodega, Mondag imaginaba que algo malo estaba ocurriendo o se estaba tramando en los entrepuentes de la bodega.

El viento de popa inflaba las velas proporcionando al bergantín una velocidad de unos ocho nudos, sin duda la limpieza de fondos realizada en Djeno  había cumplido su objetivo, lo que mantenía de sobra satisfecho a Downfelt, consciente de que el viaje no iba a ser siempre de empopada y que las calmas no tardarían en llegar, las aves marinas ya no seguían al velero por la popa lo que confirmaba que la costa ya había quedado muy alejada de la cangreja y escandalosa del palo de mesana.

Como era la costumbre de Downfelt durante la noche, su bergantín navegaba a oscuras para evitar ser avistados en la noche por cualquier galeón del corso que patrullara por esa zona del mar tropical. Los amaneceres ocupaban a Martin en recoger los peces voladores que durante la noche habían caído en la cubierta, peces que trataban de alegrar las parcas comidas que debía preparar a la tripulación, a pesar de que estos extraordinarios acabaran únicamente en la mesa del Capitán y sus pilotos, pero siempre había una pieza o dos para él y para mí, que con la ayuda de “dos peniques”, le manteníamos limpios los fogones, además me hizo descubrir el sabor de las bananas y del coco que supusieron para mí un gran descubrimiento, por lo desconocidos y extraños que me parecían estos sabrosos frutos.

En los días posteriores, ni la visión de la mar con su relajante ruido, podía sacar de mi cabeza los gritos de angustia ni la cara de terror del desgraciado Oflin, Martín el cocinero portugués que todavía me vigilaba como si aún tuviera que superar mis aptitudes como futuro marinero, se dio cuenta de mi desasosiego, tratando de animarme con más trabajo en su cocina, con arena me hizo pulir el cobre su sus perolas hasta dejarlas tan pulidas como el brillo de la luna llena, pero todo este entretenimiento, era poco remedio para hacerme olvidar al pobre Oflin, al final recurría a mi casi olvidado pañuelo blanco que llevaba colgado del cuello, en su estuche de cuero y badana.

El pañuelo seguía ganando poco a poco el color amarillento de la vejez y la lectura de su mensaje que me acercaba a los míos, cada vez estaba más difuminado haciéndose ilegible si no ponía pronto remedio. Mi recurso para que perduraran esas letras, seguía siendo el carbón del fogón de Martin, sobrescribiendo las letras que con tanto dolor había escrito mi madre. Fue Martín al verme rescribir sobre el pañuelo el que me dio la solución, para que no se borraran, tan solo tendríamos que esperar al día en que la calma tropical nos alcanzara, entonces me diría lo que hacer.  

A medida que el mascarón de proa iba tragando millas, el aspecto de los cielos mudaba continuamente, al principio del viaje los cielos durante el día estaban despejados, los amaneceres con cielos limpios me sorprendían por la rapidez con que se pasaba de la oscuridad de la noche a la claridad del día, las estrellas pronto palidecían en el cielo y rápidamente desaparecían, en las noches a la puesta del sol, poco antes del ocaso del sol, ya empezaban tímidamente a brillar los luceros, alcanzando rápidamente su máximo esplendor, dejando el cielo plagado de brillantes estrellas que me recordaban a las que observaba desde el almenar de la coraza del fortín de Camaranchón, de mi querida y añorada ciudad de La Coruña, que aunque era el mismo cielo, no se parecía en nada al que estaba viendo en estos momentos.

A medida que nos alejamos de la costa de los esclavos en la Baja Guinea, ya las nubes eran más visibles y de todas las formas y aspectos, que el Capitán sabia sabiamente distinguir, cuando traían lluvia, tormentas o cuando anunciaban viento, o predecían a la calma ó a la tempestad. La nubosidad en estas latitudes, en los amaneceres y en las puestas de sol parecía que la  línea del horizonte soportara el peso de las nubes que sobre el horizonte descansaban.