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La Coruña . Fin del Viaje

 

CAPITULO XLII

 

La Coruña. Fin del viaje

A medida que el bergantín ganaba sur, el tiempo iba mejorando progresivamente, a pesar del todavía maretón del noroeste, que conseguía que el velero diera algún que otro bandazo, embarcando salseros de agua en cubierta, que se desalojaba por los imbornales de popa, maretón que sin duda era la huella que había dejado el temporal que días atrás nos había vapuleado en el golfo y que ahora solo era un mal recuerdo, para mí y para todos los tripulantes.

En la bodega se hacían trabajos de trincaje de las balas de algodón que habían ganado holgura durante los embates de la mar en los días anteriores, se barrían los planes de la bodega, en donde las sacas de vainilla había impregnado de un olor dulzón las tapas del forro interior, que hacía más grato el trabajo en el entrepuente y bodega. Los carpinteros se dedicaban a reparar los desperfectos en serretas y palmejares, cornamusas que habían sido forzadas por la tensión de las trincas y estrobos, para dejar la bodega lista para recibir un nuevo cargamento.

Enseguida aparecieron por la popa el vuelo de las gaviotas, como si estuvieran esperando los restos de alguna jofaina o perola de comida para llenar sus buches, lo que anunciaba su presencia, era que no podía estar muy lejana la línea de la costa, que todavía los serviolas del palo mayor, no habían encontrado, lo que era más frecuente observar desde su cofa, a las ballenas piloto y algún delfín rascando sus lomos con la roda del bergantín, como si quisieran conversar con el mascaron de proa, nuestra musa Melpómene.

Yo después de haber dado muchas vueltas a la conversación que poco antes había tenido con Downfelt, empecé a comprender la magnitud de mi compromiso para con él y para conmigo, encadenándome a una forma de vida, que comprendía que era antinatural, al tener que vivir huérfano de afectos familiares, en una soledad acompañada por gentes que no eran lo suficientemente cercanas como para mantener unos lazos que suplieran a los afectos familiares.

La decisión ya había sido tomada y con la convicción de que debía y tenía que cumplir, tal como mis palabras se lo habían confirmado a mi Capitán, sin haber sopesado otras posibilidades, como el nuevo disgusto que le podría causar a mis padres y hermanos pero muy especialmente a mi madre, que posiblemente no lo aceptaría de buen grado.

Habían sonado los ocho toques de campana que indicaban el final de la guardia de mañana, que también era la llamada a rancho, en la toldilla de popa se reunían todos los marineros a excepción de los pilotos de mar y maestranza, que estos hacían sus comidas en sus respectivas antecámaras y cámaras, resguardados del frio de la intemperie, mientras los tripulantes con sus propias jofainas y acetres recogían el rancho caliente de sopas de mijo y carne salada condimentada con ajos y cebolla picados.

Yo, como seguía siendo el ultimo del escalafón me correspondía estar al lado de Matías para servir la comida a los pilotos y Capitán y atenderlos debidamente, solo después me reunía con Matías muy cerca de los fogones y en su compañía disfrutábamos de nuestra comida, siempre amena y aprovechando para escuchar las historias que alegraban mi estancia a bordo y que alimentaban mis ansias de conocimiento.

Se me estaba acabando el tiempo a bordo de este poderoso bergantín y no tenía más remedio que hacer balance de todo este tiempo, en que había pasado poco más de un año, en donde mi petate continuaba igual de vacío que cuando Catón me lo entrego, vacio y sin ningún recuerdo material que atesorar, salvo la navaja de marinero con las marcas grabadas con mi nombre y del bergantín, que me había confirmado como un miembro de la tripulación, con el beneplácito del capitán. No tenía nada que me recordara mi estancia en esos exóticos puertos que había tenido la fortuna de haber visto, ni tampoco un recuerdo del bergantín, que había robado y al mismo tiempo regalado su tiempo, en fin un petate vacío de contenido, pero lleno de recuerdos, vivencias, consejos, conversaciones y sensaciones que posiblemente ya nunca podría olvidar.

Aunque tan solo había pasado poco más de un año, físicamente ya no era el mismo que cuando pisé por primera vez la cubierta del Melpómene, creo que la mala vida de la mar, con sus sacrificios y penalidades, los malos tiempos, las vigilias y la lucha por la supervivencia en un medio tan hostil, hasta que te acostumbras a este modo de vida, el cuerpo poco a poco se va adaptando y adquiere un aspecto que refleja todas estas contrariedades, la piel ya no es la misma, la salitre de los embates de la mar, los calores de los mares tropicales, los fríos de las aguas invernales, dejan su huella en el rostro y manos, que te diferencian de los demás mortales, vivencias que muchos podrán sospechar, pero la mayoría de la gente ni se puede imaginar.

Como no era el mismo físicamente, tampoco era ya el mismo anímicamente, la vida que me había regalado el Melpómene, tan distinta y vivida en tan poco tiempo, sin duda había cambiado mi forma de pensar y enfrentarme a la vida, sabía que ya no necesitaría más de la protección de los míos para sobrevivir en cualquier situación o adversidad.

El viaje continuaba y el Melpómene imparable, seguía su derrota buscando la seguridad del puerto de La Coruña, que ya no estaba a muchas singladuras, todo era cuestión de tiempo, mientras la mar y el viento ayudaba en su favor, el tajamar seguía cortando la mar con la alegría, de estar acompañado con un tiempo bonancible, amorrando la proa cuando el maretón se lo pedía.

Al fin se oyó la fuerte voz del serviola, desde la cofa del palo mayor, ¡¡¡ Tierra por babor, tierra por babor, tierra una cuarta por babor!!!. Este momento para mí, era el comienzo del final del viaje. Matías que estaba a mi lado me confirmo que la primera tierra que se avistaba eran los “Tres hermanos”, las piedras que prolongan el cabo Ortegal, el cabo que divide la mar Atlántica de la mar Cantábrica. Mi viaje estaba llegando a su fin, y mi pañuelo volvería a las manos de su dueña, más deteriorado por las dobleces de sus respetados pliegues y descolorido por el paso del tiempo, pero con más valor del que tenia, cuando Downfelt me lo entrego.